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Viaje a las entrañas de Rusia

Las estaciones de metro de Rusia son las más bellas del mundo. El arte clásico de sus instalaciones y el hormigueo constante contrastan con el espíritu mesurado de sus calles.

Uno cree ingenuamente que, mientras más lejos se vaya, menos posibilidades tendrá de toparse con aquellas cosas que detesta de su rutina. Con esa consigna en el inconsciente, volamos con una amiga hacia Rusia escapando del bombardeo electoral, del intenso frío invernal y del furor del hit del momento al que todavía no hace falta mencionar.

Aterrizamos llenas de expectativas por probar las mieles de la cultura rusa antes que todos los futboleros del mundo. El aeropuerto de Moscú nos recibió con una oficina de turismo acorde a la de una capital: con opciones y traducciones al inglés como “el dios occidental” manda. Sin embargo, por una confusión, al salir terminamos en una trafic conducida por un hombre que sólo sabía decir “metró, metró”. Insistíamos en preguntarle si nos iba a llevar al centro (la chica de la oficina de turismo nos había derivado con él) y el hombre volvía a responder “metró, metró”. Confiamos en su palabra –aunque no entendíamos nada– y agarramos fuerte las valijas con las dos manos cada vez que el pequeño vehículo repleto de moscovitas giraba a alta velocidad en alguna calle.

El viaje no fue largo y, cuando nos quisimos dar cuenta, la trafic paró y el conductor nos pidió que nos bajáramos. Lo hicimos sin saber por qué y, mientras el hombre cerraba las puertas y se alejaba rápidamente, alguien nos explicó entre señas y algo de inglés que estábamos todavía muy lejos del centro, pero a las puertas del inicio del metro. Respiramos con alivio y bajamos al subte. La vida subterránea en Rusia bien vale un viaje completo. (ver sitio oficial).

“Lost in Russia”

Descender al subte que se encuentra a más de cien metros de profundidad es ingresar sin previo aviso en las entrañas de la historia rusa. Habíamos leído que el metro de Moscú era el “más lindo del mundo”, pero no lo creímos hasta que pudimos confirmar que entrar ahí o al Hermitage de San Petersburgo es un viaje de ida del que uno nunca sale como llegó.

Contrariamente a lo que se podría esperar, los soviéticos hicieron durante su régimen los subterráneos más pomposos del mundo, en los que aún hoy conviven el signo comunista del martillo y la hoz con gigantes arañas de cristal. O lo que es más asombroso: ese mismo signo forjado en candelabros de oro con cristalería finísima. “Contrariamente al dicho popular, en Rusia todo lo que brilla es oro”, nos diría más adelante un guía colombiano.

No sólo hay cristalería y herrería en las estaciones más famosas como Kurskaya, Novoslobodskaya y Kievskaya, entre tantas otras; también hay bellísimos vitrales con retratos de la lucha del proletariado llevados a cabo con técnicas que se asemejan a las de las grandes iglesias europeas. Y ni hablar de sus frescos al óleo, que repasan la historia de los siglos XIX y XX en las cúpulas abovedadas de algunas paradas.

Datos de dudosa procedencia nos sirvieron para comprender en dónde nos estábamos metiendo. Siete millones de personas usan a diario el metro en Moscú y unas cinco millones en San Petersburgo. Si bien el número fue imposible de corroborar, el hormigueo de la multitud nos hizo creer que, si no era esa cifra, tenía que ser mayor. Un dato que sí pudimos confirmar es que tiene una frecuencia de 40 segundos.

Sin embargo, no todo podía ser alegría. El mapa del subte que nos dieron en la oficina de turismo estaba traducido al inglés y allá abajo, en lo profundo, ese idioma –a un año del Mundial– todavía no juega. La mayor parte de las estaciones se encuentran en cirílico y el único aviso en inglés es un tibio “way out” hecho en el piso de mármol y pequeños cartelitos de “exit” colgados en algunas paredes. Toda una revelación: lo único claro en el subte es cómo salir a la superficie. El resto es pura magia.

Sorteando hordas de turistas japoneses que pagaban el ingreso al metro sólo para ver su decoración, pasamos cuatro días perdiéndonos en Moscú y, cuando empezábamos a entender su lógica y algo de cirílico por aproximación, nos mudamos a San Petersburgo para experimentar el mismo proceso. Luego entendimos que una buena opción hubiera sido conseguir un mapa con doble traducción: inglés-cirílico.

Quien planee viajar a Rusia debe saber que la falta de inglés no sólo se aplica al subterráneo. Como es normal que suceda en un lugar en donde no se escribe con nuestro alfabeto, la mayor parte de la  gente no maneja otros idiomas y el esfuerzo por comunicarse deja como resultado tantas divertidas anécdotas que se podría escribir un libro.

A Rusia le queda menos de un año para ponerse a punto para el Mundial y seguramente lo logrará con creces. Mientras tanto, nos metimos en decenas de casas de suvenires para buscar mamushkas y nos dimos cuenta de que en todas sonaba el mismo tema de fondo. “¿Cuánto cuestan estas?”, pregunté en inglés. Mientras una de las empleadas intentaba responderme, al lado, su compañera cantaba el estribillo del tema de Luis Fonsi. Está confirmado: muchos rusos podrán no hablar el inglés, pero deletrean a la perfección “des-pa-ci-to”.