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Un domingo en Madrid

Llegar un domingo a Madrid tiene un encanto particular, ya que la ciudad descansa de su habitual ritmo febril.

Por Adolfo Díaz (Especial).

Llegada a Madrid, un domingo bien temprano, con una temperatura ideal de 20 grados y un cielo azul impactante. En la ruta que sale desde el aeropuerto de Barajas, uno se enfrenta al entramado de las modernas autopistas que se superponen unas sobre otras. Tremendo nudo gordiano imposible de descifrar si no se cuenta con la ayuda de un GPS salvador.

Llegar a Madrid a esa hora y en un día no laborable, permite disfrutar de las calles vacías; del verde césped de los jardines, salpicado por el rocío de los regadores, y del desfile de deportistas que caminan y trotan por  bulevares y avenidas.

La  calle de Alcalá conduce hasta el corazón de la ciudad, luego de pasar por uno de sus íconos: la Puerta de Alcalá, la misma a la que cantaron Ana Belén y Víctor Manuel, que mandó a construir Carlos III, para suplantar la anterior después de demolerla simplemente porque no le gustaba.

A partir de la Puerta de Alcalá se extiende la hermosa Gran Vía, la más famosa de las avenidas de la ciudad que este año festejó, remozada, sus primeros y jóvenes 100 años.

En esta fresca mañana de otoño, invita a visitar la antigua chocolatería San Ginés y saborear un desayuno de chocolate con churros madrileños. Abierta desde 1890, todavía conserva parte de la decoración y del antiguo mobiliario. A pocos pasos de la chocolatería, la cercana Plaza Mayor sorprende por su majestuosidad. Tiene nueve arcos o puertas de entrada, la estatua de Felipe III en el centro y 237 balcones que dan a ella.

Cercana a la Plaza Mayor está la Puerta del Sol, el kilómetro cero de las rutas españolas. Allí es donde se esperan las 12 campanadas que anuncian el año nuevo y se practica la tradición de acompañar cada una de ellas comiendo una uva.

Un buen programa para aprovechar este domingo de sol es dar una vuelta por el Rastro, en la Plaza Cascorro, famoso mercado callejero donde se venden antigüedades, ropa, calzado, bolsos, libros, discos, muebles, plantas, pájaros y todo lo que uno pueda imaginar, nuevo o usado. Los domingos y feriados, el Rastro recibe multitudes de visitantes.

De tapas por Madrid. No se puede pasear por el Rastro sin “picar” algo. Los bares cercanos desbordan de gente con una cerveza o un vermú en una mano y una tapa en la otra. Las tapas nacieron hace varios siglos, a consecuencia de los incidentes que se producían por la gran cantidad de vino y cerveza que tomaban los parroquianos en las tabernas. Se obligó a los taberneros a servir la copa, con una tapa por encima, la que podía ser algo de comida fría (jamón, queso o lo que tuvieran a mano). Los clientes debían primero acabar con la comida que tapaba la copa, para luego de eso poder beber.

“El capricho extremeño” es, quizá, el lugar más frecuentado. Los domingos de Rastro está siempre desbordado de gente, que se proyecta a las veredas con su caña (vaso de cerveza) y su bocado. Especialistas en “tostas”, tostadas de pan de pueblo coronadas por gulas con gambas; pulpo a la gallega; bacalao con pimentón; jamones y embutidos, o caldereta de setas, todas a muy buen precio y deliciosas.

Se puede continuar la ronda de tapas en el vecino barrio de la Latina, especialmente en la calle de Cava baja. En La Chata, con su estilo jerezano; en La Camarilla, el preferido de los jóvenes por sus tapas modernas y creativas, o en Viejo Madrid, con su tradicional estilo castellano.

Siguiendo la recorrida gastronómica (de eso se trata, probar un poquito de cada lugar), ahora le toca al Mercado de San Miguel, construido en 1916, templo de la gastronomía con 33 puestos y la particularidad, a diferencia de otros bares, de estar abierto como mínimo hasta la medianoche.

Si buscamos finalmente sentarnos a comer en forma sustanciosa, lugares como Casa Lastra pueden satisfacer apetitos voraces. Especializado en comida asturiana, un puchero con repollos y cerdo es absolutamente contundente y, por supuesto, para beber es imprescindible la sidra helada de barril.

