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Cuaderno de viaje

El Gran Cañón, una escultura de mil millones de años

Crónica de una estadía en uno de los lugares más visitados de Estados Unidos.

Por Candelaria Panadero (Especial).

Sobre la ruta estatal 64, a pocos kilómetros de la ciudad de Flagstaff, el sol comienza a ser presa de la gravedad. Mi piel rojiza da cuenta del paso por el desierto de Arizona.

Con el pulgar en alto, el objetivo del día es innegociable. El mate, fiel compañero del guardarrail, marca el compás de la espera.

De pronto, una voz femenina un tanto extrañada me interroga sobre mi destino. “Yo también voy hacia allá”, grita desde el volante, ya más segura. “¿Vamos?”.

Y en un periquete recorremos los casi 90 kilómetros que nos separan de una de las Maravillas Naturales del Mundo. La ansiedad nos domina: el deseo es llegar antes de que la noche triunfe sobre nuestras cabezas.

Postal dorada

El reloj marca las seis de la tarde cuando el motor se detiene. Empiezo a correr, extasiada de felicidad, ansiando ganarle a la caída del sol a través de un sinuoso sendero plagado de turistas de todo el mundo.

Sin chistar el camino concluye. Ya no se ven troncos secos ni arbustos verdes. Al borde de un precipicio de 1.600 metros de profundidad, el Gran Cañón del Colorado es una postal dorada. Los rayos del sol enmarcan el abismo. El río Colorado, perseverante autor de este fenómeno, parece un pequeño hilo de agua allá abajo. Mis ojos, desbordados de maravilla, guían al resto de los sentidos y confirman que lo que vivo es real.

El cesar de los flashes es la señal de que el show se suspende por unas horas. Opciones para afrontar la fría noche que se avecina hay para todos los gustos: desde hoteles o cabañas dentro del complejo hasta áreas de camping o estacionamiento para caravanas con todos los servicios incluidos. La alternativa más económica (y la que selecciono) es la carpa. Los 20 dólares que se abonan de entrada al Parque Nacional del Gran Cañón no incluyen ninguna clase de estadía; se debe pagar aparte.

Caminar entre ardillas

La escarcha del suelo brilla con la luz de la mañana. Los conocedores comentan que esta parte, la del sur, es la más atractiva, y su consejo universal, para aprovechar el tiempo y organizarse, es que hay que acudir al Centro de Visitantes. Allí entregan mapas del lugar con itinerarios según las horas con las que se cuente. 

Al no tener el reloj pisándome los talones, mi jornada comienza caminando por el Rim Trail. Las simpáticas ardillas en búsqueda de comida despistan la atención de las cámaras durante todo el recorrido.

Un poco más de dos kilómetros separan el Centro de Visitantes de la siguiente parada: la Librería Comunitaria y el Centro de Conservación del Gran Cañón, ambos plagados de información y de historia.

Dentro del predio funciona un sistema de transporte gratuito perfectamente diseñado. Cuatro líneas, señalizadas con colores, permiten ir de un punto a otro en pocos minutos. La roja es la encargada de facilitar la llegada a uno de los extremos del lugar: Hermist Rest.

Desde acá los sentidos marcan el rumbo, hipnotizados por los tonos terracota y naranja. Buscando la mejor vista –pareciera que la siguiente siempre le gana a las anteriores– vuelvo al inicio, en busca de un reponedor almuerzo a las cuatro de la tarde.

En silencio

Como quien ve una buena película y la quiere reproducir sin cesar: así ocurre con el atardecer en este lugar. Hoy el círculo rojo en el mapa corresponde a Desert View, en el sureste del parque.

Una vieja torre de vigilancia acompaña el paisaje desértico y nuevamente el sol comienza a pincelar cada rincón. Todos, en un silencio emocionante, disfrutamos de cómo se despide este artista natural, cubriendo todo a su paso mientras nosotros despertamos del sueño.

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