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Ciudades

Ruta por los imprescindibles de Montréal

La ciudad canadiense recuerda tanto las raíces francesas de la colonia como su pasado británico. Moderna y ecológica, se convirtió en uno de los principales centros culturales del continente.

Por Pierre Dumas (Especial).

El Viejo Montréal. Así se conoce al barrio donde los primeros colonos franceses, conducidos por el señor de Maisonneuve, fundaron Ville-Marie en 1641. Es una zona de casas de piedra en torno a la Plaza de Armas, la basílica Notre Dame y el seminario de Saint-Sulpice. Ese viejo convento es a la vez el edificio más antiguo de la ciudad y uno de los primeros de América del Norte. El Viejo Montréal recuerda, con un monumento en el centro de la plaza, a dos de sus próceres: Maisonneuve y Jeanne Mance, la fundadora del primer hospital en 1645. El recorrido por la zona pasa también por la plaza Jacques-Cartier, en cuyas veredas se levantan el ayuntamiento y el castillo Ramezay. Finalmente, la calle Saint Paul, de inspiración bretona, concentra restaurantes de comida autóctona y negocios de recuerdos. 

DATOS. Información útil para conocer Montréal.

Milla Dorada. Montréal fue la capital y principal urbe de Canadá durante mucho tiempo, rangos que perdió frente a Ottawa y Toronto. Pero se mantiene como principal centro cultural del país. Dos multinacionales del espectáculo tienen su sede allí: el Cirque du Soleil y Just for Laughs/Juste pour Rire, que organiza el mayor festival de humor del mundo y produce una serie muy vista de programas de cámara oculta. En torno a la Place des Arts abundan los museos y las salas de espectáculos. Las calles Sherbrooke y Sainte Catherine son el paraíso de las compras, mientras que la Milla Dorada es un antiguo barrio chic de familias británicas reconvertido en un sector de hoteles trendy y museos cuyas muestras repercuten en Boston y Nueva York.

Bajo tierra. Debajo de las torres que la hacen parecer una Manhattan a orillas del río San Lorenzo se esconde otra ciudad, hecha de pasillos y complejos subterráneos. Todo empezó cuando se unieron las bases de dos torres corporativas. Año tras año, esa red –llamada RESO– creció por debajo de todo el centro de la ciudad, llegó hasta las estaciones de subte y fue completada con shoppings y patios de comidas. Nació como una manera de escapar del frío y la nieve en invierno, pero es muy apreciada en verano también, por su climatización. Se puede pasar una jornada entera haciendo compras o probando la típica poutine (papas fritas revueltas con queso fundido y cubierto de salsa) en los locales de comida rápida.

Un monte real. El pulmón verde de Montréal es el Mont Royal, una colina de 234 metros de altura. En su cumbre los belvederes ofrecen vistas sobre toda la ciudad y el majestuoso curso del San Lorenzo. Fue el explorador Jacques Cartier quien bautizó así este relieve, que más tarde dio su nombre a la metrópoli. El monte se ha convertido es el lugar preferido de los vecinos para pasear y entrenar, y los turistas lo aprecian sobre todo en otoño, cuando el follaje de los árboles hace composiciones de tonos rojos y amarillos.

Lo que dejaron los juegos. Desde lo alto del Mont Royal se ve la torre inclinada del estadio olímpico que desde los Juegos de 1976 es el símbolo de la ciudad. Muchos de los equipamientos de ese evento fueron conservados, aunque no siempre para su uso original. Es el caso del Biodôme, un zoo interactivo emplazado en lo que había sido el circuito de bicicletas. El complejo cuenta con un planetario, un insectario y un botánico con jardín japonés. En cuanto a la torre, durante mucho tiempo fue la construcción de mayor inclinación artificial en el mundo, un título que perdió hace poco frente a un rascacielos de Abu Dhabi.

Montréal bohemio. El barrio de moda de Montréal es Plateau, donde eligen instalarse los artistas y los expatriados. En el corazón de este sector de pequeñas tiendas de diseño y comida orgánica está la plaza de Portugal, sobre la cual se levanta la discreta casa gris que fue la vivienda del cantautor Leonard Cohen. No se visita, pero los fans pasan por allí para recordarlo. El vecino barrio de Outremont es donde vive la comunidad judía de Montréal, cerca de la Pequeña Italia: en este último sector se encuentra el mercado Jean Talon, una de las experiencias más pintorescas en la ciudad.

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