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Cuaderno de viaje

Jebel Musa: la montaña de Dios

Ascender al monte Sinaí, una experiencia llena de sanciones, sentimientos y una historia para contar. 

Por Car Chercoles (Especial).

Son las tres de la mañana y comienzo el ascenso al monte Sinaí. A excepción de algunas biliosas luces sobre un puesto de control provisto de un viejo detector de metales y dos militares soñolientos, el lugar se mantiene inalterado desde que los primeros peregrinos vinieron en busca de los pasos de Moisés.  

El sendero asciende progresivamente y tiene unos dos metros de ancho. En sus secciones más angostas apenas permite el paso de un hombre y un camello. Al principio, mi andar rítmico me tropieza con un grupo de fieles y, a medida que el puesto de control se desvanece, la oscuridad se desploma sobre nosotros y la altura convierte los murmullos de los caminantes en vapor y plegarias condensadas. Hoy linternas, como antes antorchas, centellean en la sombra del gigante. Un cielo estrellado y una luna puntiaguda completan el marco de una escena extraordinaria.

A pesar de mi catolicismo anémico no puedo evitar que algunas escenas bíblicas absorbidas durante mi infancia regresen a mi mente como intrusiones totalitarias. Me pregunto cómo será la historia real detrás de la tradición mientras confundo un resplandor con la zarza ardiente que no se quema. Pronto comienza a revelarse que el grupo de devotos con el que camino está formado por musulmanes, judíos y cristianos. Una misma montaña, una misma leyenda, tres religiones. La marcha, lenta y serena, contribuye a crear un espíritu trascendental, aunque de vez en cuando el ronquido de un camello quiebra la noche y disuelve el misticismo.

Un cielo que se presenta imponente, en la gama de los azules. (Car Chercoles)

"Yo Soy El que Soy", le dijo Jehová cuando Moisés le preguntó su nombre. Perdido en esa frase, tradiciones gnósticas y budistas entretejen la trama de un lienzo que solo puede deshilvanarse "Acá y Ahora". 

La luna blanquea nuestras espaldas desde el oeste, y en la cara opuesta la claridad de un nuevo día comienza a adivinarse recortando la silueta de la montaña. No quiero perderme el amanecer en la cima así que apuro el paso y me separo del grupo. 

Arriba, la capilla de la Santísima Trinidad y una pequeña mezquita con dos pares de zapatos en el umbral susurran letanías. 

Hace frío. Exploro cada cueva y cada rincón en busca de indicios bíblicos, algún rastro de la gruta de Elías o el Arca de la Alianza (luego esta búsqueda me llevaría a Etiopía). Me siento en un muro de piedra a esperar la salida del sol. Los primeros rayos dorados se yerguen en el horizonte desnudando la cordillera y una infinita gama de azules diferencia las montañas lejanas de las cercanas. El frío comienza a menguar junto con el cansancio. El desierto revela su vastedad. La península del Sinaí: un territorio dominado antes por Israel y ahora por Egipto, pero siempre por el conflicto. En el norte, el estruendo de cañones y bombas de las fuerzas de seguridad egipcias, el Estado Islámico y tribus beduinas aun hace temblar la arena impidiendo que las raíces del endeble arbusto de la paz prosperen en la región. Como si la sequedad del desierto afectara también los corazones. Cuando bajo, el campamento hebreo alrededor del becerro de oro se ha disuelto en un mar de tiempo y arena. Al pasar por el monasterio de Santa Catalina llega hasta mis oídos la entonada oración de unos monjes que se filtra por unas minúsculas ventanas.

Por su resistencia y adaptación en terrenos áridos, el camello es el único medio de transporte para llegar a la cima. (Car Chercoles)

El sol es pesado y el calor que desprende la tierra comienza a doler. En el patio del convento me recuesto y duermo bajo la sombra de una higuera. Ahora empieza otro viaje: llegar hasta el Golfo de Suez sin transporte local. Algunos sueños fugaces pasan sin dejar rastro pero alguno que otro deja impreso un recuerdo: dentro de una oscura y húmeda gruta encuentro dos tablas de piedra con inscripciones en hebreo antiguo…Cuando despierto la ilusión desaparece, pero tomo conciencia de la paz que reina en este lugar y que mantiene a raya el fragor del norte, reparo en la solemnidad de aquel canto, en el descanso renovador luego y antes de la aventura, en la inmortalidad de las leyendas, entonces comprendo que Dios si se manifiesta aquí.

"Moisés, quítate las sandalias, pues la tierra que pisas es tierra santa". Éxodo 3:3.

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