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Cuaderno de viaje

El Gran Bazar, un mercado en ebullición

El de Estambul es uno de los mercados más grandes y antiguos del mundo. 

Por Mariana Otero (Especial).

Casi medio millón de personas transita cada día por el Gran Bazar de Estambul, uno de los mercados más grandes y antiguos del mundo. Y uno de los más bellos e intrigantes.

Cuentan que en sus orígenes, el zoco solo tenía dos calles con puestos alrededor de un patio donde los comerciantes guardaban los caballos. Hoy se extiende por más de 45 mil metros cuadrados, cuenta con 3.600 tiendas en 64 calles internas, 22 puertas de ingreso y más de 10 mil empleados (algunos estiman 20 mil).

Es como una pequeña ciudad encantadora, ruidosa e intensa, con oficina de correos, dos mezquitas, bancos, casas de cambio y restaurantes. Un laberinto de pasillos anchos y estrechos, exóticos y excitantes.

En el ingreso principal del monumental edificio del siglo XV, en medio de la ciudad vieja, ya se intuye un mundo en ebullición, una multitud sumergida en un espacio sin tiempo. En efecto, el mercado es efervescencia.

La primera duda es adónde mirar. Joyas de oro, artesanías, artículos de cuero, alfombras, kilims (mantas tejidas), pañuelos, ropa, lámparas (algunas recuerdan a Aladino), candelabros de plata, relojes, cajas de incienso, vajilla, antigüedades, objetos de cobre, latón o bronce. Y más. Todo lo que uno imagina está en el Gran Bazar.

El consejo es perderse por sus pasadizos, vagar sin rumbo al encuentro de los tenderos, que esperan a los turistas en la puerta como un buen anfitrión a sus invitados.

El bazar es tierra de hombres (casi no trabajan mujeres) ejercitados en el arte del regateo y la seducción. Siempre amables, venden sin acosar.

“¿Italiana? ¿Española?”, intenta adivinar con un simple vistazo un señor detrás de un puesto de increíbles alfombras. “¿Qué te gusta? Pasa, mira lo que tengo para ti”. “¿Cuánto cuesta la pequeña?”, pregunto. “¿Cuánto pagarías por ella?”, retruca en un ida y vuelta de cifras y conversión de monedas en el que pierdo la noción de lo que realmente vale.

Hay que dedicarle tiempo al Gran Bazar, que bulle e hipnotiza, y recorrerlo temprano y sin prisas antes de que la marea humana se trague cada metro cuadrado.

Gran parte del encanto es la multitud diversa. Las musulmanas ortodoxas, cubiertas con túnicas negras de pies a cabeza, los señores de barba tupida, las adolescentes mitad orientales mitad occidentales, las bandejas con infusiones que corren de mano en mano, los turistas con sus mil caras. Y, claro, los comerciantes y sus productos.

“¿Cuál le gusta más?”, me pregunta Murat cuando advierte mi interés en unas tacitas de té, dignas de una casa real. “Ven”, invita, en español. Voy, claro.

El negocio es pequeño, apenas entramos los dos entre una mesa, dos sillas y cientos de cosas apiladas. Elijo con dudas: todas son hermosas.

Murat saluda a su vecino, quizá su pariente, a un metro y medio de distancia. Es un joven apuesto quien, como un encantador de serpientes, le vende a mi compañero de viaje y en pocos minutos el mejor pañuelo de seda del Gran Bazar.

Mientras observo la graciosa escena del regateo, Murat ofrece un perfumado y humeante té de manzana. Saboreo la bebida más popular de Turquía sin quitar la mirada de las piezas de arte bizantino. Huele a incienso y a especias. Se está a gusto.

Murat embala las tazas y sella la transacción con un apretón de manos. Son 30 liras turcas: cinco dólares.

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La Voz.