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Cuaderno de viaje

Erick, un niño del imperio Jemer

La historia del niño de 7 años que probablemnte levante el perfil de uno de los imperios más olvidados del mundo.

Por Silvina Pini (Especial).

Ratana Lin sostenía un cartel con mi nombre en el modesto aeropuerto de Siem Reap. Había dejado el tuk tuk en marcha y mientras íbamos al hotel, recordé la encuesta que había hecho antes de viajar: ¿alguien conocía el imperio Jemer? No. Ninguno había escuchado hablar de la ciudad de Siem Reap, pero sí de los templos de Angkor Vat. Los asociaban con Angelina Jolie en Tomb Raider, otros lo confundían con la película El libro de la selva y un templo lleno de monos.

El rugido del tuk tuk y el inglés lleno de “eles” de Ratana volvían difícil la charla, por lo que me dediqué a mirar los primeros metros de lo que había sido la capital del imperio que dominó los actuales territorios de Tailandia, Laos, Camboya, Vietnam, parte de Birmania y de Malasia entre los siglos IX y XV.

A la tarde Ratana me vino a buscar en su tuk tuk para ir a los templos, esta vez acompañado por Erick, su hijo de 7 años. Erick iba al colegio más caro de la ciudad, bilingüe y de doble escolaridad, que pagaba una pareja de suizos que habían sido clientes de Ratana.

Los templos de Angkor Vat son la mayor estructura religiosa jamás construida, un complejo arqueológico de 200 kilómetros cuadrados comparable con Petra y Macchu Pichu. La silueta del templo central, de más de mil metros de frente y cinco torres reflejados en el agua, me dejó sin habla. Pero más asombro me producía Erick, un niño que no llegaba al metro veinte y que manejaba como un diplomático los hilos que lo ubicaban frente a su padre como el tierno hijo de un chofer y frente a mí como un miniguía cultísimo, con un inglés salido de Oxford.

En la entrada a Ta Prohn, donde enormes árboles han abrazado paredes y puertas, un grupo de hombres sin piernas tocaba música tradicional. Ratana no dijo nada, fue Erick quien explicó que esos hombres habían pisado alguna de las 2,5 millones de minas antipersonales que aún quedan de la guerra con Estados Unidos y que su país era el que más minas enterradas tenía en el mundo.

Al día siguiente, camino a la laguna Tonle Sap, nos detuvimos en un campo de lotos: enormes flores rosadas cubrían toda la superficie hasta el horizonte. Erick se permitió corregir la pronunciación de su padre que decía “loto”, en vez de “lotus”, pero, para devolverle autoridad, enseguida le preguntó si el centro de la flor comestible estaba maduro.

La población más pobre de la ciudad vive en las márgenes de la laguna. Ratana manejaba el angosto bote de madera con la misma pericia que el tuk tuk. Llevaba una mano en el timón, la otra en las costillas de su hijo por si el agua nos presentaba un salto inesperado. Los ojos brillantes de Ratana me decían que Erick no será como quienes nos saludaban con la mano ante el paso del bote, que su hijo será quien levante el perfil de uno de los imperios más olvidados del mundo.

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