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Paso a paso por el Camino de Santiago

En el primer itinerario cultural de Europa, las mujeres ya somos mayoría. Crónica de una cordobesa por la Galicia profunda.

Por Cris Aizpeolea (Especial).

El plan es caminar 115 kilómetros desde Sarria hasta Santiago de Compostela, poner un pie delante del otro durante seis días, y la Galicia más profunda retribuye el esfuerzo con una red de albergues hospitalarios, aldeas de ensueño, puentes medievales, horreos (graneros en altura), bosques, iglesias de piedra, sabores nuevos y encuentros.

Ginny es de Minnesota, Estados Unidos. Tiene 64 años y se acaba de jubilar como enfermera. Dice que en su vida vio a tanta gente padecer y morir que sintió la necesidad espiritual de hacer el Camino de Santiago. Empezó en Roncesvalles, a 700 kilómetros, hace más de un mes. Va cuidando mucho su rodilla; la lleva vendada. Bajo un túnel de abedules comparte por un rato la marcha con Jeroen, polaco, 68 años, que salió desde Francia hace 43 días con su carpa a cuestas. Es creyente, practicante. Casi no habla inglés ni español. 

Cada uno trae su ritmo y sus motivaciones, pero todos vamos para el mismo lado y eso ya oficia de lenguaje común, como los bastones de trekking, la mochila en la espalda o el “¡buen camino!” con el que todos nos saludamos mutuamente.

En marcha

Sarria se fundó en el siglo XII y no habría que irse de allí sin visitar la calle Mayor, la iglesia y el claustro gótico del Monasterio de la Magdalena. Muchos comenzamos la travesía en esta villa porque el trayecto resume la esencia del Camino de Santiago y garantiza la distancia mínima para la Compostela, certificado que acredita haberlo recorrido con espíritu religioso o “con actitud de búsqueda”.

La noche parece corta en el albergue. Cuatro japoneses se levantan antes del alba para llegar en seis horas a Portomarín, a 24 kilómetros. Última en acostarme, prefiero arrancar más tarde y tomarlo con calma. Es uno de los tramos más bellos del Camino, con un puente medieval que se interna en un bosque donde casi no pasa la luz pese al cielo despejado. Se ven muchas mujeres; en grupo, de a dos, solas. La estadística de mayo 2019 confirmará que somos mayoría en este bucólico periplo que se transita sin riesgos, con toda tranquilidad. Por largos kilómetros sólo escucho el taconeo de mis bastones golpeando contra el suelo. Es lo más parecido a meditar en movimiento.

La llegada a Portomarín, del otro lado del río Miño, quita el aliento. Y eso que desde el puente no se puede ver la catedral de corte romano, siglo XII, y su cruceiro de piedra. Todos los carteles interpretativos están primero en gallego, luego en español y finalmente en inglés. La cultura local se refrenda en las aldeas, con sus horreos, sus huertas familiares y las vacas Cachena, enormes como toros, con las que compartimos el paso por callejuelas de piedra.

Andando

Noche mediante, Palais de Rei espera a 25 kilómetros con una plaza llena de flores. Vienen más postas y alguien contará su pequeña gran historia en el albergue o en la mesa de un bar. Es también un viaje de sabores: pulpo en Melide (a 15 kilómetros), queso tetilla en Arzúa (14 kilómetros) y carne a la piedra en Pedrouzo (21 kilómetros), última parada antes de Santiago, donde está la tumba del apóstol y mártir católico, cuyo sepulcro descubierto en 813 dio inicio a las peregrinaciones religiosas. 

Primer itinerario cultural de Europa desde 1987, el Camino de Santiago se afianza cada año como atractivo turístico internacional. En 2018, la Oficina del Peregrino registró 327.378 personas (164.836 mujeres y 162.542 varones) de 150 países por este recorrido que combina arte, cultura, historia, religiosidad, naturaleza y gastronomía en dosis muy personales. Y resulta un buen camino para todos.

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