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En pandemia, la mística del Camino de Santiago sigue intacta

Compostela. La ruta de peregrinación estuvo inhabilitada cuatro meses. Con albergues a media capacidad y bares cerrados, los peregrinos se animan otra vez a caminar. La mirada de una cordobesa.

Por Mariana Otero.

Paso a paso se llega a Compostela en Galicia, España, por el Camino de Santiago, una ruta que miles de ciudadanos del mundo emprenden cada año para conectar con lo sagrado (lo religioso o lo existencial), como en la Edad Media. Desde el siglo IX, los peregrinos caminan 100 y hasta más de 700 kilómetros hasta Santiago de Compostela por la senda que termina en el sepulcro del apóstol.

El Camino moderno –que respeta el trazado del primitivo- se popularizó después del Jacobeo de 1993 o Año Santo, que ocurre cuando el día de Santiago (25 de julio) cae domingo (el próximo será en 2021). Aquel año se puso en valor esa vieja y larga ruta que hoy es uno de los productos turísticos más exitosos de España. Se recorre a pie, en bicicleta o a caballo, y se duerme en albergues.

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Muchos peregrinos inician el camino en Sarria, provincia de Lugo, a 114 kilómetros de Santiago, el último tramo del camino francés. El trayecto es muy transitado en tiempos normales, pero los alojamientos y restaurantes este año están semivacíos. Incluso algunos no volvieron a abrir tras el confinamiento de marzo último.

Hasta la irrupción del Covid-19, el número de peregrinos crecía cada año (en 2018 fueron más de 327 mil personas). Pero en 2020, por primera vez en su historia, la ruta se cerró hasta julio. “Hay 90 por ciento menos de gente”, aseguran en una posada en O Pedrouzo, uno de los puntos inevitable del camino.

De todos modos, y aunque la cantidad de peregrinos es una sombra de lo que siempre es, en el Camino hay caminantes. Menos, pero los hay. La mayoría son españoles y se ven pocos extranjeros, quienes en septiembre suelen ser mayoría.

Desde Portomarín a Palas de Rei se llega por caminos rurales que conectan las aldeas con la campiña gallega. (Mariana Otero)

Los primeros pasos

Comenzamos a caminar en la pintoresca Sarria con una meta a 22 kilómetros: Portomarín. Arrancamos con niebla por senderos arbolados tan frondosos que casi no dejan entrar la luz del día, y por caminos rurales de la bella campiña gallega. Atravesamos ríos, puentes medievales y carreteras. En un bosque de robles y castaños encontramos a otros peregrinos. “¡Buen camino!”, dicen y decimos, como saludo y como deseo.

El anhelo de caminar tiene que ver con la perspectiva que se alcanza al andar y es ineludible caer en la metáfora que une el Camino con la vida. Subidas y bajadas, encuentros y desencuentros, dificultades y alegrías, dolores y placeres.

Después de 3,6 kilómetros llegamos a un bar en Vilei (Casa Barbadelo) y estampamos el sello en la credencial del peregrino, un pasaporte que, al final, acredita haber caminado al menos 100 kilómetros. Es obligación sellarlo dos veces al día para obtener la Compostela, la certificación del peregrinaje. No es necesario ser católico para obtenerla, basta con declarar que se camina en “actitud de búsqueda”.

“Ya falta poco”, nos dice un catalán de Barcelona que camina desde hace 39 días. Cuestión de perspectiva, pensamos. Nosotras recién arrancamos.

El viaje a Compostela es un mágico recorrido que va develando inmensos paisajes y parajes de colorido e impresionante belleza. (Mariana Otero)

Para saber dónde estamos y cuán lejos se encuentra Santiago, basta con mirar los monolitos con la flecha amarilla y la concha de vieira (símbolos del Camino) que indican la dirección.

