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En avión

Lima, la ciudad donde todo comenzó

Ocho de cada diez argentinos pasan unas horas en el aeropuerto de Lima a la espera del salto hacia otros destinos. Diez de cada diez nacidos en este sur deberían conocer la ciudad donde todo comenzó.

Por Gastón Ribba.

La zamacueca peruana es la abuela de nuestra zamba. Dicen que era la danza que usaban los señoritos blancos para invitar a las señoritas oscuras a hacer esas cosas que no podían con las damitas blancas sin pasar por casa paterna, cabildo e iglesia. Todo eso que usted llama “criollo” o “nuestro” nació en la Ciudad de Reyes y Tres Veces Coronada Villa de Lima. Acá está la papa y no en Balcarce. Un atardecer en Lima basta para saberla llama y aceptar que esa mezcla de quechua, negro y español se derramó continente abajo como la cera de los velones y la plata fundida que nos nombra como país.

Este escriba accedió en solitario a la casa de los Aliaga, el único escudo de armas que acompañó a Pizarro, el plebeyo que criaba cerdos en Extremadura, única familia que todavía conserva título nobiliario en la Lima del grito rebelde de un tal José de San Martín. Créame si le digo que acojona saber que los cimientos de cada palacio de cedro y terciopelo son templos de oro y barro. Lima se hunde en un desierto. Cada metro que se excava revela raíces de la humanidad. Es uno de los seis sitios arqueológicos con restos más antiguos. Nada comenzó con la llegada de los Trece de la Fama. Apenas cambió.

Tomé cientos de imágenes, pero dos fotografías y una que me prohibieron resumen a Lima. Desde el Tempo del Sol del inca en el Valle de Lurín se ve el desierto sobre el cual sólo llueve media hora al año, el verde del riego de los canales quechuas y las islas sagradas nevadas de guano. Harina del mar de Humboldt. Mierda de pájaro. Cordilleras hundidas que se espejan con las que asoman al oeste, la cuna del Amazonas. Los gallinazos sobre las cruces de la Ermita de Barranco frente al Puente de los Suspiros. La muerte y la fe y la belleza en un círculo como los jaguares que se muerden la cola en los vasos funerarios del Museo Larco Herrera. A los franciscanos no les gustan las fotos. En una esquina del convento de San Francisco el Mayor, el de los cimientos de esqueletos, el Cristo se descuelga para lavar unos pies enfundados en zapatos con hebillas con un guacamayo como testigo. Hágame acordar cuando vaya y le señalaré el sitio exacto en la galería de techo morisco con azulejos del Guadalquivir.

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Me quedan menos de mil caracteres y todavía no hablé de las mallas de acero que cubren los barrancos de la Costa Verde de Miraflores como sensuales medias de red. Por ellas trepan campanitas como en nuestras viejas estaciones de tren. Tampoco de los centros comerciales donde marcas soñadas por estas latitudes ofrecen precios que hacen caer de rodillas a los devotos de las ofertas.

Cuatro días en Lima me dejaron material para un libro o dos. Tres días es una buena medida para un cóctel histórico, gastronómico y de compras. Una buena opción para aclimatarse antes de Cusco, Arequipa, Iquitos o Piura. Enorme Perú. Marino Perú. Helado Perú. Selvático Perú. Déjame que te cuente, argentino, ahora que aún perfuma el recuerdo.

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Imperdible salir de El Callao hacia las Palomino. Una vez allá usted decide si se anima a nadar con lobos marinos o se arrulla con las olas en un mar tan rico que el plancton muere de viejo. Frente a El Frontón y San Lorenzo, islas cementerios de piratas y guerrilleros, hay una pequeña rompiente. Es el campanario de la estancia jesuítica de El Camotal reclamada por el mar durante un tsunami. Los marineros se tapan los oídos al salir a aguas abiertas. Dicen que si uno escucha campanas no regresa. Regresaré. Santa Rosa se llamaba Isabel como Chabuca Granda. Juro por ambas.

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