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Cuaderno de viaje

Eso que vivimos en las playas de Brasil

Un registro de todo lo que rodea a la experiencia de sol, arena y mar en el país vecino. A vos, ¿también te pasa?

Por Florencia Vigilante (Especial).

No importa a qué parte de Brasil vayas: cuando llegás, te dirigís a una playa conocida, esa que está en todas las listas de imperdibles. El primer encuentro con el mar funciona generalmente como un reconocimiento: “así era”, “así se sentía”. Te tirás en un pareo sobre la arena a tomar sol. Escuchás de fondo a los vendedores ambulantes y sentís olor a frutas y a mariscos, todo junto y cada vez más lejos. Dormitás hasta que un calor asfixiante te obliga a levantarte en dirección al agua. Si no hay olas es fácil meterse, sólo hay que adaptar el cuerpo a la temperatura del mar. Si hay olas te cuesta un poco más; te vas mojando de a poco y, como caminás medio dormido, seguro alguna te agarra desprevenido y te hace trastabillar. El agua te llega a la cintura y te hacés una bolita para que te cubra. Después nadás unos metros, tímidamente, y volvés a la orilla. La confianza se gana de a poco.

Al día siguiente decidís salir a explorar. Llegás caminando a una playa poco conocida, con menos gente y menos vendedores. Hay algunas escuelas de surf, con carteles del tipo “la vida de playa es la mejor vida” o “el futuro es natural”. Vas cargado con todo lo necesario para pasar el día: sombrilla, reposeras, pareos y la heladerita con sándwiches y latas de Skoll. Buscás el lugar más alejado y te instalás ahí. La arena es fina, pero en este lugar no parece talco. El mar es celeste, pero las olas lo remueven. Y sin embargo la experiencia de playa es todo lo que necesitás para poner la mente en blanco y conectarte con esas partes de vos que en la rutina viven guardadas. No hay más planes que tomar sol, buscar caracoles, leer, jugar con las olas y tomar cerveza. Practicás todas esas opciones en el orden que más te gusta y repetís, hasta que la marea sube, las olas se hacen más grandes y el mar se llena de surfers. Pasa un carrito vendiendo queso a las brasas, y al rato una chica uruguaya con panes rellenos y bolas de fraile. Probás de todo un poco porque para eso están las vacaciones.

Otro día vas a una playa que viste en Instagram. Llegás y entendés por qué se está haciendo famosa: está rodeada de palmeras y el agua es turquesa, cristalina y tranquila porque una barrera de coral la protege de las olas. Hay hamacas paraguayas colgadas en palos que sobresalen del agua, y la imagen es muy linda hasta que ves que cobran por foto y dejan de llamarte la atención. Decidís caminar hasta la barrera de coral porque se puede y en el camino tenés la mala suerte de que te pica una aguaviva. Puteás pero seguís porque ya estás cerca. Llegás a la barrera y la recorrés con las ojotas puestas: los corales cortan y un par de gotitas de sangre en la superficie son la prueba. Te quedás un rato viendo erizos, cangrejos y pececitos en las “piletas” que se forman entre los corales. Mientras volvés a la costa caminando por el mar, se desata una lluvia de verano. Es breve y no pasa nada, pero pensás que hubiera sido buena idea comprar esa funda de celular que ofrecen en todas las playas.

A esta altura ya reconocés a todos los vendedores ambulantes: de choclo, de queijo coalho, de espetinhos, de açai. También está el carro de helados que hace sonar la campana cada diez segundos. Pasa el que crea artesanías con hojas de palmera, el que vende parlantes inalámbricos, la que hace peinados. Además, en la playa podés conseguir desde langostas hasta lienzos, agua de coco y lentes de sol. Y en medio de los intentos de todos esos comerciantes por llamar tu atención, escuchás que en la sombrilla de al lado un grupo de cordobeses hablan sobre locales y personajes que son de tu barrio.

Cuando te toca despedirte volvés a buscar una playa tranquila. Dibujás barcos porque elegiste esa actividad para desconectar durante las vacaciones, y cuando te cansás te metés al mar para flotar de espalda. En la playa hay familias, pero no está llena y tampoco es muy comercial. Te das cuenta porque las hamacas paraguayas en el agua no cobran por foto. Decidís que es tu preferida y te quedás hasta la tardecita, cuando los chicos convierten la costa en cancha de fútbol y dan cátedra. Hay nubes rosas y el libro que no vas a terminar de leer ya tiene arena. Cuando levantás la reposera para irte, todavía se escuchan las risas de los argentinos que quedan en el mar.

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La Voz.