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Ciudades

Nueva York, una película para el viajero

En cuatro días, Voy de Viaje recorrió la “nueva” Nueva York y la de siempre. Qué no hay que perderse en la ciudad que nunca duerme.

Por Sebastián Roggero (Especial).

En el aeropuerto JFK de Nueva York empieza una frenética e intensa visita a la ciudad más frenética e intensa del mundo. Hay una “nueva” Nueva York y está la de siempre, ambas para una experiencia de película con final feliz.

Aquí, va con spoilers. El camino al hotel Riu, en el Midtown de Manhattan, es el inicio de un recorrido alucinante para quien visita por primera vez Nueva York. Por Queens, en ruta al túnel Lincoln, se ven iluminados por el sol los edificios que moldean una foto que se grabará para siempre en la memoria. El Empire State y la torre del One World Trade Center cortan el cielo y la respiración: dan la bienvenida a la ciudad que nunca duerme, o mejor dicho que quita el sueño. 

El túnel durante el ingreso a la mismísima Manhattan es un punto en la línea de tiempo de cualquier persona. Impacta. Al mirar hacia arriba es posible imaginar al Hombre Araña colgándose de lado a lado entre construcciones de más de 50 pisos de altura. En Nueva York todo es una película en la que el protagonista es el viajero.

El Midtown se huele entre la comida rápida. Nueva York también se puede escuchar con bocinazos de embotellamientos, sirenas de camiones de bomberos y todos los idiomas: en 100 metros suenan el inglés, el español y muchos más. No es sorpresa: es multicultural y llegan al año unos 50 millones de viajeros, según cifras oficiales, lo que la convierte en más multicultural todavía. Quien no sepa inglés, no sufrirá: encontrar latinos en puestos de comida y atención al cliente es una constante.

El primer lugar del recorrido es el Madison Square Garden, mítico estadio en el que el deporte y el show se unen. Con 200 dólares, una pareja se da vida de celebridad en el lugar, que parece un shopping: entradas con gran ubicación para ver a la NBA, hamburguesas, gaseosa y/o cerveza alcanzan con ese presupuesto. Lo único que no alcanza son los sentidos para asimilar el impacto visual del mejor básquet del mundo. 

Para cenar hay otro sitio de película: dentro de la zona del Rockefeller Center, el Rock Center Café. Las ventanas regalan una visual única: los patinadores sobre hielo en la pista, tantas veces retratados en el cine. Cien dólares alcanzan para un menú satisfactorio para dos.

Si el atardecer es un show en Manhattan, la noche es un gran cielo estrellado gracias a las luces de los portentosos edificios. El paraíso de la iluminación está a una cuadra del hotel: la plaza Times Square. Entre leds supremos se entremezclan locales comerciales de todo tipo: ropa, souvenires, Disney y un Hard Rock Café en el que con 10 dólares se toma un trago de primera.

La inseguridad y la limpieza no son un tema en ese sector. Hay, además, un puesto de Wi-Fi gratuito cada 200 metros. Allí se puede cargar el teléfono mientras se ve pasar a personas que no visten a la moda de nada: la desinhibición para combinar prendas y calzados es “la” moda en sí. Otra postal del paisaje urbano son los homeless en esos callejones en los que las escaleras de las salidas de emergencia llueven.

DATOS. Información útil para vivir una experiencia de película en New York.

 

Día dos

Nuevo día y nuevas emociones. El subterráneo es amigable. Con una tarjeta Metro Card de 20 dólares sobra para una semana en traslados a puntos turísticos. Es también un modo de hacer turismo: los shows improvisados en cada estación merecen detenerse a tomar un video con el celular. Del Midtown al Lower Manhattan se llega en 15 minutos. Allí reina el One World Trade Center, la torre de más de 500 metros que se construyó en el sitio donde estaban las Torres Gemelas. 

Allí se respira respeto. Los nombres de quienes perdieron la vida el 11 de septiembre de 2001 están grabados en paredes que rodean dos cascadas, que ambientan ese contexto de reflexión. Algo que se profundiza con el ingreso al Museo de la Memoria: vale 20 dólares y conmueve más allá de las ideologías.

Subir al Observatorio del One World Trade Center en el piso 101 es posible con 30 dólares. El ascensor demora 45 segundos en unir la planta baja con la cima; en ese lapso, el habitáculo se transforma en una cápsula de tres lados que muestra como una película animada el desarrollo de esa zona desde 1900 hasta el presente. En el piso 101 tiemblan las piernas... y no por vértigo: se ve todo Manhattan y la Estatua de la Libertad se puede “agarrar” entre el dedo pulgar y el índice.  

A cinco minutos a pie desde allí está el Brookfield Place, shopping del Lower Manhattan. Y es alucinante por su arquitectura, por sus negocios y porque ofrece una salida a la costanera del río Hudson. Allí aparece el bar PJ Clarkes, un sitio ideal para frenar, mirar y admirar el paisaje. Y también disfrutar de un gran menú por no más de 30 dólares.   

