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Ciudades

Tras los pasos de Horacio y la Maga en París

Un tercio de “Rayuela”, la novela de Julio Cortázar, transcurre en la capital francesa, donde se pueden visitar los escenarios de algunos fragmentos.

Por Pablo Bertorello (Especial).

Hace 103 años, un 26 de agosto, nacía Julio Cortázar, el cronopio que rompió el molde y le aportó invaluable magia a la literatura universal.

“Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua”.

DATOS. Información útil para visitar París.

El fragmento, de Rayuela, no sólo deambula en los delirantes laberintos de sus páginas, sino que también lo hace en el aire de “la ciudad luz”.

París, Cortázar y la excelsa novela son eslabones de una cadena inquebrantable edificada en bellos escenarios: barrios, plazas, calles, puentes, cafés y pasadizos secretos. Lugares que los viajeros pueden revivir a través de la ruta propuesta por el Instituto Cervantes, del mismo modo que millones de personas se metieron en la piel y la historia de Horario Oliveira y la Maga, los personajes que protagonizaron un exilio lleno de amor, encuentros, desencuentros y un constante deseo de libertad.

“La noche que nos encontramos detrás de Notre Dame...”, dice otro de los pasajes. La catedral parisina es un punto clave en el relato. En la plaza Jean XXIII, con una vista hermosa y menos habitual de la obra cumbre del arte gótico, la dupla amorosa atestiguó vicisitudes enmarcadas en un verde de tilos, cerezos y abetos.

Desde allí, la caminata hasta Quai de Conti lleva a toparse con la extensa fila de puestos de antigüedades que se posan sobre la vereda del Sena. Un puñal al alma para que los más nostálgicos dejen aflorar su afecto entre el olor a libros viejos, vinilos de Edith Piaf o posters del Moulin Rouge.

Si bien es cierto que Cortázar no cita calles principales o muchos emblemas inevitables para cualquier viajero como la torre Eiffel o los Campos Elíseos, sí menciona el afamado Louvre. El museo que atravesó ocho siglos de reinvención es el sitio de los paseos vespertinos de Horacio, cuando recordaba con añoranza las costumbres argentinas: “Y algunas tardes cuando me había dado por recorrer vitrina por vitrina toda la sección egipcia del Louvre, y volvía deseoso de mate y de pan con dulce...”.

Durante tres años, de 1951 a 1954, con un pase que tenía como estudiante, el escritor nacido en Bélgica fue cada tarde a la fortaleza que aloja, entre otros, a La Gioconda, la Venus de Milo y el Código de Hammurabi a contemplar arte y poder canalizar su obsesión por una mirada detallista.

Hacia el bonito Barrio Latino

Perfilando el río por el Quai des Tuileries es posible encontrarse con la postal del Pont des Arts, un emblema de Rayuela.

El puente, que supo ser lugar de miles y miles de candados colocados por enamorados para sellar su amor, también es el sitio que consumó el amorío de Horacio y la Maga. “Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts”, narra otro fragmento.

Una vez apreciada la vistosa cúpula del Instituto de Francia y la bifurcación del río en la Isla de la Cité, el paseo invita a seguir hacia el verde impecable de más de 20 hectáreas ubicado a poca distancia del Panteón y la Sorbona: los Jardines de Luxemburgo son un verdadero oasis dentro del Barrio Latino.

En el lugar donde se aloja el Senado, la gente va y viene entre la fragancia floral, mientras otros posan rodeados de un frondoso arbolado en las barandas de la Fontaine Médicis: un rincón secreto nombrado en el texto cortazariano que se erige como una gruta cercana al palacio y en la que se destaca el monstruoso Polifemo.

Según los biógrafos, en una de sus andanzas por el seductor barrio del quinto arrondissement (distrito), Cortázar se cruzó con Edith Aron, la musa inspiradora del personaje femenino de la novela publicada en 1963.

“Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. Comíamos hamburgers en el Carrefour de l’Odéon, y nos íbamos en bicicleta a Montparnasse, a cualquier hotel, a cualquier almohada”.

Un párrafo más entre cientos, como los que citan al Boulevard de Sébastopol, el Parc Montsouris, la Place de la Concorde y mucho más en esta ciudad enigmática y terrenal.

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