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Playas

Maceió, una postal de Brasil

Alagoas, uno de los estados brasileros más pequeños, atesora un puñado de playas idílicas. Dos de ellas, Gunga y Playa del Francés, están entre las diez mejores del país. Paseos en buggy entre cocoteros y acantilados de colores.

Por Guido Piotrkowski (Especial).

Son las diez de la mañana y Nilson ya terminó su faena diaria. “No había mucho pique”, dice el pescador, así que volvió temprano con una caballa para el almuerzo, aunque la especialidad de estos mares sea la çioba. Quizás vuelva a salir por la tarde a bordo de su jangada, la embarcación típica del noreste, una balsa de madera que utiliza una vela más grande que la propia balsa.

En la orilla, un grupo de pescadores ayuda a entrar otra jangada recién llegada de alta mar. Le colocan un tronco por debajo, y así la van deslizando sobre la arena, hasta dejarla estacionada en su lugar. Más allá, otros pescadores tejen una red bajo la sombra de un cajueiro, un hermoso árbol que abunda en estas tierras y que da un fruto suave por fuera y áspero por dentro. De él se obtienen las castañas más ricas del mundo, uno de los principales productos de la región que se utiliza para hacer un jugo fresco y delicioso.

Ponta Verde es la playa del centro de Maceió, una ciudad de cuarenta kilómetros de costa. La parte sur, desde la playa de Jatiuca hasta Pajuçara, pasando por Ponta Verde y el faro, es la más frecuentada. A lo largo de la rambla hay barracas (kioskos) que venden las tradicionales tapiocas (panqueque de harina de mandioca, salado o dulce), acai (fruto energético del norte, que parece un helado), jugos de frutas tropicales, pescado y carne seca con mandioca frita. El plato típico del estado de Alagoas es el caldo de sururú, un berberecho cocido en leche de coco que, según dicen, es afrodisíaco. 

Rumbo norte

Maragoggi es la postal de Alagoas: aquí están las famosas piletas naturales, las más grandes de Brasil. Para llegar, hay que viajar dos horas desde la ciudad, a través de un camino de sierras y cañas de azúcar. Sin embargo, quienes quieran disfrutar de las piscinas soñadas deberán tener en cuenta que dependen del flujo de las mareas, por lo que sólo se forman cuando hay bajamar. Además, para protegerlas y no destruir los corales, el cupo diario de turistas está limitado.

De todas maneras, las mismas embarcaciones que realizan la excursión hasta el sector de piletas naturales brindan un paseo hasta un banco de arena con aguas tibias y verde esmeralda, una buena alternativa para aquellos que no planifiquen el viaje a Maceió registrando la tabla de mareas.

DATOS. Información útil para combatir el calor en Maceió.

Rumbo sur

Gunga y Playa del Francés están ubicadas a unos 20 kilómetros al sur de Maceió. Al salir de la ciudad se bordea la laguna de Mundaú, uno de los diecisiete espejos de agua que tiene Alagoas. La Playa del Francés, una villa pequeña y apacible, es una buena alternativa para hospedarse cerca de Maceió. Considerada una de las más hermosas del país, tiene varias posadas y buena gastronomía.

Para llegar a la playa de Gunga hay que tomar una embarcación en la Isla Santa Rita, donde la laguna de Mundaú se junta con la de Manguaba, e internarse por el estuarios del Roteiro, navegando frente a los manglares. Al llegar, se devela por qué es ostenta el título de una de las mejores playas brasileñas. La embarcación rodea las costas de esta lengua de arena que divide aguas dulces y saladas, y se aleja para la panorámica perfecta que enmarca, a un lado, las olas del Atlántico y, al otro, las apacibles aguas del estuario.

Aquí hay que hacer un paseo en buggy que recorre siete kilómetros hasta internarse en un precioso cañón de acantilados color terracota, erosionados por el viento y las lluvias. El contraste, desde lo alto del acantilado, es notable. A un lado, el agua cálida y turquesa del mar. Y, a los pies de este insólito paraje, una más de las diecisiete lagunas, de aguas frías y oscuras como la Coca Cola.

De no subir y mirar hacia el horizonte, el viajero creería que está en cualquier otro lugar. Pero abajo hay un puesto con un hombre que vende cocos y cerveza helada, que recuerda que uno sigue acá, en el caribe brasileño.

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