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Naturaleza, historia y playas

Para la visita a Vela de Coro hicimos un grupo internacional de dos argentinos, dos brasileños y un inglés y, tras un largo regateo con su propietario, partimos en un gigante auto de la década de 1970.

Por Redacción LAVOZ.

Para la visita a Vela de Coro hicimos un grupo internacional de dos argentinos, dos brasileños y un inglés y, tras un largo regateo con su propietario, partimos en un gigante auto de la década de 1970.

El viaje transcurrió entre los balanceos de una suspensión gastada y polvorientos asientos, acompañados por un potente equipo de música que exigía gritos para comunicarnos.

Tras una decena de kilómetros, arribamos a Vela de Coro, pequeño pueblo que fue el primer puerto venezolano y que comparte con el casco histórico de Coro el galardón de Patrimonio de la Humanidad.

Las lluvias hicieron mucho daño a las viviendas construidas con la técnica ancestral de la quincha (marcos de maderas cruzadas y pasto con barro forman los muros). Allí, la arquitectura combina métodos de construcción indígena, español y holandés. La antigua Aduana en el puerto, donde funciona el Museo Marítimo, es un cabal ejemplo de la fusión de diseños.

Vela de Coro es una ciudad portuaria con intensa actividad mercantil y pesquera. En la pequeña bahía que forma la rambla, los lanchones esperan salir al mar y mientras ello ocurre los tejedores de redes y los encargados de distribuir anzuelos y carnadas tienen un afanoso ajetreo.

Recorrer el pueblo es trasladarse en la historia; las caminatas avanzan por un contexto del siglo XVI, con costumbres y hábitos pueblerinos. Gente sentada en la vereda y un peluquero que trabaja bajo un árbol, conversa con el cliente y toman cerveza, conforman pintoresca postal.

Por mayoría se decidió buscar un refrigerio en un bar instalado en un rincón de la plaza al que concurren marinos, jornaleros del puerto y un jubilado que hacía de intérprete, ya que era como una Torre de Babel donde se mezclaban distintos idiomas.

Parque Médanos de Coro. El camino de ingreso al Parque Nacional Médanos del Coro se llama paseo Monseñor Iturriza y conduce al corazón de la reserva, que comprende casi 90 mil hectáreas de arenas que se mueven por la acción constante del viento marino.

Ingresamos al atardecer, la mejor hora para recorrer las dunas que cada tanto se ven interrumpidas por pequeños ojos de agua dulce.

Descalzos y mientras el sol se escondía en el horizonte, disfrutamos de los claroscuros del paisaje y asistimos a la magnífica puesta del sol, la mejor ambientación para las parejitas dispersas que buscaban el lugar para sus promesas de amor.

Península de Paraguaná. Esa noche se organizó la salida del día siguiente para conocer la península de Paraguaná, en el mismo estado de Falcón pero separado del continente por un istmo de unos siete kilómetros.

El mismo grupo partió en ómnibus al son de una música ensordecedora.

Paraguaná es casi una isla que se unió al continente con el aporte de arena sobre el suelo rocoso del mar y es la región venezolana de tierra firme que más se introduce en el mar Caribe.

Sobre la costa oeste se encuentra la refinadora de petróleo más grande del mundo y la ciudad de Punto Fijo, zona franca donde se están instalados cientos de centros comerciales, uno al lado del otro.

Al centro y sobre la costa este, se encuentran pequeñas ciudades con atractivos turísticos basados en la naturaleza y la cultura. Tras un viaje de una hora llegamos al corazón de la península: Pueblo Nuevo y de allí a la reserva biológica de Montecano.

Lejos de todo pueblo, en medio de la sierra, Montecano es un parque natural del que todos se han olvidado, hasta de don Esteban, el viejo guardaparque.

En algún tiempo la reserva tuvo buenas instalaciones pero ahora la flora invadió todo. Nos arreglamos para visitar las nueve estaciones de un recorrido que totaliza 11. Nos interesó especialmente el monte de “barba de palo”, planta que se extiende sobre las ramas de los árboles y que se asemeja a cabellos canosos.

Esa presencia genera espacios fantasmales en los que las orquídeas son el punto de color. Lagartijas, ghekos de todos los colores y tamaños, tarántulas y víboras pueblan el lugar.

Hora de regresar y ya en la ruta hicimos “dedo”. Se detuvo un furgón de color óxido que a su paso dejaba una estela de humo blanco. Subimos tratando de pisar los lugares donde conservaba piso. Unas mantas sobre chapas hacían las veces de asientos y los vidrios estaban atados con hilos. Las cinco estrellas se veían por el techo. Por tres bolívares no se podía pedir más.

Cabo San Román. La nueva meta fue cabo San Román el lugar más septentrional de Venezuela, aquel al que llegaron los españoles en 1499.

A 80 metros de altura, el Faro de Cabo San Román, es guía de los marinos. Se trata de una estructura revestida en piedra del lugar, con una terraza en su punto más alto. Desde ese punto se divisan las islas de Aruba y Curazao distantes, 35 kilómetros.

En el regreso recorrimos la ciudad de Adícora con casco histórico colonial multicolor y excelentes playas aptas para surf, windsurf y kitesurf.

Un ambiente descontracturado con bares donde se escucha reggae llena los espacios.

Dimos las hurras cuando subimos al último servicio de ómnibus de la jornada.

A la mañana siguiente, con las mochilas listas y con nuevas rutas como objetivos, nos despedimos y Erik entregó regalos a cada uno: estatuillas de cerámica artesanales similares a las que hacen los indígenas caquetíos y que hoy lucen orgullosas en nuestra casa.

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