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El Nordeste brasileño por tres: Recife, Olinda y Porto de Galinhas

Las joyas de Pernambuco son frisos construidos a partir de trozos de culturas. A veces queman y otras refrescan pero jamás destiñen. A veces son duros como piedras pero con tersura de piel tostada.

Por Gastón Ribba (Especial).

Recife recibe. Las torres cubiertas de azulejos multicolores brillan noche y día entre los canales de la Venecia del Nordeste. Cuadraditos de tierra quemada. Lisos como el vidrio o la piel después del agua salada. Excelente vida nocturna y cultura viva en las calles. Mosaico: palabra latina referida a las musas. Para el viajero con oído entrenado, el frevo y el forró de las bandas callejeras ya valen aéreo, estadía y cervezas. Cualquier solista que se gana el frijol en un barcito podría llenar teatros en Ámsterdam. Esa imagen no es casual en una tierra tan holandesa como portuguesa y angoleña. Para describir la exuberancia basta un par de líneas: la primera historia natural del Brasil fue escrita por un jesuita en los jardines del conde de Nassau. Al monje le bastó abandonar el fresco de la galería para encontrarse con el yaguareté, el mono, el cangrejo, la mata, el mangle y el ruedo del desierto.

DATOS ÚTILES. Información útil para disfrutar de Recife.

Recife bendice. Los cimientos de la primera sinagoga del subcontinente vibran al paso de las escolas que celebran el África. Mosaico: relativo a Moisés. Los flacos edificios holandeses de la Calle de Los Judíos mueven las caderas al paso de los reyes negros, las soldaditas, los orixás y los paragüitas multicolores, escudos de tela que usaban “las gallinas de Angola” para defenderse del látigo y pelear por su libertad. Mosaico. Tierra quemada. Como las cerámicas de la Oficina Francisco Brennand. Como los trozos de tierra calcinada de los Cais do Sertão, el museo que muestra el interior reseco más allá de los hoteles, la caña de azúcar y el caucho. Recife arrecia. Invita a “playear” y a volver para internarse en los caminos de la carne de sol. Los caminos de Guimarães Rosa y Clarice Lispector. Este cronista tuvo la gracia de ser invitado por el Consulado General de Brasil en Córdoba, pero habría pagado tres aéreos sólo por el momento en que se detuvo frente a las ruinas de la casa natal de Lispector. Una puerta tapiada en blanco. Una página no escrita.

Cuando visite Recife lleve dos libros para conocer el Nordeste en ropa interior: Gran Sertón: Veredas y La vida íntima de Laura. El suvenir por excelencia es un león de barro cocido. Vienen en todos los tamaños y recuerdan las guerras por la independencia contra el holandés, el portugués y hasta contra el Brasil siempre caníbal de Salvador, Río y San Pablo. Prefiéralos a las tradicionales gallinas que recuerdan al mote despectivo de los esclavos. Olinda. Qué decir de Olinda. Oh, Linda. Patrimonio universal. La del carnaval donde El Señor de la Medianoche se cruza en una esquina con La Señora de la Mañana y amasan a tierra y fuego a Los Niños de La Tarde. Un mosaico se puede armar con piezas completas o trozos de azulejos. Reemplace los huevos revueltos de la mañana por tapioca y el yogur con cereales por mungunzá, una suerte de mazamorra a base de maíz y leche de coco. Se sirve tibia con café negro como las raíces del plato. Almuerce galinha de cabidela, peixada o un escondidinho de charque.

Para la merienda prefiera la cachaça Carvalheira de cinco años en una caipira morena. Se sirve helada y se acompaña con la historia de amor entre Virgulino Ferreira da Silva y Maria Gomes de Oliveira. Lampião y María Bonita. “Bandidos rurales / difícil de atraparles / igual que alambrar estrellas en tierra de nadie”. Traiga cajú en lugar de Garotos y pruebe el jugo de la fruta que nace debajo de la castaña: todos los sabores del mundo salvaje en un solo pellejo. Qué decir de Porto de Galinhas que no griten las fotos. Entre el puerto de Suape y las playas hay un pueblito. Se llama Nossa Senhora do Ó. Es una madonna preñada que dejó los mantos y anda de pareo. Ó significa “oh”. Hermosa Nuestra Señora de la Exclamación, la Expectación o el Buen Parto. Flaquita, medio en cueros, piel oscura, rasgos guaraníes y un bombo redondo como la felicidad. El baño de esta pluma en la playa con más ataques de tiburón de Sudamérica en una próxima entrega. Recife. Olinda. Porto de Galinhas. Hermosos mosaicos. Re. Sí. Doy fe. 

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