En Cava Baja, está Casa Lucio, el mítico boliche de Lucio Blázquez. Lucio sirve los huevos estrellados con jamón y patatas que fanatizaron a Tom Cruise, el Rey Juan Carlos y a Bill Clinton.

Para presupuestos más holgados, la elección puede ser Antigua Casa Botín, el restaurante más antiguo del mundo según Guinness. Fundado en 1725 y especializado en comida castellana, en Botín es imperdible probar el cochinillo de piel crujiente o el cordero sabroso y jugoso, ambos asados a la leña en el mismo horno que existe desde que abrió sus puertas.

Es injusto nombrar sólo estos pocos lugares porque, si hay algo que abunda en Madrid, son buenos sitios donde comer un menú de entrada, plato y postre por poco más de 10 euros.

Los cafés con encanto. Madrid tiene la fortuna de conservar bares y cafés históricos, muchos de ellos con decoraciones y muebles tan antiguos como su existencia.

Uno de los emblemáticos es el Café Gijón. Abrió sus puertas en 1888 y desde entonces albergó a lo más granado de los escritores del país. Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, Valle Inclán, Gómez de la Serna y muchos otros frecuentaron interminables tertulias en el lugar.

El más antiguo de Madrid es el Café Comercial (1887), junto a la estación Bilbao del metro. Al trasponer su puerta giratoria, se ven sus mesas de mármol, sillas de madera y grandes espejos en las paredes.

Otro café con encanto es el Isadora, de la calle Divino Pastor, cuyo nombre es un lógico homenaje a la bailarina Isadora Duncan, trágicamente fallecida cuando su largo pañuelo se enredó en la rueda de su auto.

En pleno barrio de Malasaña está el Café Ruiz, decorado con bancos de madera, almohadones y mesas con velas, que crean un ambiente de atmósfera íntima.

En la calle de Alcalá está el Café del Círculo de Bellas Artes, con hermosos frescos pintados en el techo y su escultura de mujer tendida, que data de 1910.

El Café Casa Pueblo, de la calle León, sobrevivió al paso del tiempo. Una larga barra de mármol con una vieja máquina registradora; un piano que suena alternándose con la música de jazz ambiente, y un clima que seduce.

Finalmente, en pleno barrio de Lavapiés, está el Café Oeste Celeste. Con música chill out y ambiente  alternativo y bohemio, es necesario llamar a un portero eléctrico para entrar a lo que parece la cocina de una casa.

En la pared, preside un gran mural y la decoración es absolutamente ecléctica, con objetos mezclados caprichosamente y mesas y butacones que se ubican alrededor de un telescopio orientado hacia el cielo estrellado dibujado en el techo.

Lo que hay que saber

Viaje Barajas al centro: desde el moderno aeropuerto de Barajas, con sus cuatro terminales, puede accederse al centro de la ciudad de diferentes maneras: en taxi, con un costo aproximado de 24,50 €; en mini furgoneta (cuatro personas), 36 €, o en coche privado, desde 56 € por vehículo. El metro es una opción eficiente mientras no se viaje con mucho equipaje. El viaje dura unos 40 minutos hasta la Puerta del Sol y cuesta 2 €. Horario: de 6 AM a 2 AM.

Alojamiento: la oferta de alojamiento en Madrid es amplia: hay hostels y pensiones, por unos € 30 la noche y apartamentos para cuatro personas, desde € 70 la noche. Hoteles: hay hoteles de todas las categorías y en temporada baja se pueden conseguir importantes ofertas, como un tres estrellas superior y muy bien ubicado, por unos 60€ la noche; cuatro estrellas céntricos, con precios desde 75 €, y de cinco estrellas, desde 200 €.

Transporte: hay una extensa línea de metros y autobuses urbanos, que combinan sus servicios y con un precio único de pasaje de 1 €. Se pueden comprar pases de 10 billetes a 6,15 €. Taxis: bajada de bandera entre 2,05 y 3,1 €, según día y hora del servicio.
Gastronomía: chocolate con churros en San Ginés, 3 €; café en bar de Madrid, desde 1,60 €; caña de cerveza en bar, 2 €; gaseosa, desde 2 €; menús de mediodía (entrada / plato / postre), entre 10 y 14 €, y comida a la carta, desde 23 €.

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