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Cuaderno de viaje

Oranienburg, una puerta al infierno

Oranienburg, al norte de Berlín. Arbeit match frei (el trabajo libera). Forjado en hierro, duro y frío como aquella realidad, se pronuncia en la puerta del campo de concentración Sachsenhausen. Es el acceso a uno de los varios infiernos existentes en los años de apogeo nazista.

Por Pablo Bertorello (Especial).

Llegué allí siguiendo a un grupo de extranjeros desde la Puerta de Brandenburgo, en Berlín, cargando el apuro de no perderme nada. Ese que a veces (o siempre) atenta contra una de las cosas más ricas del viaje: la mirada con detenimiento, absorbiendo el perfume de la atmósfera. 

Freno de mano a la celeridad. El reloj dispuesto en la cima del ingreso así lo indica. 11.08, la hora señalada. El momento de la liberación por las tropas soviéticas. Todo entra en un stand by ilusorio.

Lejos en el tiempo, e incluso en la quimera precisa de los hechos, la visita permite fragmentar esas barreras y sentir más de cerca (sólo eso) el pulso latente de las miles de almas que murieron a causa de hambre, enfermedades, trabajos forzados y maltratos, o víctimas de asesinatos sistemáticos.

Ansiaba desandar ese vacío, escuchar los gritos silenciados, ver, saber: entender lo inentendible. Reflexionar.

Luego de cruzar la puerta y caminar unos pasos, a simple vista no hay mucho para apreciar: un lugar triangular más bien desnudo de tintes opacos. Pero adentro, en la cavidad imaginaria de esa desnudez, las horas vagan sin aviso, desaprensivas. Se pierden entre la razón histórica.

Más de 200.000 seres humanos pasaron por aquí guiados por un fatídico destino. Judíos, presos políticos, homosexuales, religiosos o aconfesionales de un régimen al que no quisieron someter el resto de su existencia. Una debacle, un crimen irreversible e indeleble en la línea de tiempo. Caos, barbarie y propaganda vistiendo con pijamas a rayas cuerpos raquíticos.

Paso a paso se registran un toque de atención, un recordatorio de hechos nefastos combinados con algún memorial, varios barracones esparcidos, torres de vigilancia y algunas ruinas que ponen a la imaginación en el centro de la escena. 

En el vientre de Sachesenhaunsen, como –intuyo– en cualquier lugar similar a este, la cabeza es todo, la suma de las partes. Es el epicentro que agrupa las percepciones y las manda a volar; a convertir testimonios e historias reales en acontecimientos de esa película pasada. 

“El origen del campo fue para sustituir a uno más pequeño ubicado en el centro de la ciudad, que funcionó desde 1933, año del ascenso de Hitler al poder”, cuenta Manuel, un guía español que basa buena parte de su relato en los escalofriantes escritos del italiano y sobreviviente al Holocausto Primo Levi. 

Escuchar relatos, ver objetos y fotos, y transitar los senderos que respetan las trayectorias que se usaron para circular entre barracones, obliga a cerrar los ojos y abrigar las venas abiertas de una herida incalificable. El buceo de la mente es inevitable.

La torre A, la torre E, la zanja de las ejecuciones, la fosa común, el crematorio o la cámara de gas, la morgue, la enfermería, la sala de autopsias, el memorial Station Z –que documenta los salvajes acontecimientos– y más. Todo, por sí solo, a nombre seco, tiene peso propio y crudo. “La Alemania nazi”, lo resume. Mejor no entrar en detalles; sí rescatar palabras.

“El único objetivo era la deshumanización del hombre; despojarlo de su alma y de su cuerpo. Así, muertos tanto en espíritu como en alma, resultaban más dóciles para alcanzar el objetivo que perseguían las SS: hacerlos sentir como animales y que fueran considerados como tales”, añade Manuel. El silencio es sepulcral y la atención, aguda.

Cuando la tropa excursionista se dispersó para ingerir algún alimento en los minutos preestablecidos de parate, opté por acercarme al madrileño y seguir conversando. Le mencioné a El hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl. Y de memoria, citando al psiquiatra austríaco y también fiel testigo de aquellos años, disparó: “El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física”.

Para salir adelante, el pasado no debe meterse bajo la alfombra. Debe asumirse, digerirse y mejorarse. Ese proceso empezó en 1961, cuando el campo fue declarado monumento nacional y reconvertido en un lugar para la advertencia y conmemoración en la RDA. 32 años más tarde fue convertido en el Museo y Memorial de Sachsenhausen y ahora se puede conocer de forma gratuita como muchos otros puntos del país germano que permiten aprender de los errores (léase: horrores).

Seis horas después de cruzar la puerta del infierno, decidí cerrar la vivencia, partiendo con la sensación de que lo que contaba Roman Polanski en El pianista tenía poco y nada de ficción.

“Si comprender es imposible, conocer es necesario”, escribió el italiano Primo Levi en Si esto es un hombre. Ni más, ni menos.

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