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Cuaderno de viaje

Todos los caminos conducen a Bangkok

Para el turismo es la ciudad más importante de la región. Tiene lógica propia y un espacio copado por viajeros del mundo.

Por Noelia Maldonado.

Si uno piensa ir al sudeste asiático, seguro sabe que tiene que pasar por Bangkok. Y, si no lo sabe, ahora se está enterando. No es una cuestión de gustos sino más bien de logística: casi todos los vuelos internos que conectan islas o países de la zona salen o vuelven de la capital tailandesa. 

Por eso, si uno tiene planeado ir a Indonesia y luego a Camboya, seguro deberá pasar por ahí; lo mismo si quiere saltar de Malasia a Filipinas, y ni hablar si quiere llegar desde cualquier parte del mundo a Myanmar, un país que ha quedado a la sombra de su gigante vecino. 

No hay forma de escaparle, y se lo dice alguien que cuando pisó por primera vez suelo tailandés quiso huir inmediatamente de esa ciudad. El olor a especias, mezclado con el hedor propio de una metrópoli gigantescamente húmeda, hizo que soñara con salir eyectada hacia algún bello y apacible pueblo del interior del país. 

Con el correr del viaje supe que siempre tendría que volver, y entonces decidí darle una oportunidad. Fue tal la magia que, cuatro años después, quise regresar a la zona y hacer base en Bangkok. Tuve miedo de que ya no fuera la misma y de que su mística se hubiera perdido. Descubrí que no.

24/7

Siempre dicen que Nueva York es la ciudad que nunca duerme, pero debo decir que la verdadera ciudad que nunca duerme es Bangkok. Así, si uno llega a las 4 de la mañana desde cualquier lugar de Asia encontrará en Bangkok un manto de bares que lo cobijará bajo las estrellas hasta que salga el sol y pueda buscar un hotel o un hostel para descansar, aunque “descansar” no sea una palabra que aplique a esta ciudad. En Bangkok nadie descansa ningún día de la semana.

Los vendedores ambulantes abren temprano sus puestos y, cuando uno regresa de noche, los ve parados estoicamente en el mismo punto en el que estaban cuando salía el sol. Tal es el movimiento turístico de la ciudad que tiene una parte reservada para los viajeros del mundo, un lugar cosmopolita que mezcla templos budistas con bares en los que suenan temas de Nirvana u Oasis; todo en unas pocas cuadras a la redonda.

La zona es identificada con el nombre de una de sus calles más emblemáticas: Khao San Road. Cuenta la leyenda que la mística viajera de este espacio nació hace más de 20 años, con la llegada de los primeros mochileros al lugar. Hoy es un ícono de la juventud, los viajes y los excesos. 

Irónicamente, casi no hay calle en Khao San Road. El espacio público está ocupado en partes iguales por negocios de comida, ropa, chucherías, tuks tuks que se meten en contramano y cientos de miles de turistas que no se cansan de caminar una y otra vez por las hendijas que hay entre puesto y puesto. Toda una postal asiática decorada para el turismo de masas. 

Khao San Road puede definirse como el paraíso mochilero mundial. Su fisionomía está compuesta por locales de turismo, casas de cambio y bares, mientras que a las calles va a parar el resto de los negocios, no importa qué vendan.

De noche, en el lugar se prenden lucecitas de mil colores y cada bar tiene su impronta, aunque en el fondo todos ofrezcan más o menos lo mismo. Cuando cae el sol, hay cervezas de todos los tamaños en las mesas. Parece que no existiera otra forma de calmar la sed, el calor, la humedad y el caos de la ciudad más que con una cerveza. 

En las calles aparecen los puestos de “snacks de insectos” que los turistas compran para hacer fotos que harán reír a sus amigos y/o familiares en algún punto del mundo occidental. Lo auténtico y lo artificial convergen en esta kermesse en esa parte de la ciudad de la que casi no salen los viajeros porque muy cerca tienen las principales atracciones de la capital: el Palacio Real, los distintos templos y el ancho río.

Laberinto viviente

Desde la Khao se puede ir a ver el Buda recostado, el de oro macizo, el de esmeralda y todos los otros budas que no rompieron ningún record pero que igual son interesantes para contemplar. 

Para no quedarse sólo con lo obvio, la recomendación es moverse varias cuadras desde la Khao y encontrar barrios dibujados pura y exclusivamente por sois, que al “occidental” podrían traducirse como callejones que muchas veces no tienen salida. Uno entra en un soi y debe estar dispuesto a no salir, a salir mucho tiempo después en cualquier otro lado o a salir en el mismo lugar en el que entró. La geometría de Bangkok es mágica.

Cualquiera que haya pisado la ciudad sabrá de lo que hablo: trafics arribando desde Camboya,  trenes viniendo desde las playas y aviones aterrizando desde otras grandes ciudades. 

Porque no importa de donde viene uno, lo importante es que de Bangkok es muy difícil salir sin quedarse un tiempo.

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