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Una visita maravillosa a los pueblos con magia del México secreto

Los estados de Hidalgo y San Luis de Potosí combinan tradiciones, cultura, excelente gastronomía y paisajes de película. Un recorrido por la historia y por la naturaleza en estado puro.

Por Mariana Otero (Especial).

El tiempo parece detenido en algunos de los “pueblos mágicos” de México, como en esas películas antiguas donde los charros con sus sombreros de ala ancha cruzaban a pie rumbo al ruedo a desplegar sus habilidades ecuestres y sus destrezas en el popular arte de la charrería, de profunda raigambre.

Pintorescos y bellos, estos pueblos están orgullosos de su cultura, sus tradiciones y su identidad. No hay que perdérselos.

En total son 121, que en octubre celebraron su primer “tianguis” (una gran feria) en la ciudad de Pachuca, a una hora y media de la Ciudad de México. El estado de Hidalgo atesora seis (Real del Monte, Mineral del Chico, Huasca de Ocampo, Zimapan, Huichapan y Tecozautla) y San Luis de Potosí, tres (Aquismón, Xilitla y Real de Catorce). 

Su recorrido ofrece un viaje a la historia y a las costumbres más profundas, y conocer a su gente generosa y a sus paisajes extremos, vírgenes y bellos, ideales para los amantes del turismo de aventura y experiencias intensas.

En el camino asoman poblaciones pequeñas con encanto que, aún sin haber sido nombradas “pueblos mágicos”, guardan historias vinculadas al pasado prehispánico, al de la colonia, al de la independencia o a la minería, al legado británico, a la increíble gastronomía, a la charrería, a la cría de toros de lidia. 

México es muchos Méxicos

A media hora de Pachuca se encuentra Real del Monte, pueblo de pasado minero que tuvo su auge en el siglo XVIII con la explotación de los yacimientos de plata. Sus calles recuerdan a otras de Latinoamérica, con casonas de colores, una pintoresca iglesia, fuentes y portales. Es un pueblo con encanto y, también, con sabor.

El Museo del Paste guarda la historia (y el presente) de un sabroso bocadillo que llevaron los ingleses de Cornwall que trabajaron en las minas hidalguenses. Es una especie de empanada de masa liviana y relleno crudo de frijoles con picante o carne con papa. Uno puede preparar su propio paste y disfrutarlo camino al panteón inglés.

El cementerio británico es Patrimonio Cultural de la Humanidad y merece un recorrido guiado. Dicen que este camposanto está mejor conservado que sus similares en Gran Bretaña. En las lápidas hay símbolos masones y una iconografía que habla del pasado. Son 763 tumbas (300 de mineros): todas, menos una, miran en dirección a Inglaterra. La díscola es la del célebre payaso Richard Bell, que decidió darle vuelta la cara a su país natal y agradecer la acogida del pueblo mejicano. 

Prismas basálticos

Desde Real de Monte se llega a Huasca de Ocampo, que conserva sus calles adoquinadas y su arquitectura colonial. En Huasca hay dos visitas imperdibles. Una: los prismas basálticos, un conjunto de rocas volcánicas que se levantan como columnas geométricas en una barranca. Son pilares hexagonales naturales que parecen haber sido dispuestos por la mano de un artista y desde donde brota el agua. En algunas épocas del año, hay cuatro cascadas, alimentadas por la presa San Antonio Regla. 

El otro recorrido recomendable es la hacienda Santa María Regla, impresionante construcción del siglo XVIII, levantada entre 1760 y 1780 por don Pedro Romero de Terreros, el conde de Regla. El lugar es hoy un bellísimo hotel rústico. En la visita con guía se puede apreciar el acueducto y la mazmorra en donde se encerraba a los enfermos de viruela y sarampión y los laberintos y túneles secretos que se utilizaban para transportar la plata y el oro que se extraían de las minas. Se hizo conocida hace más de dos décadas, cuando filmaron escenas de La máscara del Zorro, con Antonio Banderas y Catherine Zeta Jones. 