El final de este verano boreal ha sido magnífico en Galicia. El paisaje rural, con campos de labranza y casas de piedra le dan un tinte bucólico. Nos sumergimos como en un túnel del tiempo, pausado y calmo, para transitar los 20 kilómetros que tenemos previstos por día. Caminamos unas ocho horas cada jornada, con el placer de experimentar a otro ritmo la cadencia del tiempo.

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Cada cinco kilómetros hacemos una parada. Descansamos, nos aprovisionamos y disfrutamos la incomparable gastronomía gallega.

Fuente de historias

El Camino de Santiago es la ruta más antigua, concurrida y celebrada del viejo continente. (Mariana Otero)

En tiempo de pandemia, la mayoría de las parroquias está cerrada. Sólo conseguimos el sello de una iglesia pequeña a la salida de Arzúa, donde una voluntaria cuenta que los feligreses se turnan para asistir a los peregrinos y mantener abiertas las puertas.

Un joven colombiano en bicicleta nos relata que el sacristán de un templo le obsequió una piedra con la flecha amarilla. “Al salir de la iglesia recibí una noticia que estaba esperando hace tres años: España homologó mi título de veterinario”, comparte emocionado. Nos alegramos realmente por él, como lo haríamos por un amigo.

En Portomarín, a orillas del río Miño, nos encontramos con el madrileño, un hombre desgarbado que adoptó como hogar al pueblo de 1.400 almas y reliquias arquitectónicas del siglo XII. “En estos días se ven pocos peregrinos, pero siempre está bueno encontrarlos”, nos dice.

A esta altura ya sabemos que el camino es una fuente de historias. Rumbo a Palas de Rei, paramos en Gonzar. El albergue está cerrado, pero el espacio de descanso para peregrinos está disponible con mesas y un dispenser con bebidas frías. Conversamos con un francés que ya recorrió siete veces el Camino. Cuenta que la última se cruzó con personas de 34 países pero que ahora sólo fueron de 17.

El camino está lleno de encuentros, despedidas y reencuentros. Nos ocurrió con Javi y Evi, una pareja de madrileños, acompañantes ocasionales. Hablamos de todo, de España y de Argentina, hasta de cómo es haber sido el custodio del rey emérito Juan Carlos.

En una siesta tórrida de septiembre, al cruzar por Ligonde, José Vila nos detiene. Dice haber sido camarero y amigo del monarca, el padre de Felipe VI, (¡otra vez el rey!). “Acabo de recibir un mensaje del rey. Dice que está bien”, nos sorprende José.

En el tramo final, nos envuelve cierta morriña. Creemos que caminar se parece a meditar, a ir para adentro. Avanzamos, evolucionamos, compartimos pensamientos, ratificamos que necesitamos de otro para subsistir. Pronto nos encontraremos con la magnífica Catedral abierta. En tiempos de pandemia no hay colas para ver el sepulcro, aunque sí muchas medidas de seguridad. Se pasa, se mira y se sigue. La plaza del Obradoiro está casi vacía, irreconocible si se la compara con otros momentos.

Al fin logramos nuestra Compostela con la alegría por lo logrado y la nostalgia del Camino que dejamos atrás.

Sarria es el punto de partida de muchos caminantes y el último tramo del camino francés. (Mariana Otero)

Datos útiles

Cómo llegar. Si partís de Sarria, lo mejor es ir en tren desde Madrid. Tarda seis horas. Cuesta 41 euros.

Cuándo ir. Los mejores meses son mayo, junio y septiembre.

La mochila. Debe ir liviana. En los albergues se puede lavar la ropa. Hay transporte de mochilas entre pueblos.

Flecha amarilla. El camino es claro. Hay mojones y flechas que marcan la dirección.

Dónde comer y dormir. Albergues entre 6 y 12 euros por cama, en cuarto y baño compartido. El menú del peregrino sale 10 euros: entrada, plato principal, postre y bebida.

Más información. www.peregrinossantiago.com, www.xacobeo.es.

Después del camino, algunos zapatos se transforman en macetas. (Mariana Otero)

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