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Cuaderno de viaje

Souvenirs Parisinos

Los recuerdos que van a perdurar por siempre son las cosas que hayas vivido y disfrutado en este increible lugar. (Foto: Florencia Vigilante). 

Por Florencia Vigilante (Especial).

No, no es una lista de llaveros de la torre Eiffel, imanes con la bandera francesa o cajas de macarons. Hay otro tipo de recuerdos que te van a acompañar cuando hayas dejado la ciudad: las experiencias. Y sincerémonos, existen tantas versiones de París como personas que la recorren. Esta es la mía:

Puestos de libros junto al Sena. París, literatura y uno de los ríos más famosos del mundo: les bouquinistes lo tiene todo. Desde el siglo XVI los libreros están todos los días ahí, sentados en un banquito junto a sus grandes “cofres” de metal verde para ofrecer ejemplares usados y nuevos, revistas y grabados. 

Con los años, se fueron colando copias de cuadros y postales para satisfacer la voracidad turística, pero si revolvés con paciencia podés encontrar tesoros por unos pocos euros (yo me traje un ejemplar viejo de Alice au pays des merveilles). El paseo bibliófilo se completa en Shakespeare & Co, la famosa librería especializada en literatura anglosajona. Entre sillones de cuero y escaleras se abren paso miles de historias, aunque a precios menos accesibles.

Mercado de flores. A metros de Notre Dame existe un refugio para quienes buscan complementar imponentes edificios con pequeñas escenas cotidianas: el marché aux fleurs. Plantas y flores llenan el piso, seducen desde los estantes y hasta cuelgan del techo, formando pasillos de colores que desgarran el gris de la ciudad. Este rincón “instagrameable” redobla la apuesta los domingos, gracias a un mercado de pájaros que atrae a chicos y curiosos.

Hotel con vistas. Todo parece delicado hasta que volvés al hotel barato que alquilaste en las afueras, cuya habitación no apunta precisamente a la torre Eiffel. En nuestro caso, el dudoso rojo que cubría cortinas y frazadas se completaba con el paisaje que nos regalaban las ventanas: escombros, palos y una especie de muñeca sin cara que hacía que Chucky pareciera tierno. Una experiencia que nos sacó del cuadro e hizo a París un poco más real.

Rue Martel 4. Quizás, a primera vista, no encuentres nada: mirá de nuevo. Una placa bastante modesta explica que ahí vivió Julio Cortázar. De hecho, fue en ese edificio donde el escritor pasó los últimos cinco años de su vida junto a su esposa, Carol Dunlop. 

Más allá de las transformaciones en la zona, es inevitable imaginarse cómo la habitaba él: los lugares que frecuentaba, los caminos que lo llevaban a casa y las experiencias que años atrás lo inspiraron a inscribir Rayuela.

Cementerios. Estatuas, árboles y famosos hacen de los cementerios un peso pesado dentro del patrimonio parisino. Los más conocidos son el de Père-Lachaise (donde descansan Jim Morrison y Oscar Wilde), el de Montparnasse (morada final de Julio Cortázar y Jean-Paul Sartre) y el de Montmartre (que alberga los restos de Stendhal y de Émile Zola). Recorrer alguno es garantía de un paseo diferente y reflexivo, aunque también puede resultar inquietante. De Montmartre, por ejemplo, me traje una advertencia que vi escrita en un mausoleo: “Apurémonos a vivir antes de que la muerte nos atrape”.

El café de Amélie. En Rue Lepic 15 se sitúa el Café des Deux Moulins, conocido por la película Amélie, donde la protagonista trabajaba como moza. Es un excelente lugar para que disfrutes de las típicas delicias parisinas: croissants, pain au chocolat, omelettes y crème brûlée.

“Excuse-moi”. El idioma puede ser problemático en París: en general, los franceses quieren que les hablen en su lengua y no hay español ni inglés que valga. No importa qué tan parecido suenen las palabras o cuán amplio sea tu repertorio gestual, es muy probable que del otro lado escuches un Je ne comprends pas (“No entiendo”). Paciencia.

La experiencia Louvre. La Gioconda, la Venus de Milo y una larga lista de etcéteras integran el mayor museo de la ciudad. Al ser el más visitado, las formas en las que la gente interactúa con el arte son diversas: hay estudiantes en el piso copiando esculturas, gente abarrotada en obras famosas y, abriéndose paso entre celulares y palos selfie, algunos que todavía observan los cuadros sin una pantalla de por medio.

Paredes que miran. En algunos rincones, doblar por una esquina puede significar encontrarte de frente con una cara saliendo de la pared. No te asustes: es la obra de Gregos, un artista francés que usa sus facciones como modelo para crear máscaras que después pinta y pega en fachadas, señales y troncos.

El ícono. Imposible cerrar la lista sin incluir a la torre Eiffel. Abstraéte de los vendedores que promocionan 15 llaveros por un euro y mirá cómo brilla de noche, o comprá una baguette y hacé un pícnic entre los árboles con ella de fondo. Dicen que, desde su cima, no quedan dudas de la belleza de París. Yo no subí. No me hizo falta.

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