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Islas de San Blas: el paraíso que Colón no conquistó

Una red de islas e islotes ubicados entre el Mar Caribe y el Océano Pacífico, son el paraíso terrenal de Centroamérica.

Por Marina Perassi (Especial).

El archipiélago San Blas es una franja estrecha de tierra que ocupa más de 300 kilómetros a lo largo de la costa de Panamá. Está formado por 365 islas, las paradisíacas islas de San Blas, pertenecientes a la comarca Guna Yala. La mayoría están deshabitadas y son espacios naturales vírgenes, pero se calcula que unas 70 islas son habitadas en la actualidad por una parte de la etnia Guna: alrededor de 30.000 nativos.

Por la ubicación en el medio del caribe, el agua es cristalina y cálida; y la arena, blanca como el azúcar. Es un entorno digno de comparar con el paraíso. Territorialmente, las Islas de San Blas pertenecen a Panamá, aunque existe una frontera que las separa, construida y administrada por los Guna Yala.

Los guna son una de las siete etnias originarias de Panamá. La comarca fue creada en 1938 y tiene legislación propia, y desde 1952 –tras su victoria en contra del gobierno panameño– tienen absoluta y legal administración política y económica de su territorio. Allí desarrollan la pesca y la actividad turística sostenible y reglamentada por ellos mismos, para proteger su identidad frente a los peligros de aculturación, y en beneficio económico de la comarca y sus pobladores.

Este pueblo que el hombre conquistador no pudo colonizar, logró conservar y proteger sus creencias y sus tierras a través de innumerables enfrentamientos. Hoy, la lucha continúa, pero contra la discriminación hacia sus costumbres, los prejuicios hacia sus creencias, formas de vida o vestimentas, y las críticas por mantener viva su lengua.

Servicios turísticos

De las 365 islas, entre las habitadas se utilizan para el turismo menos de 10. Cada dos meses, se le asigna a una familia la administración turística de una isla a favor de su beneficio económico, pero asumiendo el compromiso del cuidado y la preservación del entorno.

Las islas turísticas tienen servicios precarios para una estadía corta del visitante. Los guna desarrollan la actividad en comunión con la sustentabilidad y a favor de respetar el entorno, y por eso cuidan el uso de los recursos. Por eso, en las islas no hay luz eléctrica, y se usan paneles solares solo por la noche, pocas horas. 

Los baños son comunitarios y mixtos, sin agua dulce, y para descansar se puede elegir entre chozas sobre la arena con techo de paja y palma (toda una experiencia natural) o habitaciones sencillas, construidas en bloque con cama y ventilador.

Gastronomía natural

En las islas hay servicio de bar con bebidas, desayuno, almuerzo y cena. El menú fresco y diario es pescado hervido en leche de coco, con limón, sal y chilli, siempre acompañado de verduras, arroz o ensaladas. Algunos días de suerte, puede haber langosta. No es posible elegir como en un buffet: el menú depende de la pesca del día. 

No hay comodidades ni lujos. Visitar la comarca significa elegir la experiencia de convivir una o dos noches con los guna, adaptándose a los horarios de la naturaleza, respetando las costumbres de la tribu y sintiendo el agradecimiento por ser recibidos allí. 

En el lugar no hay señal, lo que nos deja absolutamente despojados de la tecnología y de todo lo que dispersa los sentidos.

Por las noches, después de la cena, el show en la isla es mirar las estrellas de espaldas en la arena. Durante el día, observar en un extremo de la isla la aurora y, por la tarde, en el otro extremo ver al sol exiliarse. 

Crónica de una experiencia

Para llegar a San Blas desde Panamá hay tres vías: terrestre, pasando por el Área Silvestre protegida, un camino precioso y zigzagueante; por aire, en avionetas, o marítima en cruceros o embarcaciones. 

Una vez contratada la excursión (en todos los hoteles y hostels se consigue), a las 5 de la mañana se pasa a buscar al viajero en una 4x4 y, después de cuatro horas, se llega hasta el embarcadero. A unos metros de allí está la frontera en la que los guna cobran el derecho de ingreso (U$S 20). 

En las lanchas, el viaje hasta el archipiélago dura unos 20 minutos. Durante la navegación se divisan manchones sobre el agua, a la distancia, como pequeños oasis: las Islas de San Blas. Entre las opciones, isla Perro Chico es la de aguas más cristalinas y con arena más fina y clara.

En una de estas islas, Isla Pelícano, se grabó una parte de la tercera temporada “La casa de papel”. 

Isla Perro Chico

Además del entorno enmudecedor, cerca de la playa puede verse una mancha oscura larga. Son vestigios de un barco hundido, embarcación colombiana encallada hace muchos años que pasó a ser un atractivo del lugar. Los visitantes practican snorkel y buceo recorriendo su esqueleto sumergido y poblado por una rica flora y fauna marina.

Todas las mañanas se puede hacer un recorrido hacia islas aledañas y visitar en el camino una explanada de arena blanca en medio del océano donde, al bajar de la lancha, el agua no supera el nivel de los tobillos y es posible ver el fondo sembrado de estrellas marinas de diferentes colores.

Una familia guna

Giani, una joven mamá guna, extrovertida, simpática e informada, cuenta que le inquieta el mundo fuera de la isla y ajeno a su cultura. Es independiente, estudia en Panamá capital y se ocupa de la crianza de Valery, su niña pequeña. 

Para ella, las nuevas generaciones pierden algunas creencias, la lengua o la vestimenta tradicional, por vergüenza, para no ser señaladas en la ciudad. Pero Giani siente orgullo por sus antepasados y confiesa que, si pudiera elegir, volvería a nacer guna. 

Junto a su madre y abuela, visten molas de colores vivos. Giani explica que los molas son fruto del arte textil y están creados artesanalmente por las mujeres de la etnia para sus vestimentas. En los diseños plasman sus sueños, según aprendió de su abuela. Es posible comprarlos como souvenir o elegir pulseras de piedras, collares y tobilleras que son parte de su vestimenta tradicional, también.

El regreso a Panamá impacta. Alejarse de las Islas de San Blas e ingresar en la ciudad bulliciosa y contemporánea, hace reflexionar sobre la coexistencia de esos dos mundos tan diferentes en el siglo XXI, y tan próximos a la vez.

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