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La isla en mountain bike

Menorca. Archipiélago Balear. Hacia el norte calas y embarcaderos sobre un paisaje agreste, y el sur más boscoso, conforman esta lengua de tierra alargada que se puede recorrer en automóvil de punta a punta, en una hora.

Por Adrián Cragnolini (Especial).

Menorca es una lengua de tierra alargada y casi llana que se puede recorrer en coche de un extremo a otro en menos de una hora. Pero eso no equivale a poder conocerla rápidamente.

Tiene una carretera principal que conecta a sus dos principales ciudades, Mahón y Ciudadela, de la que van surgiendo a modo de costillas de un espinazo, infinidad de rutas secundarias que nos dirigen a las calas y embarcaderos del norte (paisaje agreste) y del sur (más boscoso).

Muchos de esos caminos acaban en un área de estacionamiento desde donde se puede acceder a bellísimas playas, siempre que se esté dispuesto a caminar entre 20 minutos y una hora. A mayor distancia, mayor soledad e intimidad para disfrutar de la arena blanca y el agua turquesa, con la arboleda verde oscuro de telón de fondo y ninguna construcción a la vista. Se palpa el Edén.

Desde principios de la Edad de Bronce (2.000 antes de Cristo), hay vestigios de presencia humana en Menorca. Pocos siglos después, esta cultura produjo grandes construcciones en piedra, conocidas como talayots, algunas de las cuales se conservan en buen estado hasta nuestros días, junto con estructuras de poblados dignas de visitar.

Ya en la era cristiana, los romanos dominaron varios siglos y tras su declive, les tocó el turno a los árabes. En el siglo XVIII se asentaron los ingleses, aunque por guerras y sucesiones reales, los franceses y españoles también tuvieron mando en plaza.

Todo el territorio fue declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1993 y ello salvó a la isla de la depredación urbanística de la que no han podido escapar sus vecinas, Mallorca e Ibiza. Sin embargo, la protección llegó cuando ya se habían cometido algunas barbaridades, que quedaron como testimonios del mal llamado progreso.

Hermosos arenales como Galdana, Cala Porter y Cala Bosch, fueron engullidas por el cemento. Pero que no cunda el desaliento, porque Menorca exhibe orgullosa decenas de parajes naturales que el viajero dinámico disfrutará intensamente.

El tiempo y la pasión. Al ritmo de los isleños lo marca el sol, no el reloj. La noción de tiempo apenas sirve para mantener el vínculo necesario con el resto de la civilización. Al urbano estresado le costará adaptarse a esta cadencia, aunque no querrá dejarla cuando regrese a su casa. El menorquíno habla pausado y su amabilidad sencilla y contagiosa nos acerca a los secretos que esta tierra descubre solamente a los que van mudando la ambición por la sensibilidad, a los que valoran el equilibrio ambiental y la preservación de los recursos naturales.

Sebastián, el mundano patrón del barco que nos lleva de excursión por las calas más hermosas del sur lo resume: “si te gusta el ruido, la aglomeración y el consumo, Menorca no es tu isla”.

Tranquilos sí y apasionados también. Lo es Pedro, nuestro guía, que cambió su cargo de ejecutivo de una telefónica en Madrid por los riscos y senderos, por los que acompaña y protege a los que hacen rutas sobre dos ruedas.

Lo es Sebastián Coll, uno de los dueños de la empresa local de renta car, que se encarga de explicar personalmente a cada cliente, mapa en mano, los atractivos del lugar, dando un valor añadido inestimable al imprescindible acto de alquilar un coche para recorrer la isla.

Lo es Crispín Mariano, poseedor de una de las pocas bodegas y viñedos menorquinos, que atesora la primera botella de vino con denominación de origen local. Y que, además, ofrece en su restaurante Ca Naguedet una estupenda síntesis de los platos locales más tradicionales, apoyado en el talento gastronómico de su octogenaria madre, aún al frente de los fogones. Y lo es, finalmente, Fredo, un todo terreno a la cabeza de varias iniciativas de turismo activo, verdadero impulsor de la propuesta para lanzarnos a batir pendientes y barrancos.

Nos subimos a la bicicleta. La creciente práctica del cicloturismo y el mountain bike en Córdoba y provincias vecinas, justificaba acercarse a Menorca, uno de los lugares que es referente de la actividad en Europa. Hay rutas de todo tipo y condición, pero la más atractiva es la que rodea la isla, bordeando la costa, llamada “Camino de Caballos” (Camí de Cavalls). Se trata de un sendero agreste que en el siglo XVIII tuvo un uso militar, para vigilar el litoral de la permanente amenaza de una invasión por mar.

El Camino de Caballos es una ruta para mountain bike de unos 200 kilómetros de extensión, que puede cubrirse en cuatro o cinco jornadas con un estado físico medio. La mayoría de los tramos son de una complejidad técnica intermedia, aunque hay sectores en los que se requiere un nivel experto.

La ruta puede hacerse seleccionando los recorridos que más se adapten al nivel del ciclista, para lo que resulta conveniente contar con el apoyo de empresas que aportan todos los servicios complementarios para la aventura.

El trayecto está profusamente señalizado, con mojones de orientación, aunque no estará de más alquilar un GPS para conocer permanentemente la ubicación.

No habría que tomarse el Camí de Cavalls con sentido competitivo, sino más bien contemplativo, porque el abanico de paisajes que se abre amerita numerosas paradas. Una foto aquí, otra más allá y un sendero largo que espera nuestro paso.

Fredo y Ruth son los referentes de “Caballos de Hierro” (www.cavallsdeferro.com), empresa integral de apoyo al ciclista, a la que uno puede llegar vestido con ropa de calle y salir montado en una bike de doble suspensión, con todos los accesorios y complementos; mapas; GPS; guía personal; ruta planificada; traslados; alojamiento, y la invalorable compañía de dos expertos en el tema.

Contar allí con todo el equipamiento necesario facilita sustancialmente la planificación del viaje, que desde Córdoba puede hacerse con una sola escala. Desde Madrid y sin cambiar de terminal, la compañía Air Nostrum, filial de Iberia, vuela a Mahón con dos frecuencias diarias, en poco más de una hora de duración por trayecto.

Es importante tener en cuenta la climatología para decidir cual es el mejor momento del año para la aventura ciclista. Menorca posee un clima templado y húmedo, con inviernos suaves y veranos intensos. Por ello, la época más recomendable para el turismo activo es de marzo a junio y de setiembre a noviembre. Hay que tener en cuenta que es área de Tramontana, el viento del norte que sopla la mitad  del año y que puede condicionar parcialmente la realización de los trayectos. Los registros de lluvias se concentran en pocos días, con precipitaciones intensas o muy intensas en otoño y el resto del año con menor vehemencia.

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