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Cuaderno de viaje

La Pedrera, una joya para los amantes del mar

Desde Córdoba, a poco más de 1.200 km, un refugio para los que buscan disfrutar la vida de playa. En el departamento de Rocha (Uruguay), la naturaleza fue muy generosa. Con el cielo de frente, si este espejo de agua ondulante te mira, no necesitás nada más. 

Por Milagros Martínez (Especial).

"Hay gente que se pregunta por qué y gente que se pregunta por qué no”, escribió alguien con tizas de colores en una terraza de La Barra (Maldonado), zona de bares ideal para ver caer el sol sobre el mar de Punta del Este.

Con cinco días disponibles para huir de la rutina y unos 1.200 kilómetros por delante, desde Córdoba sólo es necesario armar unos bolsos, preparar buena música y tener el seguro (y la autorización para circular por el Mercosur) al día para despejarte por completo en las playas uruguayas.

Entonces, ¿por qué no?

A otro ritmo 

Llegar y sentir el mar. Pocas veces vi un cielo tan limpio como ese. La Pedrera me recibió con su aire puro, un horizonte de azules y el sonido espumante de las olas que avanzan y se van. Caminé sobre la arena fina y blanca hasta enfrentar al imponente barco, en la playa que lleva su nombre. Ese lugar fue protagonista, en el año 1977, del naufragio de un pequeño navío taiwanés, el Cathay 8.

Desde entonces, más de la mitad del barco permanece enterrado en la arena y es una de las mejores postales de La Pedrera, además de ser la zona preferida de los surfistas. Las familias, en cambio, se instalan en El Desplayado, con aguas más mansas. Pero, en definitiva, todos llegan atraídos por lo mismo: un pequeño pueblo bohemio y chic, que tiene todo para el relax y el tan buscado modo slow life.

POSTALES. Recorré la galería, acá. 

Desde cualquier punto de la rambla, el mar abierto te abraza, te devuelve el eje (si lo perdiste) y también te cuestiona. Frente a esa inmensidad, surgen muchas preguntas. Algunas respuestas no tardan en hablar, otras quedan en stand by. Si durante el año el gimnasio no fue más que un lindo deseo, hay aparatos de colores con vistas inspiradoras para dejar cualquier excusa de lado y ponerse en movimiento.

En La Pedrera, las callecitas de tierra invitan a caminar. Como todo lugar con onda, sigue algunas tendencias: contenedores convertidos en modernas casas, construcciones con estética marítima y bares con estilo vintage. Pero también se impone su propia personalidad: farolas antiguas iluminan con luz tenue la calle principal, y las casas y cabañas con techos de paja parecen sacadas de un cuento. Hay verde, mucho verde. Hay amabilidad, hay paz. El pequeño pueblo late a otro ritmo.

Al país vecino se lo cuestiona por sus precios, pero en una posada o bungalow y con un poco de imaginación en la cocina, el viaje puede convertirse en una buena versión low cost. La naturaleza fue muy generosa en este rincón del planeta, que recibe su nombre en honor a rocas que tienen más de 500 millones de años. Un bello acantilado bañado por el Atlántico es siempre fuente de inspiración y de paz.

Sentir la arena en los pies, hacer castillos o pozos hasta encontrar el agua, correr detrás de una pelota, leer un libro, disfrutar las caricias de las olas, dormir la siesta al sol, buscarle lógica al mar... ¡Qué básica es la vida de playa! Con el cielo de frente, si ese espejo de agua ondulante te mira, no necesitás nada más.

Una vuelta por Punta 

Para personalidades inquietas, lo bueno de viajar en auto es poder explorar lugares cercanos. A sólo veinte minutos de La Pedrera, La Paloma ofrece más opciones de supermercados y restaurantes, junto a un hermoso puerto. En una visita nocturna, vale la pena acercarse al faro de este punto turístico. Cuando lo único que ilumina el horizonte es esa pequeña luz giratoria, junto a la luna y las estrellas que se esconden entre las nubes, las olas parecen golpear con más fuerza, el oído se vuelve más sensible y el agua quiere hacer notar su presencia. El mismo mar; tan transparente de día, tan misterioso de noche.

Un buen plan, si el día amanece nublado, es dar una vuelta por Punta del Este. A poco más de 110 kilómetros, la opulencia de los edificios, las palmeras y las majestuosas casas con perfectos jardines son como un déjà vu de Miami. Vale la pena detenerse en el puerto y comprar pescado fresco. Mientras una infinidad de medusas dan su propio show cerca de los barcos amarrados, varios puesteros exhiben una variedad de colores de frutos de mar, irresistibles para cualquier viajero.

De Punta se pueden decir mil cosas, pero La Barra merece una pausa. Con calles pobladas de bares, casas de decoración y moda, la estética y el buen gusto invitan a dar un paseo. Dentro de una galería a cielo abierto, que no por casualidad decidieron llamar “OH!”, un café caliente y una manta reciben a los viajeros en el local View Point. Desde lo alto, lo que parece una delgada línea de agua vuelve a hipnotizar. Si querés regalar un buen deseo para este 2017, que sea un segundo de encuentro cara a cara con el mar.

Rocha: recorré La Pedrera y alrededores

Temas: #Cielo #Relax #Mar

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