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Cuaderno de viaje

Memorias de Asia

Cada viaje te cambia la vida, te deja enseñanzas y recuerdos imborrables. 

Por Carlos Chércoles (Especial).

El traqueteo del tren que me lleva desde Xinning al Tíbet continúa su marcha constante. Han pasado más de cincuenta horas desde que lo abordé en aquella árida ciudad, situada al borde de la frontera con Mongolia. Intento dormir pero los asientos son muy incómodos; apenas un ángulo recto de plástico que impide cualquier sueño. Los pies me resbalan por la basura que hay en el suelo del vagón en el que viajo. Un pesado sopor me mantiene casi en estado de coma. Abro los ojos. A mi lado veo gente intentando dormir de las formas más graciosas imaginables. La noche ya cerró sobre las montañas y el sol apenas tuvo que hacer una pequeña curva para perderse en el horizonte. Camino por el atestado y sombrío corredor, esquivando bolsas, maletas y algunos animales hasta el final del vagón. El olor es nauseabundo. Salgo al espacio entre vagones y enciendo un cigarrillo. El zarandeo del tren se hace parte de mi equilibrio. Escucho conversaciones solitarias, murmullos que no logro entender. Fumo. El humo se disipa en la corriente de aire helado que se filtra por las cicatrices del oxidado tren.

El seco sonido de los frenos me devuelve los sentidos. Tenues luces revelan la precaria estación de Lhasa, capital del Tíbet. Tomo mi equipaje y me uno a los empujones de la masa.

Poco a poco la gente va descendiendo; casi mecánicamente se esparce por el lóbrego andén. Aún jadea el tren y ya me encuentro solo en la estación. Miro alrededor y distingo carteles con símbolos que no son chinos y tampoco hindúes; quizás una mezcla de ambos. Veo a lo lejos, en el horizonte, un grupo de luces que, intuyo, será el centro de la ciudad. Comienzo a caminar. Las calles, a veces de asfalto y otras de tierra bien apisonada, delatan mis pasos. El murmullo de un arroyo se mezcla con el ya lejano quejido del tren. A pocas calles de la estación, la oscuridad se posa en cada espacio. Mi cuerpo camina solo, borrando con cada nuevo paso el anterior.

Un lento y huraño taxi deambula por la calle. Le hago la universal seña y se detiene. Es un hombre con rasgos asiáticos pero de color negro. Sin vacilar, le señalo el grupo de luces que parpadean a la distancia; me contesta con un amable ademán y comienza a avanzar. Todo en este lugar está en silencio, habita una eternidad entre cada sonido y el siguiente. Al acercarme al centro, veo luces que danzan sobre el humo de las chimeneas. La calle principal es un conjunto de antiguas construcciones incomodándose unas a otras. Sus formas, ligeramente piramidales, elevan la vista hacia el despejado cielo. Las calles están desiertas. Un fuerte y delicioso olor a verduras asadas me atrae hasta un puesto de comida callejera donde una pareja de lugareños me mira indiferente. Él lleva una trenza que le llega hasta la cintura y unos aros color turquesa. Ella, de mirada fría y algo sumisa, da vueltas a un palito con raíz de flor de loto asada. Son verduras y carnes que apenas reconozco, pero su especiado sabor y exquisito aroma sacian mi apagado apetito.

Paseo sin rumbo por las oscuras callejuelas de piedra adornadas con banderines de colores que bailan al compás de la brisa. Entro a un bar muerto y desolado. En la barra me ofrecen una taza de té pero pido cerveza. Me siento en una mesa con altos bancos de madera y una mujer se me acerca a hablar. Mezclamos palabras en chino e inglés. Dice ser la dueña del bar, y con nacientes lágrimas en los ojos me cuenta que está por ser destruido por enviados del Gobierno chino, que van a tirarlo abajo para hacer quizás una agencia de viajes o un shopping; en fin, algo “más occidental”.

Duermo en una humilde posada, con ronquidos ajenos como todas las noches. Cuando abro los ojos, ya la luz del alba que entra por la ventana baña mis cansadas botas. Afuera, el aire que se respira es etéreo. El sol es suave y agradable; parece más cercano, más familiar. 

Una extraña sensación de liviandad sigue recorriendo mis piernas y aprovecho para usarlas como si fuera a devolverlas aquella misma noche. Camino por la viva ciudad, pasando por colegios y templos. Llego a un río extremadamente claro que baja de los gigantes albinos del Himalaya, que por cierto hacen de telón en las cuatro direcciones. Hay de fondo un canto, una vibración. Al final de una calle doblo la esquina y el aliento se me escapa dejando un surco de vapor en el aire. El palacio Potala se alza en frente. Extasiado, me siento en un banco bajo un árbol a contemplarlo, sin pensamientos. Escucho una voz que me habla en un inglés titubeante pero agradable. Sin haberlo visto, se sentaba a mi lado un monje de impecable túnica color ciruela y sandalias. Pide silencio al vendedor chino que viene a arrebatarme la paz con cuentos de juegos inflables para niños. Hay una invisible pero violenta lucha cultural en aquella tierra: una cultura vasta y misteriosa se va apagando; otra, conocida e imperiosa, se esparce como un desbocado incendio. El monje me cuenta la historia de sus amigos asesinados en la plaza frente al palacio a manos de los gendarmes chinos, quizás para recordarles que la “revolución cultural” aún continúa con paso firme. Le regalo, como agradecimiento por su conversación, una imagen de su Dios mortal que yacía en mi bolsillo. Era una pequeña foto del Dalai Lama, prohibida en aquellas tierras. Una sonrisa eterna aún resplandece en aquel banco de la plaza.

En lo alto, en el palacio, se filtran por las grietas de las paredes los mantras y sutras entonados por los boddhisatvas. Una imagen que se descuelga del filo del tiempo, sin razón, sin antes ni después.

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