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Siete días en el Tíbet

El último bastión de lo espiritual se siente amenazado por China. ¿Pueden lo sagrado y lo profano convivir en paz? Impresiones de una cordobesa en el Reino de las Nieves.

Por Natalia Lazzarini (Especial).

La gran noticia del año en el Tíbet no es la aparición de un nuevo monje iluminado ni la repatriación del Dalai Lama. Es el desembarco del primer McDonald’s y la primera Nike store. En un shopping flamante en Lhasa, la capital, estos dos colosos ponen un pie en el último bastión donde lo espiritual –hasta ahora– sigue siendo ley. La lucha de fuerzas entre lo sagrado y lo profano es un choque cultural que aquí se transmite en cada esquina. China, que llegó en 1959, arrasó con todo y, por ahora, a pesar de la presión internacional, no piensa volver atrás.

Aterricé entre el Himalaya –y sus picos que superan en casi dos mil metros a nuestro Aconcagua– con una mentira. Dije que era maestra. “No puedes mencionar que eres periodista –me recomendó Guzmán Escardo, guía español, en mis preparativos de viaje–. Es posible que no te den la visa. Además, no lleves libros porque te los quitan, y menos si son del Dalai Lama”. Seguí su consejo.

El Gobierno de Beijing permite las visitas de los extranjeros en la región sólo con compañías de turismo autorizadas por ellos mismos.

Un guía menudo y sonriente me cuelga una estola de satén al cuello, en el aeropuerto, en señal de bienvenida. Lo llamaremos –para no comprometer su nombre– Pemba, “nacido un viernes”, como acostumbran bautizar a los tibetanos. En la traffic blanca con la que recorreremos estos siete días, el guía advierte: “Hablar sobre la relación de China con Tíbet no está permitido aquí”, y señala una cámara de seguridad entre el acompañante y el conductor. Un gran hermano que todo lo escucha.

Cuando empiezo a arrepentirme de mi obstinación por la Ciudad Prohibida, el panorama afuera de la traffic cambia. En las calles aún se respira espiritualidad: mujeres con polleras hasta los talones pasan cantando y girando, siempre hacia la izquierda, sus molinillos de oración, pues así lo establece el rito que las prepara para la próxima vida. Algunas se persignan y se tiran al piso. Los hombres acompañan con sus sombreros de fieltro y sus rosarios de 108 cuentas, número sagrado en el Himalaya, que en sánscrito significa “reino de las nieves”. Recitan pasajes litúrgicos y mantras, como el todopoderoso Om mani padme hum.

En este gueto sin China, los taxistas no conducen vehículos: pedalean tricicletas. Atrás, en un carro, dos pasajeros llevan un termo con chang, la cerveza artesanal que en Tíbet se toma como en Córdoba el fernet con Coca. Son monjes de rostros altivos –aquí se los venera como en Argentina a un futbolista–, y da la impresión de entrar a una maravillosa cápsula del tiempo. La piel se eriza como por arte de magia y el profano Occidente queda fuera de juego. 

Al día siguiente, cuando partimos al campo base del Everest, a Pemba se lo ve preocupado. El dueño de la agencia lo retó por mencionar la tensión de China con Tíbet. ¿Cómo se había enterado? Fácil: por la cámara de seguridad. 

Continuamos viaje hablando sobre filosofía. “Todos los fenómenos que percibimos son producto de la mente –sentencia con tono de sabio–. Nuestra conciencia agitada produce temores, alegrías, odios y deseos. Hay que liberarse de todas las cadenas. La paz es para quienes dejan escapar lo que han sujetado”.

Un oficial con sombrero de plato nos saca de nuestras cavilaciones. Pide el visado y entrega un papel con estrictas instrucciones: tenemos tres horas para recorrer los 105 kilómetros que nos separan de Yamdrok, el lago sagrado. Cualquier minuto de más se paga con una espera al costado de la ruta. El presidente chino y líder del Partido Comunista, Xi Jinping, controla así la identidad y velocidad de los vehículos que transportan extranjeros. La ley no es pareja para todos: autos de alta gama con patente china –Audi, BMW– pasan echando chispas.

Cuando aparecen las primeras banderas de oración, es claro indicio de que llegamos a un sitio sagrado: el Yamdrok, un lago turquesa a 4.400 metros de altura. “A las banderolas las llamamos lungta, ‘caballos del viento’, porque esparcen a través del aire el mensaje de Buda y ayudan a las personas a alcanzar el despertar”, explica el guía. Cada tela, que el creyente deposita con una intención, lleva inscriptos pasajes de antiguas escrituras. Alternan cinco colores: son los cuatro elementos de la naturaleza más el cielo, en azul.  

Estas mismas banderas flanquean los techos de los antiguos poblados, viviendas de piedra con murales de bosta de vaca, que se secan al sol y luego sirven como combustible para las calderas. Pero nuestros caballos de viento no están solos en el transparente cielo del Himalaya: compiten con los estandartes chinos –rojos con estrellas doradas–, que el Gobierno de Beijing obliga a colocar bajo pena de castigo. 

Tras hacer noche en Shigatse, capital de Tsang, partimos rumbo a Rongbuk, un antiguo monasterio de la secta ñingma, “los antiguos”, a pocos kilómetros del campo base del Everest. Por la mañana, el sol se refleja en las nubes más altas, y entonces el pico más alto del mundo parece prenderse fuego.

Regresamos a Lhasa tras pasar por Gyansé, con su castillo y monasterio amurallado. Un monumento recuerda la victoria de los tibetanos ante los ingleses, en 1904, cuando estos trataron de anexar el sur de Tíbet. Los británicos ya habían colonizado la India y esta región les servía de barrera contra los rusos. Hoy, sin embargo, el principal recurso es el agua, siendo la reserva más grande del planeta.

En el camino paramos en un antiguo poblado, donde Saymu, “la última hija”, alimenta a las cabras de su corral. “Antes de los han –dice, en alusión a los chinos–, trabajábamos como burros para aristocráticos y monasterios”. La campesina, de rasgos similares a los de las cholas bolivianas, simpatiza con el país vecino porque trajo la modernidad: escuelas, salud, carreteras. “Por ahora, nos dejan conservar nuestras tierras”, agrega. La otra cara de la moneda.

Esquivando una majada de ovejas, retomamos la ruta para avanzar hacia el Tíbet profundo, donde los estandartes chinos comienzan a escasear, hasta desaparecer. Entonces, desde lo alto de los tejados, sólo cabalgan los caballos de viento, con banderas de cinco colores, esparciendo sus mensajes de salvación. Una resistencia silenciosa amparada por el cielo.

Ya de vuelta en Lhasa, ciudad prohibida y musical, peregrinos rodean un templo de techos dorados, cantando sus mantras. Es el Palacio de Potala, antigua residencia de los Dalai Lamas, excepto del actual, exiliado en India. Lejos de las cámaras de seguridad, Pemba reconoce que quisiera salir de su país, pero no puede. Para conseguir el permiso debería casarse con una extranjera y, de ser así, visitaría la actual residencia del Dalai. 

Tres detalles llaman la atención en este Vaticano de los budistas, y quizás sean signos de los nuevos tiempos, de cómo Tíbet lidia con un mundo que no plano ni redondo, sino hiperconectado: una viejita corrige su renguera con un bastón de trekking. A pocos metros, un monje se cubre del frío con una campera de montañista The North Face. Y más acá, un campesino baja alegremente las escaleras con zapatillas Nike, último modelo.

Al principio esas escenas parecen desencajar en la cápsula del tiempo. Sin embargo –quién sabe–, quizás integren la fórmula de un mundo nuevo, donde lo sagrado y lo profano, lo moderno y lo antiguo, puedan convivir en paz. Un avance, a tranco lento, hacia un futuro en el que los monjes coman Big Mac y, Dios quiera, los chinos puedan detener sus autos de alta gama y sentarse a meditar.

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