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Cuaderno de viaje

Un viaje al espacio en Guayana Francesa

Si la caja de Pandora escapara del mito, seguro viviría por estas latitudes.

Por Leandro Blanco Pighi (Especial).

Los vientos del Atlántico danzan junto a las hamacas. El cadáver de la noche anterior sorprende a la mañana. Algunos amanecen tendidos donde el alma encontró refugio –o donde el cuerpo pudo llegar–. Los niños corretean entre las palmeras pateando esferas de cuero, esquivando perros playeros.

Es la Amerindien Village, el barrio donde los nativos guyaneses invitan con arroz, mango y coco a los cansados pies visitantes que hasta su costa llegan. Tras cada jornal se comparten mesas eternas de ron, cerveza y partidas de dominó. Sí, do-mi-nó. Ese juego que siempre me pareció de niños sin gracia, pero que, después de vivir más de un mes sobre la arena de Kourou, me hace sentir un estratega nato cada vez que me toca ganar una partida y gritar a los cuatro vientos ¡DOMINÓ!, golpeando la mesa como un guerrero de mil batallas –los locales me enseñaron que si no se golpea la mesa no tiene sentido colocar cada pieza–.

El intercambio cultural se produce minuto a minuto. El forastero mate circula entre las costumbres locales como si fuese autóctono. Loic destripa cocos a punta de machete. Nada se desaprovecha: el agua se toma, la carne se come y la cáscara peluda se transforma en el combustible perfecto para encender el fuego. La llama se agiganta, aguardando los pequeños tiburones pescados por Remy. “Peixe, peixe”, grita el veterano pescador llevándose la mano a la boca; indicando que llegó la hora de almorzar.

Las conversaciones son una mezcla de portugués, francés, español y una infinidad de dibujos en el aire. No podría ser de otra forma en un lugar como este. Guayana Francesa es una porción de suelo europeo en pleno continente americano, un retazo de tierra capaz de resumir todos los continentes. Francia en los papeles, y usufructo del planeta entero en la práctica.

Si la caja de Pandora escapara del mito, seguro viviría por estas latitudes. Este no-país rebalsa de ingredientes. Los hmong, provenientes de Laos, se ocupan de la agricultura. Hay cárceles de máxima seguridad –hoy museos– que albergaron a los prisioneros más peligrosos del Viejo Continente –los casos de Papillón y Dreyfus quizás sean los más resonantes–. Haitianos, cubanos, dominicanos, sirios, palestinos y un sinfín de nacionalidades se acercan a este pedazo de Europa a pedir asilo político. Los chinos son los encargados de montar locales comerciales en cada esquina. Y, como si el rompecabezas aún no estuviese completo, entre la selva y los ríos, en este rincón limítrofe de Brasil y Surinam, anida una base espacial.

Gajo metálico

El Centre Spatial Guyanais (C.S.G.) es un mundo aparte dentro de este amasijo de mundos que representa Guayana Francesa. Capaz de regalar un momento, apenas un puñado de segundos, de una emoción exquisita.

El calendario encierra, tras un trazo rojo y gordinflón, para que no escape a la vista de nadie, al diecisiete. La expectativa crece con el paso de los días. Al punto que, durante la noche anterior, se vuelve inevitable buscar el sitio adecuado, el palco de honor desde el cual presenciar ese evento que marcará el viaje. Ese instante que demuestra que lo increíble sucede en un periquete.

A unos dieciocho kilómetros del centro de Kourou, un cerro promete ser el mirador perfecto. La Montagne des Singes –“montaña de los monos”– y el ecosistema selvático en el que se encuentra inmersa cumplen con todos los requisitos. La noche se enciende alrededor de una fogata. Tras la cena, la hamaca se prepara para dormir bajo una sábana de estrellas. La mañana siguiente no será una más en este recorrido sudamericano.

El reloj marca las 10:06. Puntualidad extrema. El suelo vibra, ante la mirada atónita de los visitantes, que se multiplican con el correr de las horas. La inmensidad del cielo es invadida por un cohete, tras brincar del suelo hacia un viaje infinito al espacio. La luz expulsada por aquel cometa gigante y el halo de humo tras su paso quedan suspendidos ante los ojos de los espectadores. El lanzamiento es un éxito; la nave asoma al pasar de nube en nube hasta perderse vaya uno a saber dónde.

Así, el Ariane 5 despega desde territorio guyanés con cuatro satélites. Y, pegados al piso, quedamos nosotros, los mortales, aún asombrados. Un cohete no atraviesa en cualquier ocasión las pupilas. Los párpados se rehúsan a cerrarse. La imaginación se pierde con la trayectoria de aquel gajo metálico, deseosa de traspasar la estratósfera y palpar lo desconocido. Aunque, pensándolo bien, ¿qué puede haber allá afuera que no exista en Guayana Francesa?

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La Voz.