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Oda al sol en las terrazas de Casapueblo

Carlos Páez Vilaró tardó cerca de 40 años en darle vida a esta magnífica obra. Basada en el concepto de horno de pan, fue construida sobre rocosos acantilados. Los mejores atardeceres, a sólo 13 kilómetros del centro de Punta del Este.

Por Milagros Martínez (Especial).

En ese movimiento casi imperceptible de la Tierra, parece que el corazón de algún artista se apoderara del cielo para marcar las pinceladas más surrealistas. Cae la tarde y quizás un timelapse logre recordar ese instante tan fugaz como eterno. Cuando el enigmático anillo de fuego desaparece en el mar, cuesta contener la emoción y llegan los aplausos para reconocer el final de una gran obra.

Sincronizada con ese espectáculo de la naturaleza, sólo se escucha una voz, la de Carlos Páez Vilaró, que resuena en todas las terrazas y dice: “Gracias, sol, por regalarnos esta ceremonia amarilla. Gracias por dejar mis paredes blancas impregnadas de tu fosforescencia (...). Adiós, sol. Mañana te espero otra vez. Casapueblo es tu casa”.

Este ritual, que se repite todas las tardes y dura alrededor de 12 minutos, es una especie de misa ecuménica en honor a la estrella más brillante. En vacaciones, el tiempo se mide en minutos de playa, y las grandiosas obviedades que suelen escaparse en la rutina se aprecian de otra manera.

DATOS. Información útil para conocer Casapueblo.

Horno de pan

El artista uruguayo que pintó hasta el último día de su vida (el 24 de febrero de 2014) tardó cerca de 40 años en construir Casapueblo, su casa-escultura con estilo mediterráneo. Las postales blancas con detalles azules junto al agua transportan al viajero a una isla griega.

En 1958, Páez Vilaró eligió un terreno privilegiado en Punta Ballena y levantó la estructura desafiando los acantilados rocosos. Sin planos, y luchando contra la línea recta, se basó en el concepto de horno de pan. Su idea era crear un espacio más humano, y de allí surgió su frase célebre:

“Pido perdón a la arquitectura por mi libertad de hornero”.

Gracias a esa rebeldía, hoy es posible disfrutar de su majestuosa y al mismo tiempo sencilla obra. En febrero quedó inaugurada la avenida Panorámica Carlos Páez Vilaró, que lleva hasta el Museo Taller. En el camino, el mar abierto se asoma imponente y, al llegar, lo primero que sale al encuentro de los visitantes es un monumento a los pescadores.

Si hay un ícono que identifica a este destino, es el sol pintado de azul. Vilaró eligió humanizarlo con un rostro y muchos rayos de luz. “El arte es un collage de los retazos del alma”, pensaba, y así lo expresa cada una de sus obras. 

Viajero incansable y autodidacta, conoció a personalidades influyentes en el mundo del arte y la cultura, como Pablo Picasso, Salvador Dalí, Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges. En el taller del artista uruguayo, hay perlitas para descubrirlos. 

 

Hasta el piso -9 

Como un castillo de arena que nace de la imaginación de un niño, la construcción juega con diferentes formas y sorprende con diversas postales. “Casapueblo es mi frase de cúpulas escrita con tinta blanca contra el azul del cielo”, dijo su creador.

En este lugar conviven un museo, una galería de arte, un hotel y un restaurante. Para lograr una hermosa vista panorámica desde el nivel del mar, es necesario descender 9 pisos. El ingreso hasta este mirador tiene un costo de unos 160 pesos por persona, que quedan como saldo a favor para consumir en el bar.

El mejor plan es guardar este rincón para el final del paseo. Antes, hay que hacer una visita al museo, que dedica uno de sus espacios a la mujer. “Si Casapueblo es mi homenaje al sol, es también mi ofrenda a la mujer (...). Sin ella, no hay creación. Es la base de todos nuestros proyectos y de todo lo que hacemos. Por ella somos capaces de levantar una casa, emprender una aventura, pintar, componer, escribir o hacer una revolución”, escribió el artista.

Anualmente, más de 60 mil viajeros de diferentes partes del mundo eligen este lugar. Sin dudas, esta obra que se eleva sobre el mar es una visita que pide bises.

El milagro de los Páez Vilaró

Un collage con recortes de diarios y revistas es la primera parada al ingresar al Museo Taller Casapueblo. Son las noticias escalofriantes de la tragedia aérea de los Andes y la búsqueda incansable del artista para encontrar a su hijo. Carlitos, con el mismo nombre de su padre, había partido en el vuelo que perdió el control sobre la Cordillera, allá por el año 1972. 

En un momento en el que las noticias corrían a cuentagotas y las esperanzas de encontrar vida se iban apagando, fue el mismo Páez Vilaró quién leyó en vivo en un programa radial el milagroso listado de los 16 sobrevivientes. Mientras repasaba los nombres, se encontró con el de su hijo, y la felicidad fue inexplicable. 

En el libro Entre mi hijo y yo, la luna, quiso plasmar la fe que nunca perdió en el reencuentro: “Cuando la luna aparece detrás de las montañas pienso que mi hijo seguramente la estará observando. Tal vez sea lo único que ambos podemos ver, sin vernos, y nos sirva de espejo para mantener nuestras imágenes estrechamente unidas”.

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