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Río de Janeiro no es sólo carnaval

Encontrar opciones por fuera de los preparativos para el carnaval se torna muy difícil, pero no imposible. Entonces, ¿qué hacer?

Por Noelia Maldonado.

Llegar a Río de Janeiro en febrero es sin duda una buena oportunidad para deleitarse con el  carnaval más grande del mundo. Sin embargo, para aquellos que no disfrutamos de ese espectáculo, puede resultar un karma. 

Lo voy a confesar: busqué en Google “lugares para ver música en vivo en Río de Janeiro” y el resultado fue una serie de notas y de listas con recomendaciones sobre música carioca, pero casi todas terminaban en lo mismo: el carnaval.

No sólo quería evitar esa fiesta, sino también escaparle al típico bar donde se escribió Garota de Ipanema. No es que estuviera en condiciones de caminar de noche por estrechas calles para golpear alguna puerta, dar una clave secreta y encontrarme con el submundo de Río, pero quería escuchar música local por fuera de las batucadas.

Entre las recomendaciones de la web había un bar que se presentaba como “un clásico local” al que valoran los extranjeros y casualmente quedaba en plena Copacabana, donde paraba.

Allá fui. Tomé la avenida Atlántica y respiré el aire del mar imaginando el largo tiempo que demandó, decenas de años atrás, dejar listo el calçadão blanco y negro (las clásicas veredas de Copacabana que emulan olas en movimiento). Llegué sin problema a destino: el mítico bar Bip Bip. Lo primero que me impactó no fueron las dimensiones del sucucho (tres metros de largo por menos de dos de ancho) sino una placa algo pomposa sobre la puerta. El cartel parecía colocado por la Municipalidad de Río o algún ente cultural y aparentaba ser un reconocimiento a la trayectoria del bar y su aporte a la cultura local.

El lugar que en cualquier bar está destinado a los visitantes en Bip Bip lo ocupan los músicos, razón por la cual los curiosos y parroquianos siempre van a parar a la vereda o a la calle. Algunos, con suerte, llegamos a sentarnos en una hilera de sillas que “generosamente” dispusieron los organizadores entre los músicos y el estacionamiento.

Cuando pensaba que nada podía ser tan grave como tener que elegir entre tomar cerveza o cerveza (no había otra opción), encabecé una serie de desaciertos que me pusieron en evidencia frente al resto de los asistentes, que parecían conocer “de pe a pa” los códigos del bar aunque hubieran nacido en Alemania o Nueva Zelanda. ¿Cómo se pagaba la bebida? ¿Por qué nadie aplaudía como se hace en el mundo occidental? ¿Por qué todos menos yo podían descifrar quiénes eran los que tocaban y quiénes eran los que manejaban el lugar? ¿Por qué la nota web no me advirtió de que al bar había que llegar con manual? ¿Por qué el supuesto dueño me retaba por no saber nada de esto?

Casi ninguna pregunta tiene respuesta. Lo que sí puedo asegurar es que quien se interese en visitar Bip Bip deberá cruzar la hilera de músicos hasta el final para sacar con sus propias manos latas de cerveza a medio enfriar, y luego, sin hablar, deberá salir del bar y dar su nombre en voz baja a un señor de barba, que le anotará con palotes la cantidad de bebida a consumir.

Si a pesar de eso el visitante sigue con ganas de quedarse para disfrutar de reconocidos músicos del under carioca, deberá saber que aplaudir es considerado una ofensa. Cada vez que un tema termina, los asistentes largan las latas de cerveza y hacen chasquidos con los dedos, como si llamaran a un gato. ¿Por qué? No lo supe. “Esta y otras tantas rarezas sólo pueden pasar en plena Copacabana mientras todos están en el carnaval”, pensé.

Un mundo de opciones

No conocer los códigos de una ciudad tan grande (y a veces peligrosa) puede complicar a cualquiera que busque hacer algo de noche en tiempos de carnaval o fuera de ellos.

Luego de darle tantas vueltas al asunto, y de haber pasado por la experiencia del Bip Bip, pensé que la mejor alternativa era volver a lo básico: la playa y el mar. Tanto Copacabana como Ipanema (y un poco menos, Leblon) tienen opciones simples para disfrutar del sonido de las olas de noche. Entonces, el viajero que no se sienta seguro de arriesgar puede arribar a la costanera y tendrá, hasta pasada la medianoche, una serie de propuestas pensadas para el turismo, como bandas en vivo. Inclusive, seguro encontrará a algún argentino que se gana el día tocando cumbia o salsa.

La ventaja de acercarse a la costanera y sentarse en sus barcitos de playa es que, si uno se cansa de la música o de los tragos, podrá levantarse y a 20 metros tendrá otra opción similar pero con algún elemento distinto, aunque el sonido del mar se escucha por igual.

Si el viajero disfruta del carnaval, que se prepare: además del show mayor, los días previos Río organiza comparsas y coreografías por toda la ciudad en los llamados “blocos”. En la zona de Lapa o de Santa Teresa hay galpones que se transforman en “mini sambódromos” en donde ensayan los bailarines durante todo el día. Sólo tiene que seguir el sonido de la música, que de seguro lo llevará a donde está la fiesta.

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