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Playas

Morro de San Pablo, un hechizo bahiano

Playas contadas con los dedos de una mano, piscinas naturales, atardeceres memorables y baños de arcilla. Una isla que conquista a extranjeros y que muchos argentinos eligieron para quedarse.

Por Pablo Bertorello (Especial).

"Es muy difícil llegar, pero más difícil es salir”. Eso nos dijo un bahiano cuando le contamos que la siguiente parada del viaje era Morro de San Pablo. Y esa fue la sensación que tuvimos cuando, después de bajar del catamarán y depositar las valijas en una carretilla para su traslado hasta el alojamiento, llegamos caminando hasta un deck de madera donde muchos viajeros posaban para el recuerdo con el fondo del mar esmeralda de la Primera Praia. 

Es que a 60 kilómetros de Salvador, en la isla de Tinharé, el Morro es el escaparate principal de Cairú, un archipiélago de una veintena de islas que conforman un abanico de atractivos con paisajes soberbios bajo un sol brasileño de esos que uno imagina cuando pone la cabeza sobre la almohada.

DATOS ÚTILES. Información útil para disfrutar del sol en Morro de San Pablo.

En el escenario natural, las mareas comandan el ritmo. Y frente a nuestra posada, en el comienzo de la Quarta Praia, cuando baja el agua se forman las piscinas. Mientras uno más temprano se levante, más tiempo tendrá con marea baja, “la playa vacía y el agua más transparente y tranquila”, tal como apunta un mulato de pelo afro que alquila máscaras de esnórquel y que aprovecha un público variopinto en edades y nacionalidades para hacerse de unos reales.

Una para cada dedo de la mano. Así es la división de las playas. En una síntesis ligera, bien puede decirse que la Primera se caracteriza por las opciones deportivas, donde se concentra la práctica de surf, con Pedra do Moleque y Quebrancinha como puntos de atracción para la fraternidad de las tablas. La Segunda está más congestionada por sus bares de playa y su oferta gastronómica; la Tercera ya pide calma, pero también sirve de punto de partida de excursiones; la Cuarta es ideal para aquellos que prefieren la mansedumbre de una extensa arena; y la Quinta, bautizada como la Praia do Encanto, se extiende con una larga fila de palmeras y termina en un manglar.

La combinación en iguales proporciones de paisajes desérticos y concurridos, de fiestas y serenidad, de parejas y grupos de amigos, todos bajo un mismo paraguas, le ha permitido a este destino adquirir un tinte relevante de concurrencia multilingüe. Y, además de los jóvenes, se las arregla para atraer a las familias lejos del vértigo urbano, llámese Salvador o Córdoba.

Rústica a rajatabla

Atravesada por la ráfaga del tiempo, la vieja colonia de pescadores que supo ser destino de veraneo de familias de la región comenzó a recibir a hippies en la década del ’70, quienes la adoptaron como un buen lugar para disfrutar de la paz y el amor y le estamparon su estilo en cada rincón. Desde entonces comenzó la carrera ascendente a la fama, que se potenció en la última década hasta llegar al podio turístico bahiano.

Para los lugareños y para quienes llegaron en busca del paraíso perdido, en general, la vida se diversifica alrededor de los servicios turísticos y se ampara en el encanto de la rusticidad como marca distintiva. ¿Algo más? Sí, por aquí debemos olvidarnos de los autos (salvo algunos pocos autorizados), del asfalto y de las comodidades de las grandes ciudades. Las calles son de tierra y prácticamente no hay tramos rectos; todo es subidas y bajadas para fortalecer bien los cuádriceps.

Punto de inflexión

Es materia conocida que el grueso de la juventud llega buscando la otra cara del morro, la más agitada, que tiene su antesala con los atardeceres en la Toca de Morcego, “el” bar chill out al mejor estilo Ibiza donde se dan cita para despedir el sol a puro happy hour.

Luego de este punto de inflexión, la diversión nocturna está asegurada cuando la música y las caipirinhas se combinan y hacen lo suyo. Pero si al momento del crepúsculo, entre las 18 y las 18.20, uno se encuentra justo donde empieza la Primera, en uno de los miradores preferidos, hay que respetar el momento sagrado de contemplación y sumarse a la costumbre de los aplausos. Luego sí, las extensiones arenosas empiezan a mutar en grandes bares a cielo abierto para vestirse de la tan mentada brasilidade.

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