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Recife, capital cultural y del ocio

Fue fundada en 1537 por los portugueses, pero consiguió su mayor desarrollo con la ocupación holandesa, entre 1630 y 1649. Las playas y su amplia oferta cultural la convierten en un destino imperdible para turistas que buscan algo más que arena y mar.

Por Julián Cañas.

La capital pernambucana, Recife, atrapa desde la ventanilla del avión. Con la ñata contra el vidrio, desde las alturas, la imagen de playas amplias, bañadas por un mar cristalino, rodeadas de grandes edificios, genera un apuro irresistible por bajar rápido y no perder un minuto para recorrerla.

Para los ansiosos, desde el aeropuerto internacional Gilberto Freyre están los remises que por 20 reales ($ 90 argentinos, al cambio oficial de un real por $ 4,50), acerca a la zona céntrica. Pero también, anexada al aeropuerto, está la Terminal de Ómnibus que por cuatro reales (18 pesos argentinos) ofrece igual servicio.

Por dónde empezar a conocer Recife es la pregunta de cualquier turista novato en estas tierras. Como la mayoría de los hoteles están ubicados cerca de algunas de las tantas playas de la ciudad, el primer paseo casi siempre termina en “mojarse los pies” en el mar. La primera sensación es inolvidable: agua templada y cristalina, que hace irresistible el primer chapuzón.

La céntrica playa de Boa Viagem es el primer destino cantado. Ocho kilómetros de arena para disfrutar caminando o también en bicicleta, por una ciclovía flamante y reluciente. 

Esta es una de las playas más limpias de la ciudad y, por lo tanto, también una de las más concurridas. Para disfrutar de la tranquilidad y la soledad, hay que buscar otros lugares más alejados del centro.

La playa de Boa Viagem, como todas las más cercanas al casco céntrico, está enmarcada por una extensa línea de arrecifes, donde rompen las olas y dejan para los turistas una especie de piscinas de aguas templadas y cristalinas.

Después de esa línea de arrecifes está el mar abierto, muy tentador para los surfistas, pero poco recomendable. Carteles en todas partes señalan que luego de los arrecifes hay un peligro latente: la presencia de tiburones. La precaución aconseja no pasar ese cordón natural de piedras.

Además del mar y la arena –que se disfrutan todos los días en esta época del año, ya que aquí sólo hay lluvias entre mayo y agosto– está el paseo marítimo que incentiva a caminar. 

A cada paso hay quioscos playeros y bares que invitan a tomar algo fresco, luego de un rato de playa. Agua de coco; jugos de frutas y gaseosas, o las tradicionales caipiriña o caipiroska, que van desde los seis hasta los 12 reales (entre $ 27 y $ 54. Las más caras son las bebidas con alcohol, está claro), generarán la sensación de que uno ha llegado a un paraíso encantado.

Como muchas ciudades de Brasil, Recife muestra edificios modernos y relucientes, signos de estos tiempos. Pero también posee un gran patrimonio arquitectónico y cultural, evidencia de un pasado colonial forjado primero por los portugueses y luego por los holandeses, entre 1630 y 1649. La ocupación holandesa fue breve, pero muy fructífera para el avance de la región.

El Recife Antiguo es un paseo imperdible, luego de una jornada de playa. El punto de arranque es la plaza de Marco Zero, el kilómetro cero de todo el estado de Pernambuco. Desde esa plaza se puede avistar al otro lado del puerto, las esculturas del mundialmente conocido escultor Francisco Brennand, que tiene su propio museo-taller y es otro destino obligado. Está ubicado en las afueras de la ciudad y llegar en remise cuesta alrededor de 20 reales ($ 90), más 12 reales ($ 54) la entrada.

La conocida como Plaza Zero está rodeada por viejos edificios del puerto, que están siendo restaurados y la zona se ha convertido en una especie de Puerto Madero porteño. Modernos bares y restaurantes, son una invitación a conocer la cotizada gastronomía recifeña. En cualquiera de estos lugares, se puede comer un buen plato gourmet y una cerveza, por un valor que va entre los 80 y 140 reales, es decir, entre $ 350 y $ 600.

La opción más económica es saborear algunos bocados (especie de tapas españolas) de pescados fritos, acompañado por una cerveza o jugos de frutas por 20 reales ($ 90) en algunos de los innumerables puestos callejeros.

Por la calle Bom Jesús se puede encontrar el centro cultural judío de Recife; la embajada de muñecos gigantes, con figuras de Brasil y también internacionales, entre ellas, el papa Francisco. En la misma calle hay otros edificios históricos como la Torre Malakoff, de 1855, convertido en observatorio astronómico. Al lado también está el museo militar.

El paseo continúa por el moderno museo Luiz Gonzaga, ubicado en el almacén número 10 del puerto. Este flamante museo retrata la vida del músico recifeño más famoso de la región. Una especie de Carlos “Mona” Jiménez recifeño.

Pero, en esta época de precarnaval, el gran atractivo del Recife Viejo es el clima festivo y de preparación del carnaval. Cuando cae la tarde, el carnaval se adueña de las callejuelas. En el museo del Frevo (danza típica de Recife), las distintas asociaciones (comparsas) como las denominan aquí, ensayan sus presentaciones. Los viernes, sábados y domingos de diciembre y enero, el carnaval adelantado se vive a pleno en esta ciudad, hasta que el sol los sorprenda.

Venecia 

A Recife también la venden los operadores turísticos como la “Venecia brasileña”. Esto tiene algún sentido, ya que la ciudad está atravesada por los ríos Capibaribe y Beberibe, que van serpenteando por la capital pernambucana, con 49 puentes que van uniendo los distintos barrios.

Un paseo en catamarán, por 18 reales ($ 80) es una experiencia inolvidable para conocer la ciudad desde otra perspectiva. Es recomendable hacer el paseo de día y también de noche. Algunos catamaranes ofrecen la cena a la luz de las velas, por 120 reales ($ 540) por persona.

En definitiva, Recife es para disfrutar de día y de noche, del mar y la inabarcable oferta cultural y gastronómica. De allí que le sienta muy bien el nombre de capital de la cultura y del ocio.

*Enviado especial

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La Voz.