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Cuaderno de viaje

Londres, más allá del sol

Arriba, frente a mis ojos, un cielo cubierto por nubes ceniza. Con ese rostro comienza el día en Londres. 

Por Pablo Bertorello (Especial).

Había escuchado en reiteradas ocasiones sobre el clima, pero prefería la versión optimista (y necia) de imaginar que conmigo la ciudad tendría otros planes.

Abajo, el “subte” se detiene, abre sus puertas, la gente sube con pausa y, cuando algún pasajero queda cerca del acceso, ya nadie intenta abordar. Aún cuando adentro queden varios claros por cubrir. Nadie se desespera: saben que en un minuto más llega el próximo. 

Subo y en un movimiento torpe golpeo a alguien. “Excuse me (disculpe)”, me dice. Lo miro y atino a levantar la mano como queriendo asumir la responsabilidad. No entiendo por qué fue él quien pidió disculpas, si claramente yo cometí la falta. La escena se diluye. A los costados, algunos leen versiones de diarios gratuitos, muchos miran la pantalla del iPhone y escuchan música y otros dialogan. Aturde la tranquilidad.

En el descenso se da otra situación de similar torpeza, pero ahora la devolución es “Sorry (lo siento)”. Me resigno. Entiendo que ambas palabras caen de la boca de los londinenses ante el más mínimo evento desafortunado.

Ya arriba, en el mundo exterior, el símbolo azul y rojo del underground forma parte de la postal. Los colectivos de dos pisos, las cabinas telefónicas rojas y los taxis señoriales también acompañan el decorado. Todo parece indicar orden y buenos modales. Hasta el “look left” (mire a la izquierda) y el “look right” (mire a la derecha) pintados en la calle para peatones distraídos, aunque en Argentina los denominaríamos de otra manera.

Elijo comenzar el recorrido por el Buckingham Palace. Un buen puntapié de inicio para desandar la capital con reputación lluviosa pero que, sin embargo, recibe menos precipitaciones en un año que Roma, por ejemplo. 

En las inmediaciones de las rejas negras y doradas de la casa de la soberana hay mucha gente que quiere presenciar el cambio guardia, que dura unos 45 minutos. Es un hormiguero de turistas y también de ingleses amantes de la monarquía, pero nada de empujones. Son las 11.30 y los guardias coronados por enormes sombreros de pelo desfilan al ritmo de marchas militares como soldaditos a cuerda perfectamente calibrados. 

Sigo el paseo. Ahí nomás, a escasos metros, los dos reputados pulmones verdes sirven de refugio al ritmo apresurado. En el Green Park y el St. James’s Park son muchos los que caminan apaciblemente o emulan un pícnic entre la vegetación impecable y el abanico floral multicolor. Con la vista al cielo, en la dirección correcta, aprecio la silueta del London Eye, la rueda que se construyó para conmemorar el cambio de milenio. Si bien en principio iba a ser algo provisorio, esta especie de vuelta al mundo enorme se transformó en un gran negocio y se adaptó a la escena londinense. Parece que hasta lo imprevisto les queda bien. En la cima, la vista a 360º es una caricia al alma, con una mezcla de sensación de pequeñez difícil de describir. Allá arriba, más cerca del sol –que sigue sin aparecer–, las nubes se ven de un gris con más personalidad.

Me encapricho en encontrar “errores”, la mala educación cotidiana. Circulo, busco papeles en el suelo, me cuesta ver tanta pulcritud en las zonas emblemáticas, turísticas y con tanto movimiento.

Cruzo el puente tomándole una radiografía al Támesis, tratando de divisar alguna botella vieja flotando en el agua. Me frustro en el intento. Cierro los ojos un segundo. Frente a la Abadía de Westminster, el templo gótico más antiguo, me antojo con imaginar una ciudad menos prolija en otro tiempo. Tampoco es posible. Ni los fantasmas de Dickens y Darwin, que por allí descansan, pueden ayudarme.

La llovizna dice presente. Gente de distintos rasgos va y viene. Otros hacen cola frente a una cabina telefónica clásica para posar a pura sonrisa o hasta fingiendo una llamada con el fondo de la Torre del Reloj del Parlamento. El movimiento es agudo, pero la casa está en orden. 

El impulso demanda cambiar la postal. Tomo la Oyster Card, combino colores y en cuestión de minutos se modifica el escenario gracias a las 11 líneas que tejen una de las redes más extensas del mundo, con paradas siempre cercanas. El tube es un gran aliado.

En Piccadilly Circus se intensifica el sonido ambiente. También, las luces por los carteles publicitarios que le dan impronta a la acción. Entre un sinfín de selfies para Instagram, el tráfico vehicular se dibuja prudente. Ocio, placer y diversión junto al barrio de los Teatros, el Soho y el barrio Chino. La crítica “sagaz”: un desorden mixturado y vistoso.

De regreso al hotel, en la Estación Victoria, los azulejos lucen brillosos aunque por allí hayan pasado miles de calzados. Parece mentira.

Llego a mi habitación. Me aborda un TOC: necesito limpiar las zapatillas. Es en vano, están limpias. Recuerdo haber visto los canteros de los árboles con una especia de goma eva de piedritas donde debería estar la tierra. No entiendo nada. Dicto sentencia: sólo una ciudad tan detallista se puede dar el lujo de prescindir del sol.

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