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Más blanca que aborigen

Arequipa, la segunda ciudad en importancia del Perú, está rodeada por tres volcanes. Un valioso patrimonio arquitectónico colonial en piedra sillar de origen volcánico, la identifica.

Por Redacción LAVOZ.

Sábado de octubre 21.05. Arribo al Aeropuerto Internacional Alfredo Rodríguez Ballón de la ciudad de Arequipa. La noche cede dominio a la paulatina claridad que avanza por detrás del volcán Misti. Es la inmensa luna que aparece por detrás del colosal perfil del cerro y lo destaca.
Ubicada a 2.350 metros sobre el nivel del mar, Arequipa está rodeada, además, por otros dos conos volcánicos el Pichu Pichu y el Chachani, aunque el único activo es el Misti de 5. 825 metros.

La altura de la ciudad, para los llegados de niveles más llanos, se hace notar. Para evitar las molestas consecuencias los lugareños recomiendan a los recién llegados una primera cena liviana (exquisita sopa crema de espárragos, en el caso de los hipocondríacos, aunque la mayoría, “negoció” generosos platos de pastas con el argumento del habitual menú de los jugadores de fútbol, antes de un partido. Al final, no les fue mal. Tal vez porque sí cumplieron con otros consejos como desplazarse despacio y tomar mate de coca.

Con estas premisas nos lanzamos a disfrutar de Arequipa,  fundada en 1540 por un enviado de Francisco Pizarro. Al año siguiente, en un rápido trámite, que obvió burocracias, fue declarada ciudad por el rey Carlos V.

“América era el vasto imperio del Diablo, de redención imposible o dudosa, pero la fanática misión contra la herejía de los nativos se confundía con la fiebre que desataba, en las huestes de la conquista, el brillo de los tesoros del Nuevo Mundo”, Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América latina.

Muy pronto, la hoy segunda metrópolis en importancia del Perú, recibió el apelativo de “Ciudad Blanca”, porque fue poblada mayoritariamente por españoles y la cultura inca casi no dejó rastros. Lo atestigua un censo de la época que contabilizó 7.000 hispanos y 2.500 nativos.

Sábado por la noche. La noche del sábado es agitada. Los jóvenes lugareños y los muchos turistas del más variopinto origen (franceses, españoles, alemanes e ingleses, entre otros), se preparan a alargar la noche para socializar, comer y beber. La postal nocturna muestra atestadas las calles que envuelven a la Plaza de Armas. Ese es el punto neurálgico del pulso ciudadano. Rodeado de portales en galerías de dos plantas, allí hay hoteles, comercios y restaurantes; la Catedral, magnífica, y la Municipalidad.

La Catedral, como casi toda la edificación colonial de Arequipa es de piedra sillar (de origen volcánico). El actual edificio reemplazó al original, de fines del siglo 19, que sucesivos terremotos y un incendio, devastaron. Ocupa toda una cuadra y atrapa las miradas por la imponencia del estilo neoclásico. De noche, iluminada, es protagonista indiscutible de ese núcleo urbano en damero, típica de las colonias españolas.

La escasez de agua es una constante en esa zona semiárida de clima seco pero no es obstáculo para mantener jardines, como el de la Plaza de Armas y otros espacios públicos donde las flores llenan de vivos colores la ciudad.

En diagonal, están la iglesia y los claustros de la Compañía de Jesús. Se trata de un relevante exponente del arte barroco mestizo y barroco churrigueresco español del siglo XVII, en piedra sillar.

Caminar las calles arequipeñas es un placer adicional que retrotrae a los tiempos coloniales aunque la realidad la impone el caótico tráfico de automóviles.

Recorridos. Una primera caminata urbana lleva al Convento Santa Catalina que tiene la particularidad de encerrar en su interior  una inmensa ciudadela del siglo XVI.

Se creó como monasterio de clausura en 1579 merced a la donación de bienes de la viuda María de Guzmán.
Saber que durante centenares de años a esos claustros ingresaban jovencitas que se separaban de sus familias y amistades para jamás volver a salir, predispone a encontrar recintos opresivos. El sobrio portal de ingreso tampoco permite imaginar el alegre colorido interior.

Luminosas callejuelas empedradas con nomenclatura de ciudades españolas y muros pintados en azul y en terracota, son bañados por el sol. Alternan con árboles, plantas, flores y fuentes. La ciudadela comprende un perímetro de más de 20 mil metros cuadrados. En su época de esplendor el convento cobijó a 180 religiosas pero la mayoría eran doncellas, algunas con niños, que asistían con servicios a la orden que llegó a totalizar 500 personas.

La iglesia tiene un altar principal hecho en plata repujada y una reja separa la nave principal del coro bajo, en el que se ubicaban las monjas.
Hacia 1970 el convento abrió sus puertas y la orden permitió su concesión a una empresa. Hoy es un complejo turístico religioso que invita al refrescante sosiego del espíritu mundano en las alas protectoras de la historia y de la fe.

El domingo comienza temprano en Arequipa. La cita es en la Plaza de Armas que todos los domingos acoge una celebración cívica militar con una banda de música. Allí, se juntan militares, escolares, enamorados, turistas, nativos y mujeres mercaderes. Éstas, con sus ropas típicas (faldas amplias; coloridos chalecos y sombreros tipo bombín), muchas cargan en la espalda, niños o mercaderías, como Ana, que vende acuarelas de escenas costumbristas.

La ceremonia busca reforzar el patriotismo de la población con marchas militares, izamiento de la bandera y entonación del himno nacional peruano.

El sol cae vertical sobre el centro histórico, que la Unesco declaró en 2000 Patrimonio Cultural de la Humanidad y por el que se cuelan los aromas de la exquisita gastronomía peruana.

La memoria trae las palabras de Galeano: “... en la historia de los hombres, cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación”, y las hacemos nuestras.

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