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Cuaderno de viaje

Milos, el paraíso griego que todavía no conocés

Esta isla sobre el mar Egeo, menos turística que algunas de sus vecinas –como Mykonos y Santorini–, tiene más de 70 playas y varios pueblos auténticos para explorar.

Por Florencia Vigilante (Especial).

Milos (o Milo) podría definirse como un paraíso a pequeña escala. Tiene 150 kilómetros cuadrados (la ciudad de Córdoba es casi cuatro veces más grande) pero la zona occidental no es accesible para vehículos terrestres, por lo que la superficie abarcable se reduce todavía más. Esta isla griega que forma parte de las Cícladas puede (y debe) recorrerse en “cuadri” o en moto, por el viento en la cara y para sentir el olor de las plantas y del mar. Nota al margen: para alguien que lo ignora casi todo sobre botánica, las plantas de este pedazo de tierra sobre el Egeo despiden un perfume que recuerda a las sierras cordobesas.

Es mucho menos conocida que algunas de sus vecinas, como Santorini o Mykonos, sobre todo por los viajeros de este lado del planeta. Y sin embargo, aquí se concentra gran parte de la esencia de las islas Cícladas, esa que se manifiesta en el imaginario como un collage de casas blancas con puertas celestes y un mar con todos los azules posibles. Quienes viven aquí lo saben: la autenticidad de Milos se mantiene en gran medida porque el turismo en masa (todavía) no llegó a la isla.

Si cree que el nombre le resulta familiar, es porque fue aquí donde un campesino halló la Venus de Milo, la estatua de la mujer sin brazos que hoy se exhibe en el Museo del Louvre (en París). ¿Qué podrá encontrar usted por aquí? Para empezar, más de 70 playas, pueblos pintorescos y un pasado volcánico que define los tonos y las formas de todos sus paisajes.

Playas caleidoscópicas

Lejos de las largas costas de arena fina e hileras de palmeras que reinan en el Caribe, en esta isla las playas se caracterizan por su diversidad, por la falta de sombra (en la mayor parte) y porque algunas sólo son accesibles desde el mar. Dentro de las que se pueden conocer en “cuadri” está Sarakiniko, de fama internacional y que paradójicamente no tiene arena. Se parece a un parque de diversiones creado por la fuerza del agua y del viento, donde inmensas formaciones de piedra blanca y un mar esmeralda invitan a tirarse y flotar. Como la prioridad es cuidar el paisaje, no cuenta con servicios. Puede pensar que es el punto en el que la luna y el Egeo se dieron la mano, y quizás sea así.

Paliochori, al sudeste, es una conjunción de montañas rojizas y naranjas, pájaros que gritan (gritan, no cantan), buena infraestructura y agua cristalina. Dicen que, por la existencia de fuentes termales, algunas piedras bajo el mar son tan calientes que queman al tocarlas. No muy lejos de ese punto aparecen Tsigrado, una porción mínima de arena entre precipicios y toda el agua turquesa del mundo para quienes se animen a bajar hasta allí, y Firiplaka, que pierde en dramatismo pero gana en comodidad. Es un mar-pileta, con una playa extensa de arena fina, piedras que sobresalen del agua, montañas rosas, reposeras y más gente que el resto.

Al norte, en Fyropotamos, una serie de referencias le recuerdan que está en Grecia: un puñado de casitas de pescadores, una iglesia ortodoxa, una bandera blanca y azul y, al final, ruinas. Después de sortear una primera línea de piedras, el fondo del mar es de arena. Aquí, alquilar una cama a la sombra de los árboles y mirar el agua sin tiempo es un placer.

La mano del hombre

Milos es todo lo que espera a nivel arquitectónico de las islas Cícladas: casas encaladas y de formas redondeadas, en las que el contraste lo marcan las puertas de colores y las Santa Rita, los laureles y demás plantas con flores intensas.

Y si bien en su superficie acoge más pueblos, anote estos dos: Plaka y Klima. Plaka, la capital, está situada sobre una colina y el adjetivo que mejor le calza es “breve”: un par de callejones empedrados, fachadas blancas, ventanas azules, un puñado de restaurantes y locales comerciales, casas, gatos y la explanada de la iglesia San Nikolaos, que se convierte en el mejor mirador para presenciar el atardecer. Y ya está. Tenga en cuenta también que consumir aquí es caro.

Por su parte, Klima es una sucesión de syrmatas o casas-embarcadero con detalles de colores frente al mar. Son estructuras sencillas, de dos pisos: el inferior se usaba como “garaje” para botes y en el superior habitaban las familias. Hoy, algunos brindan alojamiento a turistas. Además de casas de antiguos pescadores, hay un restaurante y dos locales de suvenires. Si va cuando la marea sube, camine descalzo y con cuidado por la única pasarela que hay junto al mar en dirección al norte: al atardecer, desde allí se obtienen las mejores postales.

Conclusión 1: es difícil competirle en belleza a este destino. Conclusión 2: Venus no podía ser de otro lugar.

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