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Israel: chico por fuera, grande por dentro

Un viaje por el norte del país, desde lago de Tiberíades, donde empezó la prédica de Jesús, hasta la moderna y vibrante Tel Aviv, pasando por San Juan de Acre. 

Por Pierre Dumas (Especial).

Hay países tan grandes que se miden con husos horarios, y otros tan chicos que se recorren en un par de horas. Este último es el caso de Israel. No llega a los 500 kilómetros de largo ni a los 140 de ancho: su superficie equivale a la de Belice o El Salvador –los países más pequeños de América continental–. Pero, en realidad, Israel no se mide con su geografía sino con su historia. Y, de esta forma, es tan grande que no se puede abarcar en una sola visita.

Lo que llama la atención de los viajeros es Jerusalén, la ciudad tres veces santa, el Mar Muerto o el desierto del Neguev. Sin embargo, el destino ofrece otras caras. En el norte, cambiamos el Mar Muerto por el lago de Tiberíades, Jerusalén por Tel Aviv y Masada por San Juan de Acre. Es el mismo país, la misma historia que se pierde en los albores de la nuestra. Y, sin embargo, todo es muy distinto. 

Donde se navega con Cristo

Aquí los lugares son pequeños y los nombres, grandes. Es lo que pasa con el Jordán y el lago de Tiberíades, de enorme importancia en las culturas judeocristianas. El río es tan esbelto que no se lo llega a ver desde la ruta que bordea su valle. Este caudal, que parece tan débil, es sin embargo muy potente y dividió el destino de los hombres: del lado de la ruta es Israel y del otro, Jordania. No hay un solo militar a la vista y en medio del tráfico se cuelan algunos autos con placas verdes, matriculadas en Palestina. La actividad agrícola es intensa en ambas márgenes del río. En Israel aseguran que hace tiempo no usan más sus aguas para transformar el desierto en milagro. El 75% del agua utilizada viene del Mediterráneo, después de pasar por plantas desalinizadoras. Sin embargo, río abajo el Mar Muerto no para de encogerse al recibir cada vez menos suministro fluvial.

El Jordán permanecerá escondido siempre, a diferencia del lago de Tiberíades, que aparece desde la ruta. Es la única laguna de agua dulce en este valle que está a cientos de metros por debajo del nivel del mar.

En esta región, al pie del Golan, están algunos de los sitios bíblicos más visitados del país. Cada día, los buses forman filas para llevar turistas que vienen a ver Magdala, el pueblo de María, y Cafarnaúm, la ciudad donde Jesús empezó a predicar y donde se pueden ver las ruinas de la casa de Pedro, su primer discípulo. Los más fervientes se alistan para navegar sobre el lago, mientras que otros prefieren subir al Monte de las Bienaventuranzas, donde Jesús dio su Sermón de la Montaña.

Tecnología y Napoleón

El norte del país no es únicamente una región de turismo religioso. Es también la sede del Silicon Wadi, la cuna del milagro de la start-up nation. Se trata de la segunda región de mayor avance tecnológico del mundo luego del Silicon Valley en California: entre Haifa y Tel Aviv, la ciudad expandió sus brazos para formar una zona de oficinas y modernas sedes de empresas. 

Un poco más al norte, Israel muestra otra cara. Llegamos a Akko, el San Juan de Acre de los cruzados. La ciudad conserva la fortaleza que construyeron los Caballeros Hospitalarios en el Medioevo y que asedió Napoleón en 1799. Acre es la vidriera de la convivencia en Israel. La ciudad vieja es un barrio árabe donde la señalética oficial –en hebreo, árabe e inglés– cobra mayor sentido. Los jueves son día de casamiento para los musulmanes y no es mala idea hacer coincidir la visita con esta fecha, para aprovechar el ambiente de las calles.

Una ciudad cosmopolita

Tel Aviv, como todas las grandes ciudades, es cosmopolita, pujante, liberal y moderna. Es un enclave de Occidente en el Oriente que conservó algunas particularidades: el Carmel, su mercado principal, tiene pinta de zoco. Y cada sábado, hasta los más internacionales de los hoteles dejan un ascensor en modo automático para que cualquiera pueda subir sin apretar un botón. Frente a las playas, los minaretes de las mezquitas proyectan la sombra de la tradición sobre grupos que pasean en bicis eléctricas, en malla y con un helado en la mano. Se cruzan algunas familias de ortodoxos con ropa austera y miradas determinadas.  

En un extremo de esta costanera, la colina de Jaffa recuerda que hace medio siglo Tel Aviv era todavía un pequeño pueblo que empezaba a surgir en la sombra de su puerto, que los guías presentan como el más antiguo del mundo. En el laberinto de las calles de Jaffa hay una efigie de Napoleón. Sus tropas conquistaron –y saquearon– la ciudad en 1799. La estatua es como Israel: representa a un pequeño hombre que ocupa un lugar inmenso. 

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