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Cuaderno de viaje

Oda a Sicilia

La isla más grande de Italia tiene forma de paraíso. Aguas transparentes, calles empedradas, ancianas de negro estricto y montañas enormes con caminos enroscados al cuerpo.

Por Marcelo López (Especial).

Sicilia tiene forma de ruta zigzagueante subiendo una montaña, pasando angosta y apretada junto al mar; el campo alto y amarillo; un edificio vacío esperando que lo llenen de nuevo; una casa abandonada en el horizonte hasta donde alcanza la vista; una calle angosta casi sin vereda que quedó así desde antes de que Italia existiera; la piedra naranja que es el cuerpo de Trapani; el sol que se acomoda para mantenerte caliente en la Scala dei Turchi; la sequía que se puede oler; las piedras duras como huesos; la historia de los romanos, la de los griegos, los ingleses, los italianos, los africanos; montañas enormes con caminos enroscados al cuerpo; castillos abandonados como el de Enna; historias de piratas, de cruzados cruzando el estrecho en Messina; iglesias inmensas, hermosas y tristes como las de Palermo; muchas, muchas calles con recovecos; gente gesticulando, gente gesticulando y gritando en cualquier esquina; gente que se parece tanto a mí, a nosotros, que a veces me da miedo.

Sicilia tiene forma de mar, de agua transparente en la Isola Bella, de ancianas de negro estricto, de calles empedradas, de tiempos estancados como en Erice. Sicilia tiene forma de paraíso para mí, de infierno incomprendido para muchos otros. Sicilia fue pobre, es pobre; es rica pero nadie lo nota, es el atún que la mantuvo viva, los árabes que la vivieron, las salinas, la silueta omnipresente del Etna, los molinos de viento y un paisaje que raspa, que es áspero como el futuro de siempre. Sicilia es una bandera donde Medusa tiene tres piernas, tantas piernas como mares la rodean: el Tirreno, el Mediterráneo y el Jónico. Sicilia son los griegos que estuvieron al principio de casi todo, como solían hacer los griegos, con sus templos, como el “pequeño Partenón” rojizo que se levanta hermoso en Agrigento.

Soy de los que creen que las cosas no “son” sin nosotros y que, al mismo tiempo, todo lo que hay en cada lugar, en cada situación, es un poco de lo que somos nosotros mismos cuando las vivimos, cuando las recordamos. Sicilia entonces sería un pedacito de cada uno de los que la conocemos y si ese pedacito, en este preciso y único instante en que estoy escribiendo, tuviera nombre o forma o color o algo, sería como un mediodía tórrido de agosto en Favignana, apenas arriba de la parte noroeste de la hermosa Sicilia. Muy cerca de Trapani. Recorriendo el camino polvoriento de una isla donde imagino que jamás ha llovido, con un sol tan alto y un cielo tan claro que parece un escenario iluminado.

Es mediodía y vamos en familia caminando esos metros que son cientos y cientos, con el viento sur que sopla desde África secándonos la piel. Atrás quedó el pueblo, con esa mezcla tan particular de casas y calles que por un momento me hizo pensar que estaba recorriendo un barrio cualquiera en Córdoba; con casa bajas, celosías de metal, paredes gruesas, zaguanes y porches de los años ’50 o ’60. Atrás quedaron el pueblo, la plaza central, los bares, el refugio de las sombrillas y los árboles. Acá reina el viento caliente de Libia, o quizás de Túnez.

Vamos en busca del mar, qué otra cosa podríamos hacer en esta isla si no es buscar el refugio transparente, el cuerpo fresco del mar. El paisaje se va mostrando como es, el suelo a los costados y hasta donde alcanza la vista excavado extrañamente con formas prolijas, rectangulares y cuadradas, más o menos profundas, con plantas que se adueñaron del lugar, con carteles de peligro, con escaleras y gente viviendo. Son los huecos que quedaron de la explotación indiscriminada del mármol, extensiones enormes de paisaje, de piedra rota, perforada, cortada.

Al final del camino se agolpa el único verde que, con forma de árboles, se deja ver. Desde ahí, el camino baja serpenteante entre piedras sueltas y tierra y más tierra en un desfiladero de gente en procesión a la meca de Cala Rossa. Seguimos el descenso hasta asomarnos al paisaje que se derrama en colores celestes y turquesas; más abajo llegamos al borde del agua, donde no hay arena pero tampoco la esperábamos. El suelo es rugoso, tanto que hay que medir con ojo ajustado cada pisada para no sufrir un esguince o una cortada. Alcanzamos a dejar lo que llevamos encima en un lugar cualquiera de ese paisaje lunar y saltamos de a uno al mar que estábamos buscando.

En resumen, me pidieron que escribiera sobre Sicilia y, si hubiera podido ocupar sólo 50 caracteres, habría puesto eso que dice la canción: “Uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida”.

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La Voz.