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Tips de viaje

Viajar lento, jugar y aprender del ciclo del mar, la invitación de Aniko Villalba

Para salir del piloto automático, la escritora propone conectarse al máximo con cada lugar. Habla sobre su experiencia de viajar sola, el lado B de su estilo de vida y la mejor manera de ser turista en la propia ciudad. (Fotos: Aniko Villalba).

Por Milagros Martínez.

Catadora de mares. Desde que Aniko Villalba abrazó el slow travel como su manera de conocer el mundo, hace la pausa necesaria para observar, sentir y escuchar lo que las olas y el viento le quieran mostrar. La playa es inspiración y también, un espacio necesario para conversar con uno mismo. “Ésa es justamente mi mayor vocación: catar mares, ir de uno a otro, descubrir si me ayuda a sanar o no”, asegura.

A los 22 años, Aniko decidió que iba a vivir viajando, aunque con regresos a Buenos Aires en el medio. Se describe como una escritora itinerante, es fotógrafa, comparte sus experiencias en www.viajandoporahi.com y pasó por Córdoba para presentar su segundo libro: El síndrome de París. Aniko define viajar como un “estado de la mente” que se puede replicar sin irse muy lejos: se puede ser turista en la propia ciudad.

“Salir a explorar los sonidos o los olores, tomar caminos distintos, ir a conocer barrios que no conocés, hacer actividades culturales. Hay mucho para hacer. Otra forma para mí es recibir un extranjero en tu casa y salir a caminar con él. Como está viendo todo por primera vez, te muestra las cosas con otros ojos”, dice a Voy de viaje.

El juego también es una propuesta divertida a la hora de llegar a una nueva ciudad. Aniko descubrió en la casa de unos amigos en Madrid una guía de viajes experimentales y recomienda: “Salir con alguien y conocer un lugar con los ojos vendados todo el día. Que una persona local te preste un perro para que te saque a pasear por los lugares que él decida. Hacer una búsqueda del tesoro con objetos abandonados. Elegir un número para que guíe tu día: caminar 12 cuadras, a las 12.12 hacer algo”.

 

Vivir viajando

Sí, se puede. Recorrer el mundo con pocos recursos es el sueño de muchos y hay varias maneras de lograrlo. Existen redes, como helpx o workaway, que proponen comida y alojamiento a cambio de diversos trabajos: pintar una casa, enseñar un idioma y un largo etcétera. Caminar mucho para no tomar transporte o hacer dedo son también sacrificios de viajar sin plata. 

Otra manera es recurrir al couchsurfing para encontrar un hogar que esté dispuesto a hospedar viajeros. “En Malasia fue el primer lugar donde hice couchsurfing y me salió todo mal porque anoté mal el número de la señora que me iba a recibir. Hay países donde esta modalidad es muy fácil porque la gente te invita. Vos podés aparecer en la lista pública de viajeros que están yendo hacia cierta ciudad. En Indonesia me pasaba que recibía de a cinco invitaciones”, cuenta Aniko entre risas.

Su próximo paso es hacer house sitting (cuidar casas y hasta incluso, mascotas). La cordobesa Magalí Vidoz no pagó alojamiento durante dos años porque se dedicó a cuidar 14 casas. Aniko explica que en este campo hay mucha demanda y la clave es armarse un buen perfil para conseguirlo.

Viajar solos es algo que todos deberíamos hacer al menos una vez en la vida. La libertad es total, no tenés que ponerte de acuerdo con nadie y las decisiones se toman sin debate previo.

“La gente te ayuda al verte sola, te pregunta si necesitás algo. También conocés gente todo el tiempo. Uno nunca está solo, a menos que quieras”, advierte.

Entre algunas costumbres culturales divertidas, Aniko recuerda que en Indonesia tienen un fanatismo por los occidentales. “Te ven caminando por la calle y vienen en malón a saludarte y a sacarte fotos, como si fueras una estrella de cine. En general, mandan a uno en representación de todos y después aparecen 30 con 30 cámaras de fotos y tenés que estar posando para todos”. 

Para tranquilidad de los viajeros, ella dice que la gente siempre tiene voluntad de comunicarse, y allí la sonrisa y los gestos ayudan. “Te señalan el mapa, te piden que los sigas, la gente siempre está bien predispuesta”.

Uno de los lugares preferidos de la escritora en Argentina: Mendoza.  

Viajoterapia

Lenke, una de las mejores amigas de Aniko, era astróloga y falleció a sus 84 años. “Para mí fue un golpe re grande y viajar con tristeza es muy duro. No es que te vas de viaje y te olvidás de todos los problemas. Uno carga con todos estos duelos. Hasta es más difícil porque estaba lejos de todo el mundo. No quería quedarme en Buenos Aires porque sentía que me iba a meter en la cama y no iba a querer salir más”, cuenta. 

En ese momento, la escritora no tenía un destino claro y fue viviendo distintas etapas en lo que decidió llamar viajoterapia:

  • Saber estar
  • Aprender del ciclo del mar
  • Entender que todo es transitorio
  • Encontrar la felicidad en lo cotidiano

Sobre una de las claves, explica: “Aprender del ciclo del mar porque vos construís algo y el mar te lo destruye, y lo volvés a construir y te lo vuelve a destruir. Es un poco así la vida. Aprendí a vivir más el presente, disfrutar donde uno está. Me pasa incluso viajando que pienso en el próximo viaje o estoy con melancolía por el lugar anterior, como que uno nunca se alinea en el presente. Me ayudó mucho también vivir cerca de un mes en la casa de una de mis mejores amigas que es peruana. Ella tiene un hijo y él en ese momento tenía tres años. Estuve con él jugando un mes entero y los nenes son sanadores. Era ver la vida a través de sus ojos”.

Las etapas de la viajoterapia, una de las propuestas del libro "El síndrome de París".

El lado B de los viajes

Fanática de los rituales y de observar las pequeñas cosas de la vida cotidiana, a Aniko le encanta viajar y al mismo tiempo quedarse quieta. Para ella, lo mejor es descubrir lo que el destino quiere mostrarle a cada uno de manera personal y olvidar las listas con lo que sí o sí hay que conocer.

A sus 30 años, se casó con un francés que conoció a través de couchsurfing. Él es programador y eso les permite moverse por el mundo. Su próximo destino es Japón y posiblemente después vayan a un lugar que tenga playa y ciudad, su combo preferido.

En uno de sus viajes descubrió el síndrome de París, con el que se sintió profundamente identificada. “Es algo que les pasa a muchos japoneses y asiáticos cuando viajan por primera vez a París. Tienen una imagen tan idealizada, romántica y perfecta de la ciudad, que cuando llegan y ven que es muy distinta a lo que se imaginaban les agarra una depresión y una tristeza muy fuertes”. 

El estilo de vida del que decide viajar por el mundo parece perfecto, pero no todo es color de rosa. “Muchos lugares que conozcas no te van a gustar, no todas las personas que conozcas te van a caer bien, ser huésped durante mucho tiempo es agotador, te podés enamorar de alguien estático, tenés muchas despedidas y vas a estar lejos en momentos importantes”, advierte.

En su nuevo libro explica estos contrastes y búsquedas que construyen una imagen más real del viajero. Pero si hay algo genial que le pasa cada vez que toma su mochila al hombro, es que el tiempo parece expandirse. “Los viajes me dan tiempo. Siento que los días tienen como 50 horas. Vivís tanto en un día porque todo es nuevo y todo te llama la atención”, dice Aniko en una invitación a salir del piloto automático y sentir que estamos de viaje en nuestra propia ciudad.  

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