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Nueva Zelanda: el difícil (pero no imposible) avistaje de los kiwis

Sobrevuelo de Stewart Island. (Graciela Cutuli)
Sobrevuelo de Stewart Island. (Graciela Cutuli)

Verlos es un evento que emociona. El ave emblemática de este país está en peligro de extinción y sólo se la puede avistar en estado natural en pocos lugares del aislado archipiélago.

Kiwis, kiwis y kiwis. Parece lo mismo, pero no, porque con la misma palabra podríamos hablar de las populares frutas oriundas de China, de unas pequeñas aves que no vuelan y son endémicas de Nueva Zelanda y de los habitantes de ese archipiélago del Pacífico Sur (es que así se llaman a sí mismos los neozelandeses). Y no es difícil avistarlos, claro, lo difícil es avistar al pájaro que les prestó el nombre, cuyo número cada vez más reducido pone en alerta a los ambientalistas y convierte casi en una proeza el hecho de verlos en su medio natural.

En este trabalenguas lingüístico, sin embargo, hay algunas formas de orientarse. En Nueva Zelanda, para evitar confusiones, a la fruta se la conoce como kiwifruit, todo junto. Y si el gentilicio se escribe en mayúsculas, Kiwis, las aves se escriben en minúscula, kiwi, y por ser un nombre maorí no cambia en su forma plural. El slogan Kiwis for kiwi, que convoca a los neozelandeses a proteger a su ave nacional, resulta entonces mucho más fácil de interpretar.

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Se estima hoy que quedan en Nueva Zelanda menos de 70 mil ejemplares de este pájaro pequeño que sin embargo está emparentado con el gigantesco moa, otra ave no voladora ya extinguida que superaba los tres metros de altura. Para empeorar la situación, cada año se pierde alrededor del dos por ciento de la población (20 por semana) de estos pájaros amenazados por predadores naturales y por los perros domésticos.

Una emergencia nacional que el coronavirus no contribuye a mejorar, aunque Nueva Zelanda haya sido uno de los países más ejemplares en su gestión de la pandemia. Algunos cuidadores de centros de fauna, considerados no esenciales y por lo tanto sometidos a cuarentena, volvieron al trabajo para encontrar muertos a algunos de los kiwis bajo su cuidado. Y con tan pocos ejemplares, cada uno cuenta. Pero ¿es posible entonces ver un kiwi en su hábitat natural? Difícil, sí, pero no imposible.

Amanecer en Oban, la capital de Stewart Island. (Graciela Cutuli)
Amanecer en Oban, la capital de Stewart Island. (Graciela Cutuli)

Al sur del sur

Recorriendo Stewart Island con una guía local. (Graciela Cutuli)
Recorriendo Stewart Island con una guía local. (Graciela Cutuli)

Si Nueva Zelanda parece de por sí un país remoto, uno de los más aislados del mundo, ¿qué se podría decir entonces de Stewart Island? Esta isla es la tercera en tamaño del archipiélago después de las grandes Isla Norte (donde está Auckland) e Isla Sur (donde está Christchurch). Se trata sin embargo de una isla muy pequeña, de solo 1.746 km2 y apenas 400 habitantes, casi todos concentrados en Oban, la minicapital. Una ciudad-pueblo muy pequeña que hace recordar a la Ushuaia de los pioneros, lejos de todo y rodeada de una naturaleza excepcional.

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La Isla Sur y Stewart Island, también conocida como Rakiura (su nombre maorí), están separadas por el estrecho de Foveaux, el cual se cruza en pequeños aviones que salen de Invercargill, la ciudad más austral de la Isla Sur, y aterrizan en este particular fin del mundo que es además la casa más austral de los kiwis y uno de los mejores lugares para intentar la aventura de verlos.

Kiwis en la playa

Avistaje de kiwis por la noche en Ocean Beach. (Graciela Cutuli)
Avistaje de kiwis por la noche en Ocean Beach. (Graciela Cutuli)

El paseo empieza al atardecer. Pequeños grupos se reúnen en el embarcadero de Halfmoon Bay, en las afueras de Oban, para embarcarse en un catamarán que navega hacia Little Glory Cove, donde se desembarca en The Neck. Al poner un pie en tierra ya es de noche y hay que empezar a caminar por un sendero silvestre pero bien demarcado, siguiendo las linternas –siempre apuntadas hacia abajo– de los guías que marcan el camino. Un silencio generalizado invita a escuchar los sonidos de la naturaleza: rodeados de bosque, solo nos llegan el sonido de las pisadas sobre las hojas crujientes y el rumor de las ramas que, sin que lleguemos a verlas, se elevan sobre nuestras cabezas.

Antes de darnos cuenta, pasaron unos 45 minutos y el sendero llega a su fin. Es que ya estamos al borde mismo de la playa.

Un momento mágico

Es noche cerrada y los guías apagan sus linternas blancas para encender otras de luces rojas, las únicas que no molestan a los kiwis. Nuestros pies pisan ya sobre la arena de Ocean Beach y el ruido del bosque fue reemplazado por el sonido del mar. No hay garantías absolutas de que tendremos la suerte de verlos, pero los dos grupos se contagian mutuamente la emoción. Estamos en uno de los lugares más remotos del mundo, con la ilusión de ver una de las aves más emblemáticas y escasas de Oceanía.

De pronto, el guía del grupo se frena y gira su linterna hacia unos arbustos. Haciendo esfuerzos por ver, todos los ojos apuntan al mismo lugar. Cuesta acostumbrar la vista y distinguir entre las sombras, pero apenas lo logramos, vemos que en el centro del círculo de tenue luz roja hay un pequeño kiwi que picotea sobre la arena. Es un southern brown kiwi, la especie que vive aquí, materializado ante nosotros. El silencio se hace aún más profundo. Nadie quiere siquiera pestañear para no quebrar la magia del momento. Y después de unos minutos de contemplación inmóvil, tenemos recompensa; otro kiwi aparece para alimentarse sobre la playa. Es un momento único que parece sin tiempo. Todos nuestros pensamientos se concentran en el privilegio excepcional de un encuentro cercano con estas aves de las que quedan pocos ejemplares. Nos esforzamos en sacar algunas fotos sin que perturbe el click de las cámaras ni el brillo de la pantalla de los celulares. Sin embargo, la mejor imagen es la que nos llevamos en la memoria.

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Podríamos quedarnos toda la noche, pero después de un ratito los kiwis deciden volver a refugiarse. Sabemos que tuvimos suerte, sabemos que es hora de volver. Emprendemos la caminata por la playa y ahora, con las linternas ya apagadas, vimos lo que no habíamos percibido antes: el cielo austral ofrece uno de los espectáculos más majestuosos que puedan verse sobre la Tierra. Este lugar es uno de los pocos del mundo donde se ven auroras australes, tan imponentes aunque menos conocidas que sus hermanas del norte, las boreales. Y si bien esta noche han faltado a la cita, la Vía Láctea atraviesa el firmamento y resplandecen millones de estrellas, tanto que su brillo se refleja en las olas.

Nueva Zelanda, la ancestral tierra de los maoríes, nos ha regalado en una sola noche algunos de los más bellos e inaccesibles espectáculos de su espléndida naturaleza.

Paisaje de Stewart Island. (Graciela Cutuli)
Paisaje de Stewart Island. (Graciela Cutuli)