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Tips de viaje

El peligro de los Work and Travel es que pueden llegar a cambiarte para siempre

A los 20 años me encomendé a un intercambio sin pensar en que sería una de las mejores experiencias de mi vida.

Por Gastón Sabena (Especial).

Todos tenemos un viaje en nuestras vidas que queda marcado a fuego y, en mi caso, fue un Work And Travel a Park City, Estados Unidos. Como a todos, también me pasó que antes de contratarlo no entendía un montón de cosas. El tema fue que, cuando volví, no entendí muchas otras: un viaje a tantos kilómetros puede cambiar tu perspectiva para siempre.

Antes de irme me preocupé por tener todo bajo control: vuelos, alojamiento, trabajo, visas. Lo que no planifiqué fue todo lo que vino después, y me sucedieron un montón de situaciones que fueron de puro aprendizaje.

Mis amigos se convirtieron en mi familia y mi familia, en mis amigos

Sí, ya lo sé: suena supertrillado. Pero creeme que es verdad, yo los tuve a ellos y ellos me tuvieron a mí. Y no son sólo los momentos de diversión los que confirman esta premisa: le regalé lo que me quedaba de un jarabe para la tos a mi amigo chileno, dormí en un hospital cuando internaron a uno de mis compañeros y le convidé una milanesa a la napolitana a un estadounidense que se maravilló con la megajuntada que hicimos para Navidad.

Porque ese es un párrafo aparte: yo también soñé con vivir las Fiestas de fin de año en Estados Unidos, pero, una vez que estuve ahí, festejé con mis nuevos amigos al mejor estilo latino y brindé como en casa, para extrañar menos a mi otra familia, la que había dejado en Argentina.

Entendí el valor de los gestos

¿Viste que acá nos saludamos con un beso en el cachete? Cuando llegué a Estados Unidos extrañaba ese gesto, porque allá nadie lo practica. Un día decidí compartirles un poco de mi cultura a los estadounidenses y comencé a saludar con un beso a dos de mis superiores, ambas mujeres.

Al principio les pareció extraño… y al final también. Pero a mí me ayudó a que me cayera la ficha del valor y la ternura que tienen nuestras cosas más cotidianas.

Hice cosas que nunca imaginé hacer

Alguna vez escuché que los argentinos probamos todo aquello que es gratis simplemente porque lo es. La verdad es que, casi por inercia, apenas llegué a Park City decidí que quería aprender a esquiar.

Mi trabajo me daba pase libre a pistas que están dentro de las mejores del mundo y no podía desperdiciar esa oportunidad. Así fue como yo, que nunca fui muy aficionado de los deportes, tuve esquís propios y me dediqué toda esa temporada a practicar con amigos.

Además, a lo largo de mi estadía dormí en hoteles, en hostels y en aeropuertos; cené sentado en la arena de California; me congelé la cara con la nieve de New York y manejé de madrugada desde Park City hasta Las Vegas. Porque, una vez que me sentí libre, las barreras se rompieron, muchas cosas me dejaron de importar y mis prejuicios quedaron obsoletos.

No tuve expectativas

Todas esas situaciones impensadas permitieron que estuviera en un estado de fascinación constante: cada lugar que visitaba, cada cosa que aprendía y cada persona que conocía lo vivía con una intensidad que no tuve en otro momento de mi vida.

De ahí que todo quedó grabado a fuego y que viví lo mejor de cada parte del proceso, desde la previa hasta el regreso a casa. En el momento no me di cuenta, pero fui valiente como nunca imaginé serlo, y cuando miro hacia atrás me sorprendo de mí mismo. Y me siento orgulloso.

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