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Cuaderno de viaje

Medellín, la ciudad de la eterna primavera

En este rincón de Colombia, todo es florido: sus parques, su gente, sus construcciones, su comida y su cultura. Un destino que no deja de reinventarse.

Por Andrea Molina (Especial).

Llego a Medellín al amanecer y en un Uber voy hasta El Poblado, la zona rosa por excelencia; es decir, un barrio con muchos bares, parques, comercios, hostels y actividades. 

La primera impresión: su geografía. Desciendo por un cerro, las nubes están bajas y se posan en el camino. El verde y la vegetación estallan junto a la carretera. Unos ciclistas suben la imposible y empinada cuesta y el conductor del Uber comenta: “Esa moda saludable que tienen ahora algunos de ser deportistas y comer sano”.

La llaman “la ciudad de la eterna primavera” y es así. El clima de Medellín es perfecto: todos los días llueve –a veces chaparrón, a veces sólo llovizna– y las plantas envuelven cada rincón. Tienen en sus plazas, parques, veredas y balcones esas plantas que le fascinaban a mi abuela, y muchas más que también le hubieran encantado. La diversidad de colores, tramas y texturas es impresionante; y así de florido es todo en realidad. Me refiero a su gente, sus construcciones, su comida y su cultura. A medida que me muevo, la ciudad cambia su escenario y su ritmo por completo, y nunca deja de sorprender.

Atravesada por un río, Medellín ocupa todo el valle y sus laderas. Sus distintas comunas (barrios) se van asentando en todo el territorio y de noche veo sus luces resplandeciendo arriba y abajo, de izquierda a derecha, cubriendo todo el cerro como un manto brillante.

Hay autos, metros, taxis, puentes, nudos viales y multitudes. Una peatonal, negocios, vendedores ambulantes, gente caminando en todas las direcciones y lluvia. Parques, árboles, bancos de plaza, pájaros, ramas crujiendo bajo los pies y olor a tierra húmeda. Un teleférico, techos, calles angostas y laberínticas, bloques de ladrillos y selva.

Ciudad resignificada

Esta enorme ciudad con millones de habitantes no ha dejado de reinventarse y adaptarse a los cambios y a las nuevas multitudes. Con un pasado reciente marcado por la violencia, la guerrilla y la lucha contra el narcotráfico, los últimos años se han implementado varias políticas públicas muy innovadoras en favor de su desarrollo e integración social, como su sistema de transporte, la proliferación de espacios culturales y la resignificación del espacio público.

Los paisa también son excelentes anfitriones: reciben a los visitantes con las puertas y el corazón abierto, contentos del interés turístico que se ha desarrollado. Hablan de su pasado, guían y relatan en primera persona las historias de esa época signada por la violencia, de los cambios que han logrado y del profundo amor que tienen por su ciudad. Y, créanme, ese amor es contagioso.

Mensajes para descifrar

Paseando por el Pueblito Paisa entro al Museo de la Ciudad y sus pasillos conducen por una hermosa muestra de fotografías históricas. Al final, un plotter con una frase de Jane Jacobs dice: “No hay ninguna lógica que pueda ser impuesta a la ciudad; la gente la hace, y es a ella, no a los edificios, a lo que hay que adaptar nuestros planes”. Medellín resulta un claro ejemplo de eso. Visitar los museos puede transformarse en una suerte de juego del tesoro escondido, donde se pueden encontrar mensajes para descifrar y entender todo eso que sucede por fuera de las paredes de la exposición. 

Me quedo con una obra que estaba en el Museo de Antioquía, llamada La Bandeja de Bolívar y perteneciente al artista Juan Manuel Echeverría. Se trata de un video compuesto por fotografías que dura poco más de tres minutos y comienza con una bandeja de porcelana florida que dice “República de Colombia para siempre”. En el resto de las imágenes, se puede observar cómo el objeto se va rompiendo en pedazos cada vez más pequeños hasta quedar sólo un montículo de polvo blanco similar a la cocaína. La obra es de 1999 y evidencia el momento de crisis política y social que se vivía en el país. Creo que es una analogía muy certera, un símbolo patrio machacado con violencia y con el resultado más triste, una nación fragmentada. Sin embargo, alguien lo transformó e hizo una obra, que hoy está exhibida en el museo para que se conozca y para que a partir de ella se reflexione. Es una herramienta de denuncia y crítica, pero también una forma de resistir y de cambiar esa realidad.

Medellín dulce 

Al salir del museo, camino tranquila por la plaza Botero en dirección al metro mientras va anocheciendo. Miro sus esculturas, embriagada por el perfume de los ananás que venden en la calle y cantando dentro mío: “Alguien debió conservar y cuidar con amor este jardín de gente…”.

Antes de ir al aeropuerto, desayuno café, sandía, arepas y huevo revuelto. Es una pena partir cuando queda tanto por conocer. Cuando me voy, el chico del hostel se despide y me regala un dulce de guayaba envuelto en chala, y todo Medellín se vuelve un recuerdo tan dulce como eso.

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