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Quito, como una mujer fatal

Joaquín Sabina lo sintetizó en una frase: “Quito, por la altura, es como las mujeres fatales que te dejan sin respiración”. A casi 2.800 metros, la capital ecuatoriana enamora y deja sin aliento a los visitantes. A la noche, “La Zona” espera en su modernidad.

Por Adolfo Díaz (Especial).

No son palabras mías sino de Joaquín Sabina, quien sintetizó la sensación con su ronco decir: “Quito, por la altura, es como las mujeres fatales que te dejan sin respiración; esos son los amores que me gustan”.

Lo de la capital ecuatoriana es un enamoramiento a primera vista, o quizá a “último aliento”, porque los casi 2.800 metros de altura se sienten. “Acecha el soroche”, dice un trabalenguas que se refiere al nombre con el que se identifica ese malestar permanente que afecta al habitante del llano, los primeros días en la ciudad.

Algunos sufren dolor de cabeza, otros simplemente fatiga al subir las escaleras o las numerosas cuestas de esta ciudad. Nada que no pueda superarse con una aspirina o con un reparador té de coca.

Para observar y entender esta ciudad, es imprescindible asomarse a las alturas. Es posible hacerlo ascendiendo con el teleférico del volcán Pichincha hasta los 4.100 metros de altura. Desde allí, en días despejados la vista es fantástica. Lo que se ve es una ciudad con la disposición de las urbes españolas de la época de la conquista: un diseño de cuadrícula perfecta.

En el caso de Quito, es un auténtico logro en un terreno tan irregular, un valle angosto encajonado entre siete volcanes; todo un desafío que obligó a utilizar sistemas constructivos inéditos para la época. Como marcaba esa disposición urbanística, las calles se disponían en cruz a partir de una plaza central flanqueada por los edificios más importantes. Todavía se conservan de esa época colonial: la Catedral Metropolitana, el Palacio Arzobispal, el Palacio de Carondelet (sede del gobierno de Rafael Correa) y el Palacio Hidalgo (hoy Hotel Plaza Grande).

El sol de la mañana del domingo desmiente que esta sea la temporada de lluvias. A partir de la media mañana, la plaza va tomando color y adquiriendo movimiento a medida que se puebla de gente. A cada paso vamos descubriendo los personajes que la habitan y que le imprimen su ecléctica personalidad.

Por todos lados hay vendedores ambulantes. Mujeres con bandejas con una montaña de “espumoso”, un gran batido de crema y frutilla con cucuruchos clavados e invertidos; más allá, un señor mayor con gorro de capitán de barco que empuja una carretilla con su preciado producto, leche de coco, y resistiendo estoico los rayos solares que ya queman, un hombre a viva voz nos enseña a ser piadosos y evitar enojar a Dios.

Hay improvisadas (o no tanto) orquestas que se hacen oír, mientras un bailarín más voluntarioso que talentoso convoca multitudes y no para de retorcerse al son de la música. Uno de los muchos niños lustrabotas que se mueven en bandadas, cepilla afanosamente el calzado de un señor: unas sandalias de cuero, con más agujeros que superficie para lustrar. Y también hay ancianas, algunas venden habas, maní garrapiñado o chucherías o, simplemente, piden. Hay muchos ancianos en Quito.

La capital de Ecuador presume del mayor, más antiguo y mejor conservado casco histórico de Latinoamérica. En 1978 fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad . Una serie de edificios de alto valor arquitectónico e histórico, se van sucediendo en pocas manzanas.

A metros de la plaza, se encuentra  la controvertida pero magnífica iglesia de la Compañía de Jesús, expresión cumbre del barroco, con su fachada de piedra tallada laboriosamente por indígenas. Fue construida sobre cimientos de un palacio inca y en su interior el despliegue de oro es casi obsceno: más de siete toneladas de oro de máxima pureza  cubren sus paredes, techo y columnas, trabajo que demandó más de 163 años.

