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Viajar para contarlo: claves para llevar un diario de viaje

Los diarios de viaje son el reservorio perfecto para los recuerdos. Además pueden servir de planificadores. Qué cosas hay que tener en cuenta a la hora de comenzar un diario de viaje. 

La moda psicoanalítica de hoy indica que para encontrar las respuestas de lo que somos hay que bucear en nuestra más temprana infancia. Lo cierto es que desde que tengo uso de razón –desde que existían esos cuadernitos con fondo rosa, figuras de corazones y un candado que se abría hasta con un alfiler– me  gusta escribir en diarios íntimos.

Ya de grande –y por motivos que no hace falta explicar– me fue difícil asumir ese costo y decidí que abandonaría las libretas con candados y las reemplazaría por cómodas Moleskine de tendencia hipster.

Sin embargo, cuando empecé a viajar no tenía dinero para seguir la moda, así que mi primera travesía de mochila fue acompañada por un block de 80 hojas lisas de marca Avon. Para hermosearlo, le escribí en la tapa con letra artística “Diario de viaje: Bolivia-Perú”.

Aquel primer e incómodo block de notas no se ajustaba demasiado a las exigencias del periplo. Era grande para una mochila chica y cargada de cosas, y la falta de renglones complicaba sobremanera la escritura a bordo de los colectivos que recorrían aquella geografía andina.

Pese a todo, el block llegó casi intacto (y lleno de anécdotas) hasta casi la mitad de la travesía. Mi amiga y yo cuidábamos de él como si fuera un integrante más del viaje. De hecho, era el más valioso; el que resguardaba los recuerdos y secretos que queríamos conservar de esa experiencia.

Todo marchó bien hasta la última noche del Camino del Inca (ese que recorre por cuatro días el altiplano peruano), cuando un alud arrasó con nuestro campamento mientras comíamos en un refugio. Cuando regresé al lugar donde en algún momento había estado la carpa, sólo quedaba barro.

Mientras mi amiga intentaba reconocer alguna de sus pertenencias entre los pedazos de carpa y las ropas enlodadas, yo buscaba desesperadamente el cuaderno Avon con la convicción de que aparecería; y así fue. El block le ganó al barro y a la temporada de alud que tanto caracteriza al clima andino de finales de enero. De más está decir que, para rescatar todo lo que había escrito, debí secar cuidadosamente las hojas al sol y separarlas una por una para que no se pegaran. Luego, cuando volví al país, lo transcribí aplicadamente en un cuaderno más lindo y limpio.

Sí, sirve

Después de leer esta historia, muchos se preguntarán por qué complicar un viaje teniendo que cuidar de un cuaderno. La respuesta es simple: porque sólo un cuaderno (digital o de papel) es capaz de guardar con lujo de detalles aquellas historias que la memoria olvida o, en el mejor de los casos, distorsiona.

Las claves de la comodidad del cuaderno las decidirá cada uno. Si se prefiere un dispositivo digital, habrá que tener en cuenta la accesibilidad a la electricidad (por ejemplo, en los safaris de África rara vez hay luz) y el acceso a la conexión para hacer un backup preventivo por cualquier eventualidad que pueda sufrir el aparato (es muy común que se mojen o estropeen por cuestiones climáticas).

Ahora, si los gustos del viajero son más simples o vintage, lo lógico será elegir algún cuaderno de papel, una buena lapicera con tanque lleno (me ha pasado de quedarme sin tinta en medio de un viaje de ocho horas en colectivo) y una barrita de pegamento para adherir a las hojas aquellos tickets, boletos o mapas que considere necesario resguardar del paso del tiempo.

Un diario de viaje puede no sólo registrar anécdotas, sino también servir como planificador. Por poner un ejemplo: anduve sola por París más de diez días y en el diario tenía agendadas las combinaciones del metro para no pararme con el cartel de turista frente a los mapas subterráneos y evitar así cualquier mal trago. También puede ser utilizado como reservorio de información para esos amigos que piden recomendaciones o precios.

Además, tener un diario no sólo sirve para ordenar de forma enciclopédica los lugares visitados sino también para escribir impresiones, historias y nombres que uno quiere recordar. Hasta se les puede pedir a las personas que se conozcan en el viaje que dejen sus mensajes por escrito en cualquier idioma. Por otro lado, el ejercicio de escribir –aunque no se practique con frecuencia– exige la gimnasia de recordar lo que se ha hecho, y el resultado final genera una gran satisfacción (o risa) cuando se lee varios años después de la travesía.

Por último –y no por eso menos importante– llevar un diario de viaje es un excelente pasatiempo para las horas muertas en aeropuertos y terminales, y para acompañar aquellos trayectos largos en los que uno no quiere ver películas ni leer. En esos momentos, nada mejor que poner música y entregarse al placer de la escritura con la certeza de que nadie más que uno juzgará lo que quede allí plasmado.