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Laguna 69: en busca de una postal inigualable

La Laguna 69, dentro del Parque Nacional Huascarán, es uno de los secretos mejor guardados de Perú. Luego de una travesía exigente, el premio mayor es la llegada a este paraíso terrenal.

Por José Santiago (Especial).

Luciano Viva está acostado en su cama en Bella Vista, Buenos Aires, y espía fotos de la Laguna 69 en su celular. Las mira, cierra los ojos y sabe que si quiere llegar, antes deberá atravesar una sombra invisible aunque espesa, traicionera: la del miedo. Si lo logra, entonces, ya no verá fotografías por una pantalla y podrá mojar sus manos en ese espejo de agua turquesa, allá, en Perú.

De la foto a la realidad

Lucho toma la gran decisión: una mochila en la espalda, un puñado de sueños y mapas que se irán trazando a paso lento. El viaje inicia por Sudamérica y la realidad le atraviesa el cuerpo. Y de pronto llega a la foto que tanto googleó. La posibilidad ahora es un paisaje concreto y en un cartel lee: “Bienvenidos al Parque Nacional Huascarán”. Está en el departamento de Áncash, a 433 kilómetros de Lima, sobre el oeste de un país inolvidable.

“La experiencia fue única. Me pasaba viendo fotos de ahí y queriendo llegar, pero al conocerlo te das cuenta que las fotos se quedan muy cortas, es único ese paisaje. Ya de por sí el camino es mágico”, le cuenta Luciano a Voy de Viaje. Se refiere a la laguna Orcococha –en quichua significa “laguna macho”–, situada sobre la quebrada Llanganuco y que abre la puerta a un training imperdible y algo exigente. Antes de todo ello hay que atravesar en bus o auto Yungay, Ranrahírca, Mancos y Carhuaz, todos pueblitos mínimos dispuestos a lo largo del Callejón de Huaylas. Después, sí, el gran Parque Huascarán invita a otra dimensión.

La aventura se inicia desde Cebolla Pampa. A partir de allí todo es adrenalina e impacto. Alrededor de cuatro horas de caminata se mezclan en un paisaje colosal: una cascada de agua brillante nacida de un deshielo, árboles de altura (quewiñas) con sus cortezas rojas descascaradas, un sendero pedregoso, ríos helados, vacas en plena meditación y un cielo inabarcable.

DATOS. Información útil para visitar la Laguna 69.

No preguntes cuánto falta

Para los curiosos que deseen vivir la experiencia, valen un par recomendaciones. Llevar abrigo, hidratación, protector solar, trabajar la aclimatación para el mal de altura y sobre todo no preguntar cuánto falta para llegar a quienes van más adelante o a los que regresan de la 69. Huaraz, capital de Áncash, está a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar y durante el trayecto acompañan la lluvia, el calor, la humedad, el frío. Si a eso se le suma la ansiedad por la llegada, el cóctel resulta tedioso. Hay una imagen graciosa y repetida: los visitantes se sacan la campera, se la vuelven a poner, le abren el cierre, se la sacan de vuelta y después otra vez se abrigan.

“La visité con una amiga que se vino de Argentina. Yo le advertí para que empezara a mascar hoja de coca y aclimatarse porque le podía dar el soroche (mal de altura). No me hizo caso y se confió porque durante varios días por Perú no le había pasado nada. A poco de arrancar la caminata ya estaba empezando a sentir los efectos de la altura y teníamos que descansar cada 10 o 20 minutos”, recuerda Luciano sobre la travesía.

Las piernas pesan, el cansancio domina la mente. Aunque la expectativa por alcanzar el manto cristalino y rodeado de picos nevados es un motor todopoderoso. Y la recompensa aparece luego de varios zigzag y una última remontada sobre las montañas: al dejar atrás una subida empinada, surge, implacable, la Laguna 69. Primero quita el aliento y después lo devuelve, como si toda la energía utilizada se renovara para el regreso. La postal es contundente en la orilla: la mancha líquida está flanqueada por las montañas Chopicalqui, Huascarán, Huandoy y Chacraraju, que se encuentran detrás.

Regreso con cuidado

La vuelta ya no pesa como al principio. Pero hay que andar atentos porque el camino se bifurca. Vale la consigna para la ida también ya que uno puede perderse si no presta atención a los carteles indicadores. Además, hay que calcular el horario del atardecer y no demorar el regreso porque si el sol se va a dormir, quedarse a oscuras puede resultar problemático.

A esa altura, la relajación más el silencio otorgado por la maravilla se desparraman por todas las extremidades del cuerpo y los músculos perciben ese dolor placentero del desafío consumado; y Lucho lo sabe: ya no mirará esa foto en ninguna pantalla, sino que le alcanzará con cerrar los ojos en cualquier cama de Sudamérica para sentir la Laguna 69 adentro suyo.

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