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Volar sobre el río: bungee jumping en Nueva Zelanda

Es cordobesa, consiguió una visa de trabajo y se dio el gusto de hacer realidad una hermosa “locura”. Se animó a subir a la hamaca más grande del mundo y le dio batalla al temido bungee jumping. Historias viajeras de gente común.

Por Milagros Martínez.

Lo quiso con tanta fuerza, que un día se dio. Desde hacía tiempo, la idea volvía sobre ella una y otra vez. Vio muchos videos, pero nada se pareció a respirar profundo a 43 metros de altura, escuchar una cuenta regresiva y tomar el impulso de saltar al vacío.

Lejos de la familia, en la capital mundial del turismo aventura y la cuna del bungee jumping, la cordobesa Soledad Moreyra se dejó llevar por el aire, por la energía de la naturaleza. Fueron segundos contados, pero de esos tan intensos, que quedan grabados a fuego. El lugar elegido para dar rienda suelta a la adrenalina fue la ciudad de Queenstown, en Nueva Zelanda. 

“¡La sensación fue increíble! No se puede describir fácilmente. ¡Hay que vivirlo! Tirarse de cabeza fue algo que realmente me dejó sin respiración. El grito fue sordo. Sentí que no podía sacar más nada de mis pulmones. Mantuve los ojos abiertos todo el tiempo y disfruté cada instante. Fue más corto de lo que pensaba. Cuando la soga deja de correr, el cuerpo se sigue balanceando en un movimiento irregular muy divertido”, cuenta sobre el famoso puenting y es inevitable la sonrisa.  

Una estadía que se extendió 

Desde septiembre de 2015, Soledad y su novio, también cordobés, llegaron a uno de los países más seguros del mundo con una visa Working Holiday de 12 meses. Más tarde, aplicaron para una visa por oferta de trabajo, lograron quedarse e incluso consiguieron una renovación. Ella es diseñadora gráfica y trabaja en una imprenta. Él, en una empresa de telecomunicaciones. 

Antes del bungee jumping, se animaron a subir juntos al columpio más grande del mundo, el Nevis Swing, sobre el río que lleva el mismo nombre. Durante la travesía, se alcanza una velocidad de 150 kilómetros por hora, en un arco de 330 metros. “La experiencia estuvo genial, tanto que la repetimos a los 15 minutos, pero mirando hacia atrás. Fue la primera vez en mi vida que grité tanto y tan fuerte”, recuerda. 

Amar la sensación de volar 

Fascinada con la odisea del péndulo, quería algo más. Aprovechando la llegada del invierno, y junto a dos amigas argentinas que la fueron a visitar, encontró la excusa perfecta para viajar a Queenstown. A los gustos, hay que dárselos en vida y Sole no paró hasta alcanzarlos. Se decidió por el Kawarau Bridge Bungy (en Nueva Zelanda se dice bungy en vez de bungee), sobre el bellísimo y azul río Kawarau, que fue el lugar donde se realizó el primer salto comercial en el mundo. 

Revive con minuciosos detalles los minutos previos de la aventura. Tenía una mezcla de sentimientos: había algo de arrepentimiento y también mucha emoción contenida. “Estaba ahí y sentía que no había vuelta atrás. Fuimos con las chicas hasta el deck, esperando encontrar a algún loco saltando primero para armarme de coraje. Pero sólo había gente mirando”.

Cuando ya estaba todo listo, arneses y soga ajustada en los pies, cuenta que le temblaban las piernas y logró pararse como pudo para llegar hasta la tarima. “Miré hacia abajo y el río se veía mucho más lejos de lo que imaginaba. Azul, hermoso, pero nada me había dado tanto miedo hasta ese momento”, cuenta, y es posible ponerse en sus zapatillas por un rato.

Le explicaron a dónde mirar para las fotos, pero ella esperaba otras indicaciones. “¡Tenía unos nervios terribles! Me hablaban en inglés y entendía la mitad. No había mucha ciencia sobre cómo saltar. Está en cada uno lo que le salga en el momento. Y así fue que, sin dejarme pensarlo mucho, el instructor empezó la cuenta regresiva otra vez: tres, dos, uno... Y  salté nomás”. 

Todos soñamos con tener el poder de volar. Algunos se inquietan con el deseo. Otros, se quedan con un documental que ven desde la comodidad de un sofá. Pero sólo unos pocos se dejan llevar. Ya en el aire, todo se vuelve magia, una inmensa expresión de libertad.

Al final del lanzamiento, un equipo la esperaba en bote, sobre el río. “El corazón me palpitaba a mil  y no podía parar de sonreír. Lo hice y debo decir que definitivamente lo volvería a hacer. Quizás el próximo sea el Nevis Bungy, de 134 metros de altura”, promete la cordobesa de 30 años, con la felicidad que sólo un sueño logrado es capaz de contagiar. 

Visas Working Holiday para argentino

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