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Cuaderno de viaje

Moscú, con vientos de cambio

Había escuchado muchas frases sobre la capital rusa que no pintaban el escenario más amigable, pero ningún pronóstico fue certero.

Por Pablo Bertorello (Especial).

Que es una ciudad fría. Que nadie habla inglés. Que los rusos son hostiles o que no tienen la mejor predisposición. Que las distancias no ayudan. Que esto. Que lo otro.

Había escuchado cuantiosas frases como las enunciadas respecto de Moscú en particular y de Rusia en general que no pintaban un escenario de lo más amigable. Y, como si fuese poco, tampoco faltaban las voces que menospreciaban el destino comparándolo con el clima festivo de Río de Janeiro, o Brasil en general, donde se había celebrado la anterior Copa del Mundo de fútbol. Sin embargo –nobleza obliga–, ningún pronóstico fue certero. Ni cerca. Al menos no en lo personal.

Voy a detenerme sobre Moscú, el epicentro mundialista, la ciudad que volvió a estar hasta hace pocos días en los ojos del mundo durante un mes completo. Claro está que la tierra moscovita no necesita que este ignoto viajero la defienda o la “promocione”. Simplemente quiero echar por tierra aquellos conceptos que, a mí entender y vivencia, quedaron muy distantes de la realidad.

Pasando en limpio, la ciudad superó con creces mis expectativas. No se trata de una declaración caprichosa, por el contrario: está fundada en que la capital roja, la tierra que Napoleón no pudo invadir, supo mostrar una buena conjunción entre pasado, presente y futuro. Es cosmopolita, abierta al turista e, incluso, alegre.

En los últimos treinta años la transformación fue contundente. Sin embargo, a pesar de los cambios, hay símbolos que se mantienen intactos.

Se trata de una de las ciudades con más millonarios en el mundo. La de los zares del dinero, nacidos al amparo del petróleo, que transitan en lujosos autos por arterias que se llaman Lenin o Marx y frente a edificios que todavía ostentan el martillo y la hoz.

Entre 50 y 80 metros bajo tierra, hay estatuas de bronce, lámparas de estilo, columnas de mármol, mosaicos y frescos. Arte subterráneo. Me refiero al metro, inaugurado en 1935, uno de los más antiguos del mundo y que fue pensado por Joseph Stalin como un palacio para el pueblo. Resumiendo, algunas estaciones parecen el hall de un teatro y su funcionamiento es el de un relojito suizo. Ideal para acortar distancias a unos cien kilómetros por hora.

Por aquí y por allá

La ciudad gris de los libros de historia ya no existe, pero bien vale ir en busca de lo soviético. Esto incluye caminar hacia el parque Gorki, un espacio verde que lleva el nombre de ese escritor comprometido con el socialismo y autor de La Madre; cruzar el río Moskova por el puente Krimsky y ver a un lado la estatua de Pedro el Grande, que preside con altura un extremo de la isla donde está parte del Kremlin; o desembocar en el VDNKh, el Centro Paruso de exposiciones donde Stalin quiso mostrar los grandes logros de cada una de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. Hoy todavía están ahí las muestras, muy cerca de uno de los tantos McDonald’s de Moscú.

Eso sí, para disfrutar a pleno de la que fue una de las dos capitales del mundo durante los años de la Guerra Fría, nadie se animaría a discutir que hay que hacerlo –como en este caso– en los días en los que se puede estar al aire libre, esos que duran apenas un par de meses antes del largo y crudo invierno.

Los más de cinco millones de viajeros que llegamos a la ciudad nos sentimos “obligados” a caminar por la ribera hasta la catedral Cristo Salvador –dinamitada en 1931, cuando la religión estaba prohibida, y reconstruida en 1997 gracias a la presión de los ortodoxos–, tan espectacular como sus dimensiones, para luego volver a la Plaza Roja, donde sin un guía resulta difícil saber qué mirar porque está segmentada en partes y con entradas distintas. En esa sinfonía cromática y arquitectónica, dos tercios de los edificios no son de acceso público, pero el tercio restante lleva su buen medio día. Es que el recinto no sólo encierra todo el esplendor del imperio, sino también intrigas y asesinatos.

Justo enfrente están las actualmente lujosas galerías GUM, otro paso obligado para imaginar la mutación que ocurrió en este histórico edificio de 1893, donde la gente hacía colas larguísimas para obtener un kilo de harina, un dentífrico o un par de guantes.

Dentro de aquel pasado también se incluye la sede del cuartel general de la KGB, que supo estar cargada de espías y tramas ocultas. Atestigua la caída y muerte del zar Nicolás II, los años rojos de la Perestroika, las borracheras de Yeltsin y el ciclo Putin-Medvédev-Putin.

Pero Moscú barajó y dio de nuevo. Hasta en contra de su fama dura, durante el mes del Mundial dio concesiones en la calle de las luces, esa que apareció infinitas veces en los medios de comunicación de todo el mundo como epicentro de la fiesta extra muros de los estadios, con banderas de todos los colores y un sinfín de lenguas.

Francia ya gritó campeón y, a cien años de la revolución bolchevique, el Mundial también ya es pasado. Pero en Moscú, como dice la canción, volvieron a soplar vientos de cambio. Y el desenlace fue un impactante estadio Luzhnikí que atrajo, al unísono, la mirada de mil millones de personas para la perplejidad de la historia futura.

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