Acueducto monumental

A unos 80 kilómetros se encuentra Tepeapulco, con atractivos arqueológicos e históricos. Allí aparecen los que se cree fueron los primeros basamentos para construir Teotihuacán, una de las principales ciudades prehispánicas de Mesoamérica. Se conservan petroglifos y petrograbados. 

La ciudad alberga, entre otros atractivos, una de las casas del conquistador Hernán Cortés, donde próximamente se inaugurará el museo del pulque, una bebida tradicional que se elabora con la planta del maguey.

Cerca de allí, en el municipio de Zempoala, se halla el acueducto Arcos del Padre Tembleque, llamado así es honor al fraile español franciscano que dirigió la obra. El acueducto es la obra de ingeniería hidráulica más importante construida en América durante el siglo XVI, que permitió llevar agua a varios pueblos. 

Los arcos fueron construidos por cientos de indígenas, utilizando exclusivamente la resistente piedra del lugar y la baba del nopal. Elías, el guía, explica que la construcción monumental es apenas el cinco por ciento de la obra, cuya base es subterránea.

De paso por Zempoala, es recomendable conocer de cerca el deporte nacional de México: la charrería y asomarse a la pasión taurina ya que en la zona se crían toros de lidia de hasta 600 kilos para las mejores plazas del país.

Al corazón de la tierra

Desde allí, a una hora en auto, se llega a Tula de Allende, un sitio arqueológico que guarda la memoria de los toltecas, cuyo esplendor fue entre el 600 y el 1200 DC. 

Foto: 123RF

La gran atracción son los Atlantes de Tula que, se cree, fueron las columnas de un palacio de la ciudad donde vivieron entre 60 mil y 120 mil habitantes, a juzgar por los vestigios que aún quedan. El arqueólogo Luis Gamboa Cabezas explica que las excavaciones en el lugar comenzaron en 1939 y finalizaron 20 años después.

A 70 kilómetros, en el municipio de Santiago de Anaya, se encuentran las grutas de Xoxafi. Vale la pena desviarse para experimentar la aventura de ingresar por la boca de la enorme cueva, como si fuera el útero de la tierra, y recorrer pasadizos y túneles naturales. Xoxafi es monumental. Más aún, si un grupo de mariachis canta en la fauce cavernosa de la roca, la experiencia será inolvidable.

Realidad y fantasía

Antes de abandonar Hidalgo, Huichapan merece una mirada por su papel en la independencia de México (algo así como San Miguel de Tucumán para los argentinos) y por sus “carnitas” de cerdo y su “Carnavalito”, un trago típico con naranja, tequila y otros secretos. 

Desde allí se puede emprender el camino de unos 600 kilómetros rumbo a la naturaleza efervescente de la Huasteca potosina, en el estado de San Luis de Potosí, donde el viajero encontrará cascadas, pozos de agua cristalina, jardines frondosos y surrealistas, turismo aventura y gastronomía deliciosa.

Un imperdible es la imponente cascada de Tamul, que cae desde 105 metros sobre el río Tampaón, y a la que se llega remando una hora y media en canoas compartidas. Sobre el Tampaón, en su parte más estrecha, hay que experimentar el rafting, mientras se aprecia un paisaje que sólo se puede ver desde un bote. Por la zona se llega a las cascadas de Tamasopo, y las siete cascadas de Micos, de increíbles aguas turquesas de 10 metros de altura, desde las que es posible tirarse hacia los pozos profundos. 

Jardín de Edward James. Foto: RutaHuasteca.com

Antes o después hay que recorrer Xilitla, conocido mundialmente por el jardín surrealista de Edward James, escocés nacionalizado británico, amigo de Salvador Dalí, que diseñó una especie de Edén poblado de esculturas. Guiado por sus sueños, desafió la arquitectura tradicional e ideó un espacio donde la realidad y la fantasía se confunden en medio de una frondosa selva que -a pedido del propio artista- engulle hoy los restos de las estructuras.

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