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Cuaderno de viaje

Travesía por Europa: siete trenes en un día

Una experiencia sobre máquinas que avanzan a 300 km/h y atraviesan Europa como un rayo, junto con otros paseos más serenos. Recorrimos tres países en un día: España, Francia e Italia. También, tomamos el "último tren a Londres" que cruza el Canal de la Mancha y te recomendamos paseos panorámicos. Acá, una filosofía de viaje que vale compartir. 

Por Milagros Martínez.

Desplegamos un mapa y le dibujamos un itinerario a nuestro antojo. Como los europeos tienen fama de reloj suizo, nos arriesgamos a diseñar, desde Córdoba y a 11 mil kilómetros de distancia, un paseo de locos: siete trenes en un día. Chapados a la antigua, completamos una minuciosa tabla de Excel y la aventura, en parte, quedó planificada: Madrid, Barcelona, Perpignan, Avignon (con trasbordo), Nice Ville, Ventimiglia y Pietra Ligure. 

Había algo que nos quitaba el sueño: imaginarnos a bordo de máquinas de alta velocidad (300 km/h) que atraviesan Europa como un rayo. La ansiedad nos preparaba para otra filosofía de viaje: asomarnos a las ciudades y a los pueblos que hablan desde enormes ventanales, mientras la mecedora te serena, te inspira, te conecta. 

Descartamos un clásico, los vuelos low-cost, y armamos la aventura estudiando las mejores combinaciones del Eurail-pass, una especie de tarjeta de embarque o pase a la felicidad para recorrer en tren el viejo continente. Los precios de esta propuesta varían según la cantidad de países elegidos para conocer y la cantidad de días. 

La mayor ventaja, además de un paseo de sensaciones, es que las estaciones están ahí, en el centro de las ciudades. Los aeropuertos, en cambio, están alejados y el aparente ahorro de vuelos baratos, termina por perderse en el traslado hasta el corazón de destino. Sin olvidar que el equipaje por pasajero en altura es limitado y en tren podés ir sobrecargado. 

Aventura sobre rieles

El viaje empezó en una helada madrugada en Madrid y terminó de noche en Pietra Ligure, Italia, para un reencuentro familiar. En el país de la buona pasta y en Argentina, hay algo que está claro: “lo primero es la familia”. 

Todas las corridas del día quedaron por demás justificadas. Entre cientos de valijas frenéticas y pasos apurados, llegamos a la estación de Atocha (España) y la adrenalina por tomar el primer tren terminó de despabilarnos.

Lejos de las clásicas locomotoras, nos costó ver el final de una nave sobre rieles. Ahí estaba, imponente, el de alta velocidad española (AVE) que nos llevaría hasta Barcelona. Un pie en el primer peldaño fue suficiente para el flechazo y de acuerdo a lo previsto, 6.10 en punto el tren inició su marcha.

Nos hipnotizaron las pantallas que marcan la velocidad, nos sorprendió la pulcritud de un medio de transporte público y la comodidad de los asientos. Difícil quedarnos quietos al descubrir ese nuevo mundo. Con sólo presionar un botón, un sonido mágico anunciaba la apertura de puertas para pasar de un vagón a otro. Mientras el tren hacía su ruta y desafiando el equilibrio, dimos una vuelta por todos sus pasillos.

Llegamos a destino y el nuevo tramo nos llevó hasta Perpignan (Francia). Fue hora de cambiar de idioma y con muy poca espera en ese punto, tomamos otro tren para seguir hasta Avignon. Acá nos encontramos con las primeras patisseries, los clásicos macarons de colores y una enciclopedia del pan a la venta. En otro rincón de la estación, chicos pedaleando para generar energía cinética y cargar sus celulares. Sólo 10 minutos de esfuerzo físico fueron suficientes para recuperar el 15% de una batería.

En cada estación nos contagió una nueva cultura. Si a esta altura ya estábamos eclipsados, la fascinación alcanzó la vara más alta en el tramo Avignon – Nice Ville: vagones con sillones más cómodos que los del living de cualquier casa, mesas con lámparas, revistas, pisos alfombrados y persianas en las ventanas. ¡Un lujo! 

El paisaje siguió cambiando y la bienvenida a Nice Ville tuvo su propio encanto. Arriba, una cúpula vidriada que dejaba pasar la luz del sol; abajo, valijas que esquivaban palmeras. Una vez en territorio italiano, Ventimiglia, los corazones empezaron a latir más fuerte: sólo había 11 minutos para correr hasta el siguiente tren. Con precisión suiza, el tiempo nos alcanzó hasta para llegar a repetir esas frases que se vuelven música: “Attenzione! Allontanarsi dalla linea gialla”.

La meta estaba cerca. A las 21.27, pegamos las caras sobre las ventanas para ver a lo lejos un tío ansioso saltando y primos corriendo casi a la misma velocidad de la máquina. En ese momento y ya en Pietra Ligure, el cansancio fue el mejor recompensado. Todas las postales del día nos convencieron: subir a un tren es un viaje de ida. 

Túneles y paseos

Después de la locura de siete viajes en un día, el cuerpo se movía sólo, seguía en sinergia con ese andar sereno. 

Pero las ganas de seguir recorriendo estaban intactas. Terminada la vuelta por Italia, llegamos a París y fue imposible no tentarnos con “el último tren a Londres”. 

Desde esa ciudad francesa hay una ruta directa al paraíso británico. Embarcados en otra máquina de alta velocidad, de pronto desapareció el paisaje, todo se volvió oscuro y a 300 kilómetros por hora cruzamos por el Eurotúnel el Canal de la Mancha. Para hacer este viaje, que dura dos horas, necesitás una reserva previa y paciencia para los estrictos controles ingleses. 

Este particular paseo, dibujó viejos recuerdos: un traslado en las Cataratas del Iguazú para llegar a la prometida Garganta del Diablo. Los vagones tradicionales, los asientos de madera, el sonido de las vías, el viento que entraba y nos ayudaba a olvidar el sofocante calor de Misiones. Tan distinto y tan parecido: otro continente, otras épocas, siempre sobre rieles.

“Hay un deseo que pido siempre que pasa un tren”, dice la letra de Calamaro. El nuestro es volver a viajar y por qué no aventurarnos en los recorridos panorámicos más recomendados: Arlberg Line (Austria), Ferrocarril Bergen (Noruega), Bernina Express (Italia-Suiza), líneas de la Selva Negra (Alemania), Ferrocarril Centovalli (Italia-Suiza), Glacier Express (Suiza), línea del Valle del Rin (Alemania), entre otros. 

En el afán por la foto frente a los íconos más promocionados del turismo, el tren se vuelve esa pausa necesaria. Disfrutamos tanto ver la Torre de Pisa desde lejos, como interpretar charlas en otros idiomas, leer un libro, prepararnos un sándwich, caminar por los vagones hasta llegar a ese café caliente del bar o simplemente descansar con el sol entrando por la ventana. Si vas a viajar, subite, que el tren se ocupa de todo.

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