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Cuaderno de viaje

Valle de Lágrimas, inmensidad y milagro

"Vayamos adonde se cayó el avión de los uruguayos”, fue el desafío que todos sabían que arrastraba una gran connotación emotiva, al margen de la preparación, el esfuerzo y la logística que significaba caminar casi 50 kilómetros y ascender hasta los 3.600 metros de altura en el mítico Valle de las Lágrimas. 

Por Joaquín Balbis (Especial).

Allí, el 13 de octubre de 1972, después del accidente del aéreo que los transportaba a Chile, varios rugbiers orientales dieron lugar a uno de los grandes milagros de los que se tenga memoria, luego de ser rescatados tras permanecer 72 días perdidos en la cordillera de Los Andes.

La iniciativa terminó de tomar cuerpo en una juntada de amigos, pero fue Mario quien se transformó en el motor del viaje. Al final, fue encarado por cinco integrantes de un grupo donde la mayoría se conoce desde hace cuatro de las cinco décadas que tienen de vida. Era imposible no intentarlo. Además de su entusiasmo contagioso, “el Gordo” –apodo que Mario arrastra de chico aunque ya no lo amerite– puso a disposición su conocimiento de esa zona de la cordillera y el respeto por la montaña para que al resto (Alexis, Eduardo, Benito y Joaquín) todo se le hiciera más llevadero. Había que afrontar la expedición antes de que finalizara marzo, previamente a las nevadas y fríos intensos. La decisión fue emprender la travesía solos, sin guías y sin mulas. Con todos los elementos adecuados (vestimenta, calzado, carpa, alimentos y bastones) se partió al sur de Mendoza para afrontar una aventura que se sabía que dejaría una huella.

Después de 830 kilómetros desde Córdoba, a la altura de El Sosneado –unos 50 kilómetros antes de Malargüe sobre la legendaria ruta 40–, se ingresa a la cordillera por la provincial 220, en el Valle del río Atuel. El camino de ripio, más apto para camionetas que para autos, conduce hacia un abandonado hotel de aguas termales, al cual se llega después de 60 kilómetros. Unos 2.000 metros más adelante, en un caserío de baqueanos que pasan el verano allí con su ganado, se dejó el vehículo y empezó la ansiada caminata.

El obstáculo inicial fue cruzar el río Atuel; la primera de las 10 veces que, entre la ida y la vuelta, hay que atravesar cursos de agua helada. Cada ceremonia incluía cambiar de zapatillas y quedarse en calzas para no mojarse, pero, además, requería de una técnica para manejarse entre la piedra bola y no ser arrastrado por el caudaloso torrente, en especial entre el mediodía y las 16 horas. El Barroso, sin dudas, es el más intimidante por su fuerza y temperatura, que hacen dudar más de una vez antes de meterse.

El día 1, los 13 kilómetros que hubo que recorrer hasta armar el campamento para dormir a 2.400 metros de altura demandaron más de ocho horas de caminata a ritmo sostenido por todo tipo de terrenos. Si algo tiene la cordillera es la sensación de estar llegando siempre, pero nunca hacerlo del todo; y de encontrar un nuevo suelo después de cada subida, cada curva, cada descenso o cada río. Hay piedras volcánicas, lajas, polvo, arena, senderos, sólo marcas, vegas con mucho barro y ojos de agua, en un paisaje que se interna hacia el infinito enmarcado por montañas altísimas y de colores, que se mezclan con el cielo celeste furioso en un juego de luces y sombras salpicadas por el blanco puro de la nieve perenne.

 

El peso de las mochilas, que molía los hombros, hacía todo más lento, y tanto se sentía a la noche que exigió algún calmante para encontrar posiciones de descanso pensando en el día 2. Se trataba del gran día, el que permitiría alcanzar ese punto de la cordillera lleno de mística y emoción al cual se accede después de unas cinco horas de escalar. El último tramo es muy empinado y tiene bastante piedra suelta, lo cual, en combinación con los efectos de los 3.600 metros de altura, ponía en jaque la chance de llegar al objetivo. Ese era el momento del apoyo, de darse fuerzas, de estar codo a codo para no aflojar.

Después de andar, se divisó de repente el memorial a las víctimas, con sus cruces, sus ofrendas, los restos del avión y el monolito. Entonces, la tragedia y el milagro aparecen como fogonazos en la mente, la inmensidad cala, los recuerdos abundan, la piel se eriza y las lágrimas ruedan. ¿Cómo hicieron esos héroes para salir vivos de ahí? Difícil entenderlo en semejante escenario, al cual hay que trasladar a condiciones mucho más inhóspitas cuatro décadas y media atrás. Pero 16 de ellos lo lograron; pese al frío, las laderas interminables, las nieves eternas, la conmoción por el accidente y los amigos muertos, la falta de ropa adecuada, el escaso alimento y la debilidad de más de 70 días de desprotección. Al levantar la vista, el glaciar asoma impenetrable, la roca construye un muro impactante y la noción mezcla impotencia e incredulidad cuando se piensa que hacia allá, hacia ese oeste inalcanzable, Fernando Parrado y Roberto Canessa le dieron forma a la gesta milagrosa.

Los 11 kilómetros de regreso a las carpas fueron más livianos aunque se llegó de noche, seguramente por tanta paz y conmoción. El día 3, el descenso final demandó las últimas seis horas, que se disfrutaron por la convicción de haber cumplido el objetivo de vivenciar una experiencia única en un lugar único. Y la sensación de haber transitado un túnel hacia lo desconocido en el que, en el tironeo entre lo trágico y lo milagroso, la vida le ganó una batalla a la muerte.

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