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La tierra de “mi amol”

Un destino que fue muy visitado por los argentinos y, en particular, por los cordobeses; luego decayó, y ahora recupera terreno en las preferencias de los turistas.

Por Juan José Erramouspe Especial.

¿Qué tú buscas, mi amol? La pregunta, dicha con una cadencia de bachata, sorprende al huésped perdido en esos pasillos interminables del hotel. Con cara de alivio, el viajero responde: “La habitación 3123”. La morena camarera sonríe ampliamente y lo acompaña hasta la misma puerta con ese número.

Esto, que parece la escena de una película ocurrió realmente, en República Dominicana, donde la gente es tan amable, como franca su sonrisa, rítmico su andar y musical su vida.

Decir “mi amol” no tiene otra connotación que un reflejo de esa manera de ser y tanto lo dicen hombres como mujeres pero, eso sí, siempre dirigido a alguien del sexo opuesto.

Se dice que si uno no conoce a la gente que lo habita, no conoce el lugar. Cuando conozca a los dominicanos lo entenderá.

La República Dominicana fue, décadas atrás, uno de los destinos preferidos por los cordobeses que buscaban playas y mar, con pinceladas caribeñas. Luego, crisis mediante y por la aparición de otros destinos similares, la isla perdió un poco ese imán hacia los turistas de estas coordenadas y ahora lo ha recuperado.

Los empresarios turísticos se refriegan las manos, porque el mercado argentino es el que más ha crecido en los últimos años y en ese crecimiento mucho tienen que ver los cordobeses.

Ventajas comparativas hay varias: se puede viajar directamente desde Córdoba, con Copa vía Panamá; no se necesita visado; el idioma no será una barrera, y los servicios de alojamiento y comidas en el destino son excelentes.

Además, el Caribe invita a zambullirse en el mar de cada una de las playas que se visiten, sean en Punta Cana, La Romana, Puerto Plata o la cada vez más visitada Samaná.

Punta Cana, primer destino visitado, está en el extremo sudeste de la isla, sobre el canal de la Mona, entre el océano Atlántico y el mar Caribe.

Describir las playas es caer en lugares comunes: aguas azul turquesa; arenas blancas; verdes palmeras, etcétera. Porque eso es lo que encontrará el viajero. Además, es mejor que lo descubra por sí mismo, ya que así podrá experimentar el placer de grabarlo para siempre en su memoria y en su cámara fotográfica.

Lo que no está en folleto alguno, es cómo hacer que la visita sea inolvidable y amerite un regreso y eso tiene que ver con la experiencia de cada viajero.

No bien se pisa tierra, en el aeropuerto de Punta Cana, uno se siente transportado al Caribe: al edificio, sin paredes y con techo de hojas de palma sostenido por gruesas columnas de madera, se ingresa directamente desde la pista de aterrizaje.

El viaje desde allí hasta alguno de los complejos hoteleros del lugar –en nuestro caso, el RIU Palace Bávaro, inaugurado el 2 de este mes– es un despliegue de paisajes con lujuriosos verdes, en el que destacan las palmas reales y otras con forma de abanico. De allí salen las hojas para la techumbre del aeropuerto, por ejemplo.

Y así comienza la experiencia, que incluirá –además de playas y mar– vitamina “R”, de ron, que le ofrecerán a cada momento; la “mamajuana”, bebida típica elaborada a base de ron a la que se le adjudican propiedades curativas y energizantes (le llaman el “Viagra dominicano”); los puros fabricados con tabaco de la isla (suaves y de muy buen blend); los “Cuba libre”, ron con gaseosa cola, y los “santo libre”, ron con gaseosa blanca.

Todo eso, en un bar o una disco, con ritmo de bachata y luces, hacen un cóctel de alegría que no es un receta para turistas, es la forma de vivir de los lugareños.

Mezclarse con ellos y adoptar sus costumbres no es ni peligroso ni rechazado por los mismos dominicanos, al contrario, lo consideran una muestra de amistad, que se verá reflejado en su caluroso saludo: “ia tú sabe”, algo así como bienvenido.

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