Después de la sobremesa es necesaria una caminata a dos barrios clásicos y cercanos: el China Town y el Little Italy. Pasa en el cine, pasa en la vida. El primero es, directamente, un pasaje a China. Allí se puede comprar cualquier cosa: incluso unos anteojos a cinco dólares. A unas cuadras está la pequeña Italia, donde el viajero se puede figurar una escena de El Padrino con sólo ver a un ítalo-americano fumando un cigarro grande en la puerta de un bar y hablando con mujeres que parecen pedirle favores. 

Es posible regresar al Midtown caminando por la Octava Avenida: los locales de venta de pizza y las hamburgueserías le roban el protagonismo a las oficinas del diario New York Times, el edificio de Microsoft (dicen en la recepción que Bill Gates no trabaja ahí) y a la "caracolesca" estación de ómnibus de cuatro pisos (sí, cuatro). Ir a la Novena Avenida es como ir a Güemes, en Córdoba. Con cinco dólares se toma una cerveza suave que terminará con la voz del mozo gritando: “¡Another round! (¡otra ronda!)”.

Día tres

Un nuevo día de película en Nueva York debe ser para ver el puente de Brooklyn. Voy de Viaje, invitado por NYC and Company, realizó allí un tour de chocolate (por 50 dólares) en uno de los cinco distritos de la ciudad. La mañana alcanza para esa sabrosa visita al otro lado del Hudson.

De regreso al Midtown se puede hacer otra caminata. Hay que decirlo: es imposible perderse. Visto en el mapa, es un rectángulo con calles que tienen número. 

En la estación de trenes Grand Central, parece difícil ver nacer una historia de amor como las que nos cuenta Hollywood con tanta gente corriendo para llegar a tiempo a su andén. Desde allí se llega a la Quinta Avenida, el sitio en el que los locales de moda son el centro. 

Entre las vidrieras de Dolce & Gabbana y Louis Vuitton se impone la enorme iglesia de San Patricio, pero no es el único lugar de culto en la zona: está el Apple Store. Abierto la 24 horas, el público puede probar todos y cada uno de los productos. La atención personalizada no es una mentira en ese local subterráneo donde el IPhone 7 es la estrella.

También se llega al Central Park, donde el viajero se hace su propia película: hacia la puerta del Zoo (la entrada a 10 dólares) es imposible no imaginar a los personajes del Madagascar. Para cerrar el día, un show de Broadway (unos 50 dólares), un sitio que se ganó muy bien su fama.

Último día

El último día en Manhattan es igual de intenso: se puede abrir con un recorrido por el High Line, línea de trenes elevada que se transformó en un paseo colorido en el que caminarlo sin tomar un café es un pecado. El arte está en la estación final: el museo Whitney (22 dólares el acceso). Su terraza entrega una vista para saturar la cámara con retratos y notar que las horas en esa imponente Manhattan se acaban. La tarde continúa a cinco cuadras de ahí, con el lindo Chelsea Market. Un exmatadero transformado en un mercado que es un paraíso para quienes aman la cocina. 

Lo mejor queda para el final: el crucero Bateaux (a 140 dólares por persona) es un viaje para un “fall in love” (“caer enamorado”). Se navega por el Hudson cenando de gala, con las luces del Empire State y el One Trade Center que quedan grabadas en la retina de unos ojos que no podrán pestañear de tanto asombro. La música en vivo cautiva hasta a la mismísima Estatua de la Libertad, que está a pocos metros, lista para ser abrazada por los flashes.  

El viaje en el Bateaux se cierra con el clásico tema New York, New York, de Frank Sinatra, entonado por una dama bendecida para los tonos agudos. Es imposible no caer en la nostalgia: la ciudad está bella y ya se la extraña. Porque nunca se vuelve igual de un viaje. Y a Nueva York nunca se puede dejar de volver.

[video:https://www.youtube.com/watch?v=wLRbpgNxABE]

Nueva York para argentinos

En Estados Unidos, el destino preferido de los argentinos es Miami, que siempre incluye el combo con Orlando, donde están los parques de Disney. Pero Nueva York pretende pelear un poco. Chris Heywood es el encargado de las comunicaciones globales , la organización oficial de marketing de destino de los cinco condados de la ciudad de Nueva York. 

“Nuestra misión es maximizar las oportunidades de viajes y turismo en los cinco condados, que el turista le cuente a otros sobre la energía que se siente en esta ciudad, que es la más amigable del mundo para el turista”, explica Chris a Voy de Viaje. 

En el sitio nycandcompany.org (que invitó a Voy de Viaje) se pueden encontrar ofertas de hospedajes y otras facilidades. “Estamos trabajando fuerte para que los argentinos elijan primero Nueva York y después Miami”, agregó. Brasil es el país latinoamericano que más turistas provee: está tercero en un ranking que lideran Inglaterra y Canadá.

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