En sus diferentes altares conviven imágenes del dios inca Inti, con la única virgen alada del mundo que tiene un extraño dragón a sus pies.
A poco de caminar, nos topamos con la explanada de la iglesia de San Francisco, donde se atesoran piezas excepcionales de arte colonial y esculturas. Unas calles más allá, un importante arco anuncia el inicio de la estrecha calle La Ronda (hoy llamada 24 de Mayo). Es una pintoresca calleja con adoquines y faroles, casas de frentes blancos y techos rojizos y hermosos balcones. Fue restaurada completamente en 2006.

Durante el siglo 20, esta calle era el corazón bohemio del Centro Histórico. Allí vivían  artesanos, artistas, pintores, poetas y músicos. Hoy está poblada de galerías de artes, cafés y tiendas que ocupan las casas viejas. Allí se puede tomar un canelazo caliente de mora o una naranjilla en el simpático bar Cotopaxi.

El paseo por el barrio histórico termina en la iglesia gótica que, con sus torres en aguja visibles de todos lados, rompe con la arquitectura colonial del Centro Histórico. A las seis de la tarde y cuando la oscuridad se hace presente, es hora de regresar al hotel no sin antes mirar hacia el cerro Panecillo, buscando la virgen que vigila desde las alturas.

Por los barrios. Sin dudas, la noche de Quito se vive en La Mariscal, el barrio de encuentro de las diferentes culturas e idiomas. Allí los turistas se entremezclan con los vecinos; en sus calles están los bares, centros culturales y academias de español; los hostales y los mejores hoteles; las tiendas de artesanía y también las de moda de vanguardia, y los restaurantes ofrecen cocina de todas las etnias y los platos tradicionales de Ecuador. Los lugareños la llaman La Zona, nombre sugestivo que la distingue como el espacio esencial del Quito moderno.

En el barrio La Floresta está el mercado tradicional, un gran muestrario de lo que se produce en el país desde las costas del Pacífico hasta la Amazonia.

En el barrio Bellavista está La Capilla del Hombre, un inmenso espacio arquitectónico ideado por Oswaldo Guayasamín para albergar su obra y su colección de arte y arqueología ecuatorianos. Guayasamín es el artista más trascendente de la pintura ecuatoriana. Hijo de padre quichua y madre mestiza, puso énfasis en el indigenismo ecuatoriano y mostró el sufrimiento y la angustia de los oprimidos.

Sin duda, Quito es una ciudad fascinante. Hay quien dice que se pueden vivir las cuatro estaciones en el mismo día: el otoño en el frescor de la mañana: el verano en el implacable sol del mediodía; el frío casi invernal de las noches, y la primavera permanente de los horarios intermedios.

Lo que hay que saber

Cómo llegar. LAN opera desde Buenos Aires 2 vuelos diarios a Quito vía Guayaquil o vía Lima. Tarifas: Economy, desde U$S 499, y en Premium Business, desde U$S 1.085, en ambos casos precio final, ida y vuelta con impuestos incluidos. Ventas y más información: teléfono 0810 9999 526; en Internet www.lan.com

Dónde dormir:
Hotel Radisson (5*) en barrio Floresta, desde U$S 90 la habitación por noche.
Hostal Jhomana, en barrio La Mariscal, desde U$S 35 la habitación por noche.
Hotel Boutique Azul de Luna, desde U$S 44 la habitación por noche.

Donde comer: restaurante La Gloria, barrio La Floresta, cocina mediterránea; cena U$S 40; heladería San Agustín (en barrio histórico), helado U$S 1,20, y cocina tradicional ecuatoriana; Zazu, el mejor restaurante moderno de Ecuador (menú degustación U$S 35), y varias opciones al paso, como plato de pinchos de pollo o carne con papa, arroz y ensalada, desde U$S 2,00.

En la zona de La Mariscal hay muchos lugares para comer y tomar algo. A partir de las 19 comienza la movida, con opciones para todos los gustos y todos los presupuestos. Más información: www.quito-turismo.gob.ec

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