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Cuaderno de viaje

Vuelo con yapa: la gloria del “overbooking”

La suerte, del lado cordobés. Cuando una aerolínea tiene vuelos sobrevendidos ofrece importantes recompensas. 320 euros para cada pasajero dispuesto a esperar, una propuesta que vale la pena tener presente y aprovechar. Acá, la odisea en un aeropuerto del Viejo Continente. 

Por Milagros Martínez.

El que sabe esperar tiene ganado el cielo. Literal. Cuando te falta sólo un embarque para declararte en modo vacaciones y desde la aerolínea te ofrecen unos buenos pesos por ceder tu asiento, es posible que pienses que es demasiado bueno para ser real, o que te resistas hasta ajustar el cinturón en tu lugar.

“El vuelo está sobrevendido. ¿Les gustaría registrarse como voluntarios y aguardar la próxima salida a Madrid, dentro de tres horas? TAP los compensará con 320 euros a cada uno”, nos ofrece Margarita al azar, apurada y con anotador en mano, mientras esperamos para abordar en el aeropuerto de Lisboa (Portugal).

Sin mucho margen para dudar y en pocos segundos, el delirio toma el control para imaginar películas con los peores finales: un atentado, un accidente aéreo, un asalto de madrugada. El destino nos pone en una encrucijada, pero la tentación es más fuerte. “Sí, claro. ¿Dónde esperamos?”, respondemos, mientras otros pasajeros se acercan, sin éxito, dispuestos a aceptar la oferta.

Margarita nos advierte que no está confirmado, que hay que aguardar a un costado. Las aerolíneas juegan con un porcentaje de imponderables: enfermedades, demoras, complicaciones. Es posible que varios pasajeros no se presenten, pero, si la estadística falla, se activa el plan B con los voluntarios. El tiempo vale oro para cualquier viajero y, cuando se venden pasajes por encima de las plazas disponibles (overbooking), la paciencia se premia.

Mientras tanto, WhatsApp arde para que la buena vibra de la familia ayude al golpe de suerte. “Prendo una velita para que se les dé”, escriben desde Córdoba, y apoyan la decisión: “Por esa plata, espero el tiempo que sea”. “Yo me la quemaría al instante”, dice la más viajera del grupo, mientras rogamos que los planetas se alineen.

Ya casi es la hora y escuchamos nuestros nombres para abordar. “Se acaba el sueño del pibe”, pensamos. En ese instante, llegan otras pasajeras y desde la compañía se niegan a recibir sus tickets por la demora. “Que viajen ellas primero. No tenemos apuro, podemos esperar”, insistimos con los dedos cruzados. Lo que parece una subasta llega a su fin y festejamos como si el “premio” tuviera cara de Gordo de Navidad. Nos entregan sobres de Mastercard con tarjetas que tienen 320 euros de crédito cada una (alrededor de 16.000 pesos argentinos en total) y vouchers por 20 euros para comer en el aeropuerto. ¡Pavada de bienvenida al Viejo Continente!

Regalos para pedalear

Los italianos tienen una expresión que me encanta: “Il dolce far niente”. Es el placer de no hacer nada, el saber disfrutar de ese tiempo ocioso que aplica, por ejemplo, para desafiar el encierro en un aeropuerto. Sin un instante que perder, entonces, aprovechamos para cruzar un par de miradas con Lisboa.

Tomamos el metro que en pocos minutos permite abrazar el Parque de Las Naciones. Pero, antes de llegar a su encuentro, una de las estaciones más lindas y modernas de Lisboa, la Gare do Oriente, nos espera con otra sorpresa. Impecable, en una de sus paredes de azulejos blancos nos saluda la obra de Antonio Seguí, el icónico artista cordobés que dejó su huella en La mujer urbana, El gaucho urbano, Los niños urbanos y el reciente Voy volando en el aeropuerto de Pajas Blancas. 

En 1998, Seguí se inspiró en los regalos del mar para plasmar en un estallido de color su obra Os oceanos. Una vez más, esperar se vuelve algo hermoso. En la oscuridad del túnel, el arte bajo tierra nos hipnotiza y nos conecta con eso que tanto queremos: las olas y nuestra ciudad. Ya en el parque, buscamos nuestra bandera entre todas las del mundo, y disfrutamos unos minutos el paso lento del teleférico sobre el mar. Quedará para una segunda visita seguir caminando esta bella ciudad.

De regreso al aeropuerto, empezamos a tramar la inversión mayúscula del viaje: dos bicicletas plegables. El primer día en Madrid, decidimos que el bonus track del overbooking se transforme en transporte sobre dos ruedas, cascos, infladores y candados. Las compramos en el lugar de la perdición para todos los que aman el deporte: Decathlon. Esta tienda está en toda Europa y su relación precio-calidad le “vuela la peluca” a cualquier viajero.

En una ciudad nueva y con esa suave brisa que refresca, pedalear es experimentar a flor de piel que volvés a volar. Una expresión de libertad infinita que recuerda la simpleza de sentirse vivo. Con esa fascinación que envuelve, podés distraerte y que la suerte tome otro rumbo.

Confiados en la seguridad del primer mundo, subimos a un tren francés con muy pocas paradas. Por falta de espacio en el vagón, una bici queda cerca de la puerta de salida y su final no es difícil de imaginar: la máquina se detiene unos segundos para el descenso y, en cuestión de segundos, nuestro vehículo verde lima desaparece. Le damos revancha al mal trago y vamos por la misma plegable en otra ciudad.

Al terminar el viaje, las dos llegan sanas y salvas a Córdoba (tasa extra mediante por tratarse de equipaje deportivo). Cada vez que salimos, recordamos la odisea al otro del charco, y entendemos que haya gente que se dedique a buscar la oportunidad del overbooking antes de despegar.

El premio de ser expulsados

Como cuenta NPR, Fay Fishman y Dennis Peterson son una pareja de viajeros que desean ser “expulsados” de los aviones con exceso de reservas. En épocas de temporada alta, sobre todo en Europa o Estados Unidos, el problema de los tickets sobrevendidos es muy frecuente. Para asegurarte un lugar, es clave hacer el check-in con tiempo. Pero si estás dispuesto a retrasar la partida y recibir una compensación en efectivo, anotarte como voluntario puede ser una excelente manera de financiar parte del viaje.

Fishman y Peterson explican que son los primeros en ofrecerse en los aeropuertos y que eligen fechas claves para viajar: el inicio de clases, Semana Santa, las vacaciones de invierno, Navidad y Año Nuevo. De todo se aprende, y cualquier contexto de viaje se puede aprovechar. “Soy antropólogo, así que realmente disfruto del entorno del aeropuerto y del drama humano que tiene lugar allí”, cuenta uno de ellos.

Recomiendan considerar un margen de días antes de partir y al regreso para tener flexibilidad, y cuentan que las bonificaciones que obtuvieron por esperar les permitieron viajar a Medio Oriente, Asia y Europa. Si bien los valores están sujetos a las políticas de cada aerolínea, en cualquier caso la recompensa –siempre que el viajero esté de acuerdo– es un alivio para el bolsillo o la oportunidad para darse un gusto postergado. ¿Por qué no? En tiempos en los que todo es ya, el esperar puede dejar de ser tedioso y acercarse a ese hermoso concepto del “dolce far niente”.

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