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Los Roques, sueño cumplido

Se trata de un archipiélago de más de 40 islas y cientos de cayos, en el increíble Caribe venezolano. Llegar no es fácil, pero disfrutar de esas playas y ese mar que conforman un calidoscopio de colores, en estado casi virgen, justifican cualquier incomodidad.

Por Marcelo López (Especial).

Hacía mucho tiempo y montones de fotos, además de cientos de comentarios y miles de sueños, que me había prometido conocer Los Roques.

Finalmente, y por fortuna, pude combinar las opciones, hacer coincidir las posibilidades y cumplir la promesa que me había hecho a mí mismo hacia tanto tiempo.

Aeropuerto de Maiquetia, Caracas, Venezuela. A todos los espacios del edificio les sobra gente. Demasiados pasajeros, demasiados vuelos, demasiado tiempo y esa costumbre venezolana de exagerarlo todo.

Chapi Air tiene sólo dos pequeños aviones y junto con Tiara Air son el único contacto posible con Los Roques, al menos para los turistas. En la pista, el avión es minúsculo, diminuto, y uno también, parado junto a él, listo para abordarlo. El pequeño trimotor tiene sólo 11 plazas y dos tripulantes y nos acoge en sus pequeños asientos dobles como si estuviéramos por abordar un submarino de juguete.

Los motores se encienden y todo parece un festival de ruidos y vibraciones, pero contrariamente a las leyes que dictan las apariencias el avioncito se eleva y deja atrás la ciudad mientras abajo se acomoda el mar y todo parece funcionar.

Los Roques es un archipiélago venezolano en el mar Caribe. Son más de 40 islas y cientos de cayos, protegidos por una enorme barrera de coral de más de 36 kilómetros de largo. Todo ello conforma un enorme parque nacional, algo muy importante por el cuidado que la gente tiene por su entorno y la dedicación y control que el gobierno impone. Los Roques son una “Meca” turística para europeos y, sobre todo, para gente que ya lo ha visto todo, o lo cree, en materia de playas y mares.

Sólo el mar explica Los Roques, sólo ese mar Caribe disfrazado de cristal calidoscópico: turquesa, verde, azul, celeste, hasta el paroxismo de los colores. Los sueños nunca son tan fuertes, no pueden competir con esta realidad.

El Gran Roque es la isla a la cual se llega desde el continente. Descendemos en el aeropuerto, una pista de cemento entre el mar y una laguna acompañada de dos contenedores que ofician de oficinas de migraciones y oficina de parques nacionales, respectivamente. Las posadas, la gran mayoría de las casas, restaurantes, negocios y toda la actividad “urbana” de las islas se mueve allí.

El pueblo tiene 1.300 habitantes estables, sin mucho lugar para extranjeros o aventureros. Ellos han encontrado un equilibrio que les permite vivir bien del turismo, sin sobre explotar el paisaje. Bajamos del avión, hicimos los trámites de migración, pagamos la tasa de ingreso al parque y pusimos nuestro equipaje en los carros de los maleteros que nos estaban esperando.

En Gran Roque no hay autos ni transporte a motor, no tiene ningún sentido. Caminamos hacia la posada. Las calles, entre las casas y posadas, muchas veces son angostas y con recorridos antojadizos.

Llegar a Los Roques no siempre es fácil; es un lugar muy pequeño, que quiere y ojalá pueda seguir siendo así siempre; bastante informal en la mayoría de los casos cuando se trata de hacer reservas o contratar alojamiento, y con acceso limitado, así que aventurarse a llegar sin nada preparado es casi una locura: son pocas las posadas y no son muy “profesionales”, sobre todo las más chicas.

En muchos casos hay que insistir bastante para conseguir un precio, que este se mantenga, que confirmen los lugares y además, esa operación debe ir de la mano con los pasajes aéreos. Por eso la mayoría de las posadas se ocupan de ambas cosas.

Piano y Papaya, la posada en la que estuvimos, es una de las mejor manejadas de la isla y por eso la elegimos; al tratar con dos o tres de las otras, uno se da cuenta que en Piano y Papaya, tanto Alejandro (su dueño) como África (su encargada), se lo toman en serio. La posada es pequeña, muy bonita, entre paredes blancas y frondosas plantas, ocho habitaciones con aire acondicionado, sin lujos pero con todo lo necesario y muy buen gusto en la decoración.

Acomodamos nuestras cosas y como ya era tarde para ir a la playa –aunque estábamos a 30 metros del mar– optamos por salir a recorrer y conocer.

Un nuevo día

En Los Roques las actividades se repiten día a día, aunque en realidad los destinos varíen. Las playas de Gran Roque están repletas de lanchas que hacen servicios de traslado; se le puede pedir a la gente de la posada que averigüe precios y condiciones o lo puede hacer uno mismo.

Si se trata de un grupo de seis o más personas, se pueden conseguir mejores precios y si a la contratación la hace la posada, hay menos espacio para la informalidad. 

Las lanchas se dividen en las que hacen servicios tipo taxi, llevan la gente a los cayos más cercanos y vuelven a buscarlos por la tarde, y las que ofrecen paseos completos hacia las islas más lejanas, que duran siete u ocho horas.

En todos los casos, la tarifa incluye el traslado y el armado y desarmado de sombrillas y sillas (que proveen ellos mismos) en la playa de destino. Algo muy importante y que también se debe tener en cuenta es que en la mayoría de las islas no hay agua dulce ni lugares donde comer o comprar alimento. Pero, las posadas ofrecen, por una suma extra, las famosas “cavas” esto es una heladera tipo para camping con comida y otra con bebidas. 

Es importante otra vez averiguar costos porque algunos ofrecen cavas por 400 bolívares por persona, pero preparar unos buenos sándwiches de jamón y queso pueden significar menos de la mitad. En el pueblo hay muchos negocios para comprar comida y una panadería que hace los sándwiches a pedido de un día para el otro.

Entonces, todos los días como a las 9 se sale al mar y se navega sobre aguas increíbles, hasta la isla que uno haya elegido para visitar. En Gran Roque hay muchas opciones para cenar. Desde la pizzería de la plaza donde se puede comer una buena pizza por 100 bolívares hasta posadas con restaurante, como El Canto de la Ballena, que ofrecen menús fijos gourmet entre 800 y 1.000 bolívares por persona.

Un lugar que no se puede dejar de conocer y disfrutar, para cenar o tomar algo por la noche, es Aquarena, una pequeña posada con sus mesas sobre la arena y que a la noche ofrece muy buen sushi y muchos otros platos, más simples pero igualmente sabrosos. 

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