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Salvador de Bahía, África latina

En el noreste de Brasil, el sincretismo es ley. El legado de portugueses y africanos se hace presente en el idioma, los templos y los ritos de este rincón de calles de piedra y fachadas de color pastel.

Por Guido Piotrkowski (Especial).

Hay en esta ciudad un aura pagana. Hay misticismo, desenfreno y devoción. Hay, dicen, 365 iglesias, una por cada día del año. Y también hay, aseguran, más de dos mil terreiros, los templos donde se venera a los orixás. Son los dioses del candomblé, el culto africano que ayudó a los esclavos a hacerse fuertes y sobrevivir luego de atravesar mares y tempestades, para llegar a este trópico salvaje que hoy late como el África.

Salvador de Bahía está en el noreste de Brasil, pero sin dudas tiene corazón africano. Quien mejor la describió fue el escritor Jorge Amado, un especialista de la vida cotidiana local que supo leer, comprender e interpretarla como ningún otro, novelándola en clave de realismo mágico en portugués. “La mezcla de sangre es muy grande y en su conciencia poca gente podrá negar al abuelo negro más o menos remoto”, escribió en Bahia de Todos los Santos, guía de calles y misterios. “(...) Ciudad religiosa, sin duda. Sin embargo, ¿dónde se encontrarán en la religiosidad del bahiano los límites entre la religión y la superstición? –prosigue el texto– Están las dos casi siempre confundidas y casi siempre predominando la última. Los ritos religiosos adquieren aquí extrañas modalidades, los cultos católicos se mezclan con un aura fetichista. Hay algo de pagano en la religión de los bahianos, algo rayano con lo sensual y que hace que las múltiples iglesias no sean sino una continuación, estilizada y civilizada, de las macumbas misteriosas”. 

A Salvador no hay comprenderla. Las contradicciones son parte de su religión, el sincretismo es ley.

El Pelourinho, centro histórico de la ciudad, es pintoresco en su corazón y lumpen en sus fronteras. A partir de la declaración como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985, se vio revitalizado. De ser un enclave abandonado y marginal, pasó a ser un polo cultural y turístico. Por acá tiene su sede la banda Olodum y también los Filhos de Ghandy, una de las agrupaciones de carnaval más tradicionales. También está la Fundación Jorge Amado, que fuera el hogar donde vivió el célebre autor bahiano, quien transitó, y mucho, estas callejuelas de piedra que suben, bajan, serpentean entre caserones color pastel –ahora devenidos en hostales y tiendas de recuerdos–, colosales iglesias portuguesas, barcitos y restaurantes que por la noche animan a locales y visitantes al son de los clásicos de la bossa nova y la Música Popular Brasileña.

Salvador es un sitio donde los portugueses dejaron su marca indeleble, sus crucifijos e iglesias, sus casonas y el idioma; pero son los afrodescendientes quienes marcan el pulso de esta ciudad a fuerza de ritos y costumbres, de transformar lo brutal en belleza. El ejemplo más cabal es la capoeira, aquella antigua lucha que los esclavos supieron disfrazar de danza para desorientar a los conquistadores. En la Praça da Sé, corazón del Pelourinho, los “capoeiristas” hacen de las suyas. Pirueta para acá, pirueta para allá, patadas estrambóticas; demostraciones de habilidades que dejan boquiabiertos a los viajeros.

DATOS. Información útil de Salvador de Bahía.

El Elevador Lacerda conecta La Ciudad Alta con la Ciudad Baja. Son cuatro ascensores enormes con capacidad para que veinte personas desciendan y suban con vista al mar. Se detiene justo frente al Mercado Modelo, el lugar hecho a medida del turista para comprar artesanías y recuerdos típicos. Hamacas, remeras, instrumentos, collares, pulseras: de todo hay por acá. 

Salvador, además de ser un denso conglomerado urbano, tiene, como todo destino tropical, las olas, el viento y las palmeras, que se disfrutan en las playas urbanas de Barra, Ondina, Itapuá o Río Vermelho. Playas que tientan al viajero al chapuzón, al agua de coco y la caipirinha frente al mar; que sirven como vía de escape al fascinante y agotador raid urbano